Quién dijo miedo al volante, por Mariano López

Mariano López

A los turistas les ocurre lo que a los músicos: donde más riesgos corren es en la carretera. Hace años, creía que mi corazón no era compatible con los aviones o, para ser más preciso, con situaciones que pueden pasar a bordo de un avión, que he pasado y que tienen probabilidades de repetirse -como que atraviese la nave un rayo contigo dentro-, pero hoy sé que cuando mis latidos desbaratan su ritmo y en mi boca se dibuja una especie de sonrisa tonta que me brota y me acompaña cada vez que tengo la certeza de que me encuentro ante mi última aventura es en la carretera. Para colmo, me gusta conducir allá donde viajo. Me gusta o no tengo más remedio; susto o muerte, que decía el chiste. En Hammamet, Túnez, cogí un taxi del aeropuerto al hotel. Había mucho tráfi co, demasiado para mi impaciente taxista, que, de repente, se cruzó al carril contrario, empuñó el rosario en una mano, el volante en la otra, y embistió contra los coches que venían de frente -todos- con la esperanza de que con la ayuda divina el sentido contrario resultara la mejor opción para llevarme al hotel. Al día siguiente me alquilé un coche. Si tiene que llegar mi hora -pensé-, que sea por mis locuras. Desde entonces, no me han faltado. Locuras, quiero decir. En Ciudad del Cabo alquilé por primera vez un coche en un país donde se conduce por la izquierda. Las piernas me temblaban cada vez que me acercaba a una glorieta, con el convencimiento interior de que me iba a estrellar en la primera rotonda que me ofreciera la posibilidad de equivocarme. En otros lugares, el miedo me ha vencido y no he sido capaz de ponerme al volante. Por ejemplo, en Birmania, donde se circula por la derecha con coches que tienen el volante al otro lado. O en India, donde las normas dicen que se conduce por la izquierda, pero la realidad admite y promueve que se conduzca por todas las direcciones y sentidos. Conducir en la India es la ciencia máxima, el título supremo al que puede aspirar todo aficionado al motor. Hay que esquivar vacas, rickshaws, carros con bueyes, monos, ciclistas, camiones, coches, peatones, residentes en la vía y hasta algún elefante. A pesar de tanta algarabía, el tráfico fluye como el agua de un torrente que se adapta a las piedras. Su primera regla es un axioma moral: son los demás quienes -siempre- tienen la preferencia.
Mi amigo Jellah me llevó por el sur de la India con su furgoneta de los años 60, siempre impecable. Jellah tenía símbolos de varios dioses hindúes, santos cristianos y un pequeño buda en el salpicadero del coche. Antes de salir, cada mañana, se encomendaba a todos los santos del vehículo, comenzando por Ganesha y terminando por San Pascual. Recorrimos más de tres mil kilómetros y no tuvimos un solo percance.
"Conducir es fácil -me decía-, sólo debes tener fe". Jellah tenía mucha fe. Para empezar, en los conductores de los camiones que venían de frente. No supe cómo explicarle que esa fe en el otro conductor era la que más falta nos hacía en este otro lado del mundo, tan peligroso para su furgoneta.