Formentera: el último refugio está aquí al lado

Alma mediterránea. La isla con las aguas más cristalinas del país mantiene intacta el alma mediterránea, el regusto bohemio, el azul infinito. En sus playas que se cuelan entre las mejores del mundo, en sus rutas verdes, en sus faros icónicos, el tiempo se desliza a otro ritmo. Incluso en los meses más ajetreados la menor de las Baleares sigue siendo el refugio perfecto
 

Noelia Ferreiro
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Foto: CRISTINA CANDEL

Un mar en calma y una luz que filtra coloraciones imposibles. Un chiringuito a pie de playa y una cadencia de pareo, mojito y chill-out. Un bosque de pinos y sabinas. Unas lagartijas azules. La menor de las Pitiusas es la simplicidad del paisaje, el discurrir lento de las horas, la sensación de distancia con el mundo. Una isla pequeña, llana, sin artificios, que encarna el elogio de la sencillez. Formentera es lo que fueron y ya nunca serán las otras Baleares: puro Mediterráneo salvaje y virginal. Aquí no se viene a ver catedrales, ni a transitar por civilizaciones perdidas, ni a bailar en concurridos clubs animados por los mejores DJ. Tampoco a dormir en grandes complejos ni a pagar fortunas disparatadas por derroches de caviar. Podría decirse que no tiene nada y, precisamente por eso, lo tiene todo.

El peñón de Es Vedra en la bruma, visto desde la playa de Ses Illetes.  | CRISTINA CANDEL

Invisible a lo largo de la historia, desestimada por los imperios invasores, abandonada por los piratas, su discreción ha sabido dibujar un particular mapa del tesoro. Hasta la especulación tuvo el buen gusto de pasar de largo y con ello le hizo a Formentera el más valioso de los regalos: el de conservarse fiel a sí misma.

UN EDÉN DE BOLSILLO

Pero claro que esta burbuja tardaría poco en explotar. Y Formentera, pensarán muchos, nada tiene que ver con aquel sueño de hace ya un buen puñado de décadas, cuando la isla era un mero apéndice de Ibiza al que se venía de excursión. Hoy esta porción insular, que nunca hizo alharacas de sus virtudes, se ha convertido en universal. A la vista están las hordas de italianos pudientes que la invaden cada verano y a las que engulle procurando mantener a salvo sus parajes ocultos.

Es cierto, en los meses estivales se convierte en un escaparate de yates de lujo. Pero ni con esas se altera la magia de este edén de tamaño bolsillo, con apenas 19 kilómetros de norte a sur y tan solo unos dos kilómetros de ancho. En sus reducidas dimensiones, en su ritmo relajado, se esconde un hedonismo único.

En los fondos de Formentera descansa la pradera de posidonia más extensa del Mediterráneo.  | mgokalp / ISTOCK

Decir que Formentera está bañada por las aguas más cristalinas del país no es tropezar con lo categórico. Es constatar un hecho científico que tiene su razón de ser en la posidonia. Esta planta que tapiza sus fondos realiza una peculiar fotosíntesis que depura los sedimentos y propicia la oxigenación del ecosistema submarino. A ella se deben las orillas de color zafiro que son la imagen de esta isla, cuyas playas se cuelan a menudo en los primeros puestos de las más hermosas del mundo. 

LA MEJOR PLAYA DE EUROPA 

Especialmente Ses Illetes, elegida varios años como la mejor de Europa, con su alargado arenal de un blanco deslumbrante. Aunque en temporada alta es la reina del postureo, un auténtico desfile de chanclas de diseño y maxi gafas de sol, su belleza resulta innegable. Tanto más si se decide avanzar por el llamado Pas des Trucadors, una suerte de camino que solo se deja ver con la marea baja. Aquí sí encontramos el último reducto virgen: el diminuto islote de S’Espalmador, protegido por estrictas leyes medioambientales, donde, además de una excepcional riqueza biológica, se oculta una costa acantilada, tres playas maravillosas (Sa Torreta, Cala Bosch y S'Alga) y un ramillete de atolones dispuestos como un anillo. En su laguna de lodo natural, alentados por la falsa creencia de sus propiedades curativas, es común ver a los turistas como zombis embadurnados en barro, pese a que se trata de una práctica rotundamente prohibida.

La playa de Ses Illetes ocupa con regularidad los primeros lugares en las listas de las mejores playas.  | CRISTINA CANDEL

Ses Illetes y las playas de sus alrededores son las más famosas de la isla. Casi como Ses Playetes, de un turquesa cegador, emplazada en el Caló de Sant Agustí, un pueblo de pescadores que conserva un pequeño muelle con cobertizos de madera. También Cala Saona, perfecta para asistir a contemplar la puesta de Sol. Y ya al sur, la salvaje Migjorn, mucho menos concurrida, donde nadar envuelto en un mar destellante sin más meta que la felicidad del momento.

CIRCUITOS EN BICI 

Luego está la Formentera de interior, ideal para ser explorada plácidamente en bicicleta. Existen para ello 32 Circuitos Verdes debidamente señalizados, que suman más de 100 kilómetros de interés natural. Rutas que están especificadas en los planos turísticos (disponibles en las diferentes oficinas de información) y que gozan de distintos grados de distancia, desnivel y dificultad. Perderse sin prisa por estos senderos no solo permite conocer el patrimonio cultural disperso por las escasas poblaciones (sobre todo en Sant Francesc Xavier, la capital), sino también los elementos que son típicos del paisaje: higueras que crecen en horizontal con las ramas apuntaladas, torres de defensa, faros, antiguos molinos de viento y, en las salinas, ocultas entre juncos y cañas, aves como flamencos y garzas reales.

Los aficionados al avistamiento de aves tienen además como novedad el nuevo Itinerario Ornitológico del Camí des Brolls, una senda que recorre el perímetro del Estany Pudent en una ruta lineal de 4,3 km (solo ida) tachonada por  ocho paneles que informan sobre el valor natural del área.

Pasarela de madera para pasear por la costa.  | CRISTINA CANDEL

En la isla también se puede palpar la herencia, hoy un tanto descafeinada, que dejaron para siempre los hippies. Fue en la catarsis de los años 60 cuando estos melenudos despreocupados irrumpieron en la isla, dispuestos no solo a escapar del alistamiento forzoso para la Guerra de Vietnam sino también para hacer realidad su doctrina nudista de paz y amor. Convencidos de que este lugar simbolizaba otra manera de entender el mundo, los hippies hallaron en Formentera el oasis que había seducido a estrellas como Jimi Hendrix, Bob Dylan o Eric Clapton, y a bandas como Pink Floyd, Led Zeppelin o King Crimson, a quienes se ha dedicado el nombre de una calle en Es Pujols en agradecimiento a su canción Formentera Lady. 

Eran tiempos de sexo y rock and roll y este espíritu prendió mecha en un típico bar de pueblo: la Fonda Pepe, en la localidad de Sant Ferran, que pasó a ser el punto de encuentro. Un lugar que todavía hoy sigue en pie para regocijo de los más nostálgicos, quienes tampoco se pierden el Blue Bar, al pie de la dunas de Migjorn, que mantiene la estética psicodélica que coloreó aquella época. 

El Blue Bar, en Sant Ferran, evocación de la época hippy. | CRISTINA CANDEL

ATARDECER INOLVIDABLE

Este regusto bohemio, materializado en mercadillos como el de La Mola, música en vivo en las plazas soleadas y gin tonics con los pies descalzos, es, tal vez, el que define el mayor encanto de Formentera. Todo lo que aquí acontece parece quedar tocado por la varita de la fama. Sucedió, años después, con la película Lucía y el sexo, de Julio Médem. Los millennials no lo recordarán, pero aquella escena de Paz Vega a lomos de un escúter se convirtió en la imagen de la isla. Al fondo se erguía el faro del Cap de Barbaria, en el punto situado más al sur, allí donde se divisa el perfil de Ibiza. Desde entonces, es el lugar donde se viene a contemplar un atardecer inolvidable, con el mágico atolón de Es Vedrá recortado sobre el cielo rojizo.

Faro de la Mola, en el extremo oeste de la isla. | CRISTINA CANDEL

Al otro faro, el de La Mola, en el extremo oeste, se llega para dejarse contagiar por una cierta atmósfera esotérica: acantilados de 200 metros con vistas que parecen irreales, una cueva horadada en el suelo con salida directa al mar y los ecos de Julio Verne, a quien el lugar inspiró el libro Héctor Servadac. No se sabe si el autor de novelas de aventura llegó a conocer Formentera o si la imaginó tan extraordinaria como para volcar en ella su mundo fantástico.