Amazonas, 7.000 km de aventura

El padre de todos los ríos. Atraviesa Perú, Colombia y Brasil, y su cuenca baña cinco países más. El río más largo del mundo (entre 6.900 y 7.020 kilómetros, en función de la pluviosidad que reciba cada año), nace en la cordillera de los andes peruanos y desemboca en el océano atlántico. Sus miles de kilómetros navegables proporcionan a quien los recorre la aventura en mayúsculas, a bordo de humildes barcos. Miles de kilómetros de humanidad, de indios y comerciantes ribereños, de selvas y ciudades vibrantes de actividad, y de naturaleza en estado virgen.

Javier Reverte
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Foto: filipefrazao / ISTOCK

Navegar un gran río del planeta desde los territorios en donde nace hasta su desembocadura no es únicamente una aventura y un viaje únicos, sino un privilegio. No solo transita uno por geografías dispares, por el hielo y el calor, por la altura de las montañas o los altiplanos, y por los bosques y las tierras bajas; sino por el corazón de los hombres. El río es vida, a los ríos nos hemos arrimado los humanos para construir nuestras poblaciones y cultivar nuestros alimentos…, el río es cultura. Yo he tenido la fortuna de navegar algunos. Entre ellos, el más largo de nuestro mundo, el Amazonas. Y casi al completo.

Como todas las grandes corrientes de agua dulce, su fuente es un lugar impreciso y, a la postre, como decían los antiguos egipcios refiriéndose al Nilo, "nace de las bocas del cielo", esto es, de las nubes, cuando descargan nieve y lluvia. Para los geógrafos, su origen se encuentra en el lugar más alejado de su desembocadura desde el que fluye una corriente de agua en forma ininterrumpida. Pero esos lugares varían en función de la pluviosidad. Y así, un año el río puede comenzar a correr diez o veinte metros más arriba o más abajo que el año siguiente. De modo que su longitud varía en casi todos los libros de Geografía. Yo he leído para el Amazonas longitudes distintas que van desde los 6.992 kilómetros a los 7.020. ¿De qué geógrafo nos fiamos?

En todo caso, sabemos que se trata de río más largo de la Tierra, por encima del Nilo, y que nace a unos 160 kilómetros del Océano Pacífico, en el Nevado del Mismi, Perú, a 5.672 metros de altitud, en una pequeña laguna que unos llaman Vilnacota y otros Quesina. Desde allí, en viaje hacia oriente, cruza toda Suramérica hasta verter su caudal en el Atlántico. Y en su recorrido atraviesa montañas y, luego, selvas inmensas, recibiendo muchos nombres: Mantaro, Ere, Tambo, Apurimac, Urubamba, Ucayali, Marañón, Solimoes… y bebiendo de gigantescos tributarios como el Marañón, el Napo, el Negro, el Tapajós o el Madeira, este último con una longitud de 3.350 kilómetros. El Amazonas riega tres países: Perú, Colombia y Brasil; pero su cuenca se extiende a otros cinco: Bolivia, Ecuador, Guyana, Surinam y Venezuela.

El viaje en barco, pasada ya la llamada "ceja de la selva" (¡qué poético nombre para esa raya en donde termina la roca y comienza ya el bosque tropical!) podría comenzar en las orillas del Amazonas-Urubamba, en la ciudad peruana de Sepahua. Pero los barcos son todavía pequeños. Y no se hacen grandes hasta unos kilómetros más al norte, en la ciudad de Pucallpa, donde ya el río se nombra como Ucayali y es ancho y majestuoso. Pucallpa es un gran puerto de partida y llegada de buques de pasajeros y mercancías, tendido junto a una ciudad alegre y de puro sabor selvático. Los buques son muy parecidos a los viejos vapores del Mississippi, aunque provistos de motores de gasoil, y cuentan por lo general con dos cubiertas. Los pasajeros duermen allí, al aire libre, en chinchorros tendidos desde el techo. Es la manera más tradicional de viajar por el Amazonas, desde que el río se hace navegable hasta su desembocadura, y en Perú, a estas naves las llaman "lanchas", en tanto que en Brasil se las conoce como "recreios". No lejos del centro de Pucallpa, en el mercado junto a la laguna de Yarinacoche, puede uno encontrar gusanos y hormigas comestibles, en un batiburrillo de puestecillos en el que se mezclan indios amazónicos, mestizos caboclos –blanco e indio– y ocasionales blancos.

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Frutas y pescado

Hasta Iquitos, la navegación a bordo de una de las bulliciosas lanchas dura, a través de una espesa selva virgen, unos cuatro o cinco días, dependiendo de la fuerza del motor de la nave. El barco se detiene en numerosos pueblos, algunos de ellos arrimados a localidades populosas, como Contamana y Requena. Son poblaciones en donde, por lo general, las gentes viven en condiciones cercanas a la miseria y de atención médica paupérrima. Cuando los buques atracan en sus embarcaderos, el muelle –por lo general un talud de tierra– se llena de vendedores que ofrecen frutas y guisos de pescado a los viajeros. Suben y bajan pasajeros y mercancías y la orilla del río parece un día de verbena. Estos barcos no solo traen gentes y productos, sino una forma de vivir alrededor de un comercio al menudeo.

Aunque pobre, Iquitos es una bomba de alegría, parece una población caribeña. Fue la capital de la Amazonía peruana en los días del boom del caucho, cuando, a partir de 1870, tipos desalmados como Fitzcarraldo y Arana explotaban y esclavizaban a miles de indígenas en las regiones en donde abundaba el látex. Y de aquellos días de enorme riqueza quedan viejas mansiones decoradas con azulejos portugueses –muy de moda para los poderosos de entonces– y, entre ellas, una casa de hierro que los locales atribuyen a un diseño de Eiffel, algo que es más que dudoso. A los iquiteños les gusta la salsa, que suena por todas partes, y es una ciudad ruidosa, con más de veinte mil mototaxis, habitada por trescientas mil almas. El lugar más quejumbroso y en cierto modo más característico de Iquitos es el barrio de Belén, al sudeste de la ciudad, que se arrima a las orillas del río Itaya, un pequeño tributario del Amazonas. Cuando el río está en crecida, inunda las calles, y hay, pues, que desplazarse en canoa. En algunos rincones, las prostitutas que ejercen su profesión en barca a la caída de la noche. El mercado de este barrio es enorme y despacha, aparte de una inmensa variedad de verduras y frutos, peces del río y animales de la selva vivos que acabarán en las cazuelas de los iquiteños. Aquí, como en tantos otros lugares miserables del mundo, todo lo que se mueve se come, desde un loro hasta un caimán. Iquitos es una ciudad aislada por tierra de casi todo el resto del país y tan solo un par de carreteras llevan a pequeñas ciudades cercanas.

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Seguimos navegando y el río azota la nave. En el Amazonas no hay cataratas desde que se dejan atrás las faldas de los Andes, pero las tormentas son feroces y súbitas y, puesto que los barcos tienen por lo general poco calado, conviene refugiarse en la orilla mientras los rayos, las olas y los aguaceros atacan. Hemos dejado atrás dos ríos que bajan desde territorio del Ecuador, el Marañón –poco antes de Iquitos, por el que navegó Lope de Aguirre– y el Napo –poco más al este, por el que navegó Orellana–. Y nos hemos detenido unos minutos en el pueblo de Orellana para tomar una cerveza fría con una "patarasca de paiche", una suerte de guiso hecho con la carne del pescado más grande de los que habitan el río, el paiche o pirarucú (en brasileño), que está realmente sabroso. En el pueblo se sienten muy orgullosos de llevar el nombre del conquistador español que navegó por vez primera el río y hay un tosco monumento que recuerda al "descubridor".

Las siguientes jornadas nos llevan a la llamada Triple Frontera. Es un lugar muy singular en la Amazonía. Allí, en un recodo del gran curso fluvial, se encuentran las orillas de los tres países que dan a las aguas del río: Perú, Colombia y Brasil. El tramo ribereño más pequeño es el colombiano, con apenas cien kilómetros de costa. Pero la Amazonía colombiana, sin embargo, es enorme, pues la región se abre como un abanico desde el río hasta cubrir una extensión de casi medio millón de kilómetros cuadrados, lo que significa el cincuenta por ciento de todo el territorio del país.

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Las tres ciudades que conforman el lugar son, en realidad, una sola y entre ellas no se hace necesario siquiera pasar trámites aduaneros. Santa Rosa es la peruana, Tabatinga la brasileña y Leticia la colombiana. Una vez al año celebran la Semana de la Confraternización y un jurado elige a la Miss Triple Frontera entre las chicas guapas de las tres ciudades. En las plazas hay baile, desde samba a vals andino y vallenato, y comidas para todos los paladares, desde frijoles brasileiros a ceviches peruanos y sancochos colombiano. Por la noche corren los aguardientes y, según la leyenda, vagan por las calles los delfines rosas del río, los "bufeos" (en Perú y Colombia) o "botos" (en Brasil), que en realidad (la tradición amazónica) son hombres donjuanescos travestidos de cetáceos. Constituyen un peligro para la castidad, pues se dice que seducen a las mujeres y, a los nueve meses de cada fiesta de la Confraternidad, son muchos los casos de partos de madres solteras.

El oro blanco de la selva

Dejando atrás Tabatinga, ya en territorios de Brasil, el río se adentra ahora en regiones de tristeza. Al oriente de la alegre Triple Frontera, el Putumayo, tributario del Amazonas, riega las tierras de una región que fuera muy rica en caucho en el último tercio del siglo XIX. Aquí campó a sus anchas el terrible cauchero Arana, que esclavizó, torturó y asesinó a miles de indios durante décadas para extraer aquel oro blanco de las selvas tropicales, que tan grande impulso daría a la revolución industrial europea y norteamericana. Lo han contado en sus novelas los escritores José Eustasio Rivera (La Vorágine) y Mario Vargas Llosa (El sueño del celta). Siguiendo el río, se cruzan las poblaciones de Tefé y Coarí. En la primera hay un convento franciscano de aire draculesco, en cuyo tejado se posan decenas de siniestros buitres amazónicos, y la rada de la segunda es un lugar formidable para ver juguetear a numerosos delfines rosas. No muy lejos se tiende el lago Mamiá, un enorme paraje solitario, unido al curso del río, territorio casi inexplorado en donde reinan el jaguar y la anaconda. Para quien se atreva a desafiar las picaduras de los mosquitos transmisores de malaria, es un paraíso de tierras y aguas vírgenes, una suerte de pequeño Mato Grosso para viajeros audaces. Por estos pagos, al río lo llaman Solimôes.

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El lujo de Manaos

Y llegamos a Manaos, la capital de la Amazonía brasileña y, antaño, capital también del gran negocio cauchero, alzada cerca de la confluencia de los ríos Solimôes (Amazonas) y Negro. Aquí tenían sus mansiones los grandes "coroneles", como se conocía a los capos de la preciada resina del árbol Hevea, muy abundante en toda la cuenca amazónica. Y el dinero fluía en tanta cantidad a la ciudad que en los bares se bebía champán francés, vinos italianos y españoles, e incluso se consumían ostras. Hoy es una ciudad de aire moderno, de dos millones y medio de habitantes, con un gran puerto de encuentro de los barcos que viajan hacia el este o el oeste y una rada que permite la entrada de grandes transatlánticos. Acabado el caucho, el petróleo ha vuelto a hacerla próspera. A poca distancia de sus muelles se tiende el famoso "encuentro de las aguas" (ya citado en la crónica que habla de la expedición de Orellana, debida al fraile Gaspar de Carvajal), el lugar en donde confluyen los ríos Amazonas y Negro, dejando sin mezclarse, durante seis kilómetros, dos estelas paralelas de distintos colores: tinto oscuro la del primero, verde arcilla el segundo.

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El edificio más suntuoso de la ciudad es el Teatro de la Ópera, inaugurado  en 1867, en pleno esplendor de la urbe, inspirado en la Scala de Milán y en el Garnier Palace de París. Aquí acudían las figuras de la escena más famosas y cotizadas del mundo a cambio de cantidades de dinero que superaban en cuatro o cinco veces lo que cobraban en Europa. Era costumbre que a los directores que actuaban en Manaos se les regalara con cargo al municipio una batuta con incrustaciones de oro.

Y siguiendo viaje río abajo, después de dejar atrás la amable ciudad de Santarém, echada a las orillas de otro gran afluente del Amazonas, el Tapajós, alcanzamos el enorme delta del río, en donde se encuentran la isla de Marajó, del tamaño de Suiza, y Belém do Pará, la capital del Estado de Pará, un asentamiento militar en su origen, allá por los comienzos del siglo XVII. Es una ciudad bonita de dos millones de habitantes, calurosa, con anchas avenidas plagadas de árboles de mango. Hasta tal punto abundan estos frutales que en los seguros de los coches se contempla una cantidad destinada a cubrir las roturas de parabrisas por causa de la caída de los mangos.

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Y por fin, la desembocadura en el Océano Atlántico. Es una boca salvaje y hostil la del gigante fluvial. Los tiburones se internan desde el mar en el río hasta varias decenas y las aguas que arrastra la corriente llevan tal fuerza que alcanzan a penetrar casi trescientos kilómetros en el océano. Quizás, por eso, los lugareños llaman allí al Amazonas "río océano".