Altái, la tierra de los señores de las águilas

En el extremo occidental de Mongolia viven los últimos señores de las águilas. Cerca de trescientos nómadas, descendientes de kazajos, que mantienen viva una tradición milenaria: la caza con águilas reales. Juan antonio muñoz, aventurero, explorador y excelente fotógrafo, ha llegado hasta allí y relata en este reportaje la vida de quienes continúan practicando un arte ancestral: la cetrería con las grandes águilas. 

Juan Antonio Muñoz
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Foto: D.R.

Llegar hasta el territorio de los kazajos mongoles no es fácil. Mongolia es uno de los mayores países del mundo –ocupa una extensión tres veces superior a la de España– y uno de los menos poblados: poco más de tres millones de habitantes. Un avión de la aerolínea nacional mongola nos lleva desde Ulan Bator hasta Khovd, la capital de la provincia del Altái. La visión de Khovd desde el avión ya justifica el viaje: dunas, lagos, montañas, nieve, formas casi irreales, un territorio fascinante. Sin árboles.

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Otgoo, nuestro ángel de la guarda en Mongolia, la persona que nos ha ayudado a adentrarnos por el Altái y llegar hasta los señores de las águilas, ya nos avisó antes de salir de Ulan Bator de que no veríamos árboles. Horas y horas de conducción por caminos inexistentes, por rutas que va creando el vehículo con el que abandonamos Khovd, nos acercan a los territorios habitados por los kazajos mongoles. Vemos rebaños de cabras, caballos y camellos en torno a las yurtas. En los inviernos de los años 2000 y 2001 la temperatura en esta región alcanzó los 50 grados bajo cero.

Juan Antonio Muñoz

La temperatura en esta región ha llegado a alcanzar en Invierno los 50 grados bajo cero

La hierba se congeló, ningún animal pudo alimentarse. El resultado fue devastador: más de seis millones de animales murieron de hambre y de frío, una décima parte del ganado de todo el país. La temperatura, en esta época, es mucho más benigna. El termómetro marca al comienzo de la noche cero grados; llegará de madrugada a los diez grados bajo cero. Para dormir hay dos opciones: nuestra tienda, que podemos levantar sobre el techo del coche, o cualquier yurta, la primera que elijamos.

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EL LATIDO DEL ALTÁI Y LOS KAZAJOS MONGOLES

En las proximidades de Ölgiy, en el corazón de las montañas del macizo de Altái, se encuentran las cumbres más elevadas de Mongolia. Cimas de más de 4.000 metros con paredes rocosas coloreadas por la presencia de minerales, una suerte de decoración que parece creada para combatir la monotonía cromática impuesta por la falta de vegetación. Ese mundo frío y desolado es el territorio de los kazajos mongoles, inmigrantes de Kazajistán que llegaron en el siglo XIX desde Rusia. Una población en su mayoría nómada que ha encontrado en las águilas una seña de identidad y un aliado para sobrevivir en un territorio hostil que les obliga a soportar temperaturas de 45 grados bajo cero durante los meses de invierno.

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Solo hay una carretera, paralela a una solitaria línea de ferrocarril que enlaza Moscú con Pekín a través del territorio mongol con parada en Ulan Bator. Todo es campo, montañas, valles, ríos. Sin parcelas, sin cultivos, sin vallas. La mayoría de la población es nómada, se mueve todo el año en busca de pastos frescos para sus caballos y no comprendería que se levantaran trabas a su trashumancia.

EL ARTE DE LA CAZA CON LAS GRANDES ÁGUILAS

En su camino a la corte del nieto de Gengis Kan, Kublai Kan, Marco Polo quedó asombrado por la cantidad de halcones y águilas que viajaban en las caravanas. Su misión principal era la caza, pero su valor y significado iban más allá: se les consideraba seres benefactores, capaces de transmitir una energía positiva para su dueño y para la comunidad. Todavía hoy, entre los kazajos mongoles, se recurre a las águilas para que transmitan buenas vibraciones a las embarazadas, para que les aporten su suerte.

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La tradición de los señores de las águilas se cree que se prolonga desde hace más de seis mil años. Ya no se encuentran en la ruta hacia China, donde les vio Marco Polo, ni siquiera en los valles de Khovd. Solo se les puede ver en el corazón de las montañas del Altái, en sus yurtas o cuando se reúnen para el festival de las águilas, la fiesta del reencuentro de los nómadas, cuando llega el otoño. En la actualidad solo quedan unos trescientos señores de las águilas. La caza con águilas es un arte. Los jinetes kazajos cabalgan horas y horas con su ejemplar de águila real, un animal majestuoso también conocido como águila dorada.

ENTRE LAS CUMBRES Y EL DESIERTO DEL GOBI

Desde hace siglos, los nómadas mongoles pastorean sus caballos y acarrean sus casas, las yurtas, también llamadas gers, tiendas de campaña circulares que se arman con pértigas de madera de cedro y en las que cabe todo lo que necesitan para vivir. En Khovd, el viento no encuentra hojas a su paso sino arena. Las dunas que anuncian la proximidad del desierto del Gobi, casi tan cerca de Khovd por el sur como las montañas del Altái por el norte, se mueven sin prisa, parece que también sean nómadas, trashumantes. Un grupo de caballos compite con otro de camellos por el control de un cordón de dunas, una visión que parece soñada, con certeza mágica.

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En este territorio las águilas han sido adiestradas para cazar zorros y liebres, incluso lobos. Las pieles de los animales cazados sirven a los kazajos de vestimenta. El sobrante lo venden en los mercados para conseguir unos ingresos extra en su reducida economía. También cazan marmotas que, como las liebres, suelen acabar en la cocina.

La relación de los cazadores con sus águilas puede durar muchos años, durante los cuales el águila es un miembro más de la familia, a veces incluso el más cuidado y distinguido.

LA HOSPITALIDAD NÓMADA AL CALOR DE LA YURTA

Los extranjeros son siempre bienvenidos a las yurtas de los kazajos mongoles. Sean quienes sean, recibirán acomodo y alimentos: leche de yegua fermentada, mantequilla salada y yogur agrio. También compartirán conversación con el visitante, si cuenta con un traductor. Escucharán historias de lobos, feroces inviernos y tormentas, cuentos que hablan de la generosidad y fortaleza de los caballos de Mongolia. Relatos que viajan de boca en boca en torno a la estufa que sirve de cocina y de calefactor y que se levanta junto a la viga central de la tienda, la ger, el hogar de los nómadas, donde se come, se charla y se duerme.

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Tres veces al año, como poco, desmontarán la tienda para su traslado a otro lugar más rico en pastos y quizá en vistas. No parece fácil desmontar una yurta, tampoco montarla. Pero los nómadas ya lo hacían antes de Gengis Kan. Se diría que, con el tiempo, el perfil de los kazajos mongoles se ha ido acercando a los rasgos del águila real. Sus marcadas narices aguileñas les distinguen del resto de los mongoles. También su porte, altivo y distinguido, orgulloso y protector con las águilas, a las que miman como si fueran sus hijos.

Los Kazajos liberan a sus águilas tras haber sido compañeros durante décadas

Juan Antonio Muñoz

Los más pequeños del campamento acompañan a sus padres en las cacerías. Observan cómo llaman sus padres a las águilas con gritos y cánticos para que el ave reconozca y acuda a la llamada de su dueño. También aprenden a tranquilizarlas, cuando se posan sobre el brazo del cetrero. Muchos de los pequeños aprendices emplean también halcones para adiestrarse en el manejo de un ave antes de utilizar un águila real, un animal que pesa más de siete kilos.

Juan Antonio Muñoz

Es el amor que sienten los kazajos mongoles por sus águilas el que les lleva a liberarlas después de haber sido compañeros durante a veces décadas. La liberación del águila es un momento especialmente emocionante para quien ha cabalgado a diario, durante años, con el animal. A menudo, el momento de la liberación es celebrado y realzado con el sacrificio de una oveja, un ritual que acredita la importancia de la separación. El águila es un ave longeva y vivirá muchos años tras abandonar su oficio cetrero. Quizá se reencuentre con su dueño en algún momento de sus años de libertad.

Juan Antonio Muñoz

En el avión de vuelta a Ulan Bator escucho una canción que me gusta, de Franco de Vita. Su letra me anima a mirar las fotografías, a explorar lo que quizá haya pasado inadvertido para mis ojos y, sin embargo, se haya hecho visible ante el objetivo de la cámara. “Mira un poco más allá de lo que ves”, dice la canción. Tengo la sensación de que hay algo extraordinario en el latido de esas montañas, tan próximas al desierto, ahogadas por el frío, el viento, la altitud. Algo único, extraño y formidable, que acompaña la vida de los señores de las águilas.