De comercio en Delhi

En la capital de India el mercadeo al aire libre es tan antiguo como el hombre, y bazares como Chandni Chowk o Paharganj son, además, una de las expresiones culturales típicas que se mantienen con una mayor firmeza ante los cambios de este siglo.

Luis Mazarrasa

El olor a la fritura de jalebis, esa especie de churro omnipresente en el norte de India, se hace más intenso a medida que nos acercamos al bazar de Chandni Chowk, el mercado callejero más antiguo y populoso de la urbe. Al internarse por los vericuetos que serpentean alrededor de la calle principal del bazar -la propia Chandni Chowk-, el aroma de este dulce anaranjado se funde o alterna con los olores de los puestos de especias o con los que despiden los jugosos kebabs de Karim''s, uno de los restaurantes musulmanes más conocidos del Viejo Delhi y situado muy cerca de la puerta sur de la Jama Masjid, la mezquita más grande del país.

Si toda la India es un descomunal bazar al aire libre donde se vende casi de todo, Nueva Delhi sigue la pauta, y mercados como el de Chandni Chowk, Paharganj o el Kinari hunden sus raíces en tiempos muy anteriores a la fundación de la ciudad actual.

Todos los bazares interesantes de Delhi se hallan en la parte vieja de la ciudad, donde floreció Shahjahanabad, la antigua capital del Indostán fundada en el siglo XVII por el emperador mogol Sha Jahan y que vendría a reemplazar a otras cinco Delhis arrasadas y saqueadas a lo largo de la historia por invasores procedentes del oeste. El mejor momento para visitar Chandni Chowk es al anochecer, cuando en sus callejuelas distribuidas por gremios bulle la multitud.

El forastero pasa del aturdimiento por el ruido de los herreros a la estupefacción con los brillos de las joyerías o el colorido de las tiendas de seda. Acróbatas, tragafuegos, charlatanes, faquires o encantadores montan sus espectáculos frente a las tiendas de saris, en cuyo interior relámpagos de seda parecen surgir de las manos de los tenderos cuando extienden de golpe sus retales ante los ojos de los compradores, cautivados por la profusión de color.

Y todo amenizado por música, como si fuera la banda sonora de una de esas películas de buenos y malos que produce a millares la industria de Bollywood. Grupos de sufíes con sus harmonios y gargantas privilegiadas o la típica formación de orquesta hindú, con un sitar, un tablista y un vocalista, toman los rincones del bazar con unos sonidos que siempre son plegarias, aunque unos las entonen para Alá y otros a mayor gloria de Vishnú. Y es que la zona de Chandni Chowk es también un centro para la convivencia pacífica de cultos. A poca distancia de la Jama Masjid se yergue el Sisganji Gurdwara, un gran templo sikh donde los sacerdotes se turnan las 24 horas del día para leer en voz alta su libro sagrado y donde, al igual que en la mezquita, el profano es bienvenido. Un poco más adelante, en la misma calle de Chandni Chowk se alza el Templo Digambara de los jainitas, esa secta hinduista que prohíbe matar cualquier forma de vida animal, con su curioso hospital para aves anexo, y, también a pocos metros, el templo dedicado a Gauri Shankar, consagrado a Shiva.

Lo ideal para desplazarse desde Chandni Chowk a otro espléndido bazar de Delhi, el Paharganj, es subirse en un rickshaw o en un motorickshaw en la parada a las puertas del Fuerte Rojo de los mogoles, cuyos muros ocres coronados por cúpulas de estilo sarraceno flanquean uno de los lados del mercado. El recorrido se hace a través de las callejuelas más auténticas del Old Delhi y, de hecho, atraviesa otro bazar: el Kinari. Es un barrio musulmán y no hay que perderse algunas mezquitas antiguas, como la Sunehri, desde cuyo tejado el persa Nadir Shah, saqueador de la ciudad en 1739, observó los desmanes de sus tropas, o la Zinat-ul Masjid, construida con la misma piedra del Fuerte Rojo y rematada por tres cúpulas de mármol, que fue construida en 1710 por órdenes de una hija del emperador Aurangzeb.

Paharganj está a una corta distancia de Connaught Place, esa enorme rotonda radial desde donde parten las grandes avenidas hacia la Nueva Delhi diseñada por Edwin Lutyens, el arquitecto colonial británico. Conocida como Paharganj Main Bazaar, esta callejuela y sus adyacentes han sido tomadas desde los años 70 por los mochileros occidentales y sobre los puestos del mercado se ubican hoteluchos ya míticos, como el Vishal o el Metropolis. En Paharganj hoy conviven las tiendas diminutas de telas y los puestos de fritangas con los cibercafés abiertos las 24 horas; los santones o sadhus -auténticos o de pega- semidesnudos y recubiertos de ceniza procedente de las piras crematorias con viajeros de Europa o Australia permanentemente enchufados al i-Pod; las vacas sagradas con los cuernos pintados y con la piel estampada de esvásticas hinduistas con las motos Enfield alquiladas por los trotamundos israelíes, y al anochecer no es raro que este mercado tan bullicioso se vea atravesado por un cortejo nupcial, con la novia en un palanquín cubierto y el novio a lomos de un asno y con la túnica prendida de billetes de cien rupias, o por algún elefante manejado por su cornac, sin que se entienda muy bien de dónde vienen ambos.

Mi primera visión de India, hace ya varias décadas, fue la de Paharganj. Llegaba aturdido a primera hora de la mañana después de 14 horas de vuelo desde París y el motorickshaw me dejó a la entrada del bazar, camino de mi hotel. Un sadhu con una cobra enrollada en el brazo me pidió limosna y, en medio del caos de mercachifles, monitos urbanos, perros abandonados y alguna vaca sagrada y despistada sisando verduras de un puesto, un acróbata empezaba el espectáculo y lo hacía, cómo no, con su higiene matutina. Con un pie sobre el sillín y otro en el manillar de una bicicleta en marcha, se lavaba la cara, se echaba espuma, se afeitaba y, por último, se aplicaba loción. Eso sólo puede verse en un bazar de Delhi.