Fontibre, por Luis Pancorbo

La fuente del Chivo, en el Alto Campoo, parece ser el manadero más propio o primigenio del río Ebro.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

No es verdad que el Ebro nazca en tierras extranjeras. Ni que tuviera razón Pereda en Peñas arriba (1895) al afirmar que "el famoso río" se da prisa por salir de su tierra nativa para "... llevar el beneficio de sus aguas a extraños campos y desconocidas gentes". El Ebro sigue su curso, y cosa distinta es saber, como pasa con otros ríos ilustres, dónde sale su primera gota. Guardo un buen recuerdo, aparte de cálido y caliginoso, de la Reserva Nyungwe de Ruanda, un fantástico hábitat de chimpancés que un poco más y se dirían hobbits. Allá fue donde en el año 2006 unos británicos, encabezados por Neil McGrigor, pretendieron haber encontrado "la verdadera fuente" del Nilo. Eso se ubicaba en un charquito del bosque ruandés, no en el lago Victoria, como se creyó tras tantas polémicas y expediciones como las de Richard Francis Burton, John Hanning Speke y demás.

Si hay que caminar arduamente hasta esa primera gota que originaría el Nilo, normalmente se recurre para esos menesteres a los satélites artificiales. Uno de ellos reconfirmó en 2011 que el Amazonas nace en la fuente Apacheta, en el nevado Mismi, a 5.150 metros de altitud. Desde allí se despliega en ramales y congrega afluentes hasta alcanzar los 6.400 kilómetros que le sirven para ser el segundo río más largo del mundo (el Nilo gana aún por unos 300 kilómetros).

Volviendo a las cabeceras del Ebro. En 1987 pareció conclusivo un experimento de técnicos del Instituto Geológico Minero: tiñeron las aguas del río Híjar y salieron de ese determinado color en Fontibre, la que se da como fuente oficial del Ebro. El Híjar, que recorre 20 kilómetros antes de enterrarse y resurgir, nace en un paraje fantástico, el del Pico Tres Mares (a 2.171 metros de altitud). En realidad es el hontanar de tres ríos: el Nansa, que va a morir en el Cantábrico; el Camesa, afluente del Pisuerga y a su vez del Duero, que da con sus húmedos huesos en el Atlántico, y el Híjar, padre del Ebro que termina en el Mare Nostrum, si aún se puede llamar así al Mediterráneo.

Tres mares y más de tres ríos en juego en un paraje único del Alto Campoo y sus picos nevados. Bajo el de Tres Mares mana la fuente del Chivo, el que parece ser el manadero más propio o primigenio del Ebro. Con buen tiempo subir a su mirador es una experiencia que permite echar una mirada de águila al entorno. ¿No es Erebor, capital de los enanos de Tolkien, aquella Montaña Solitaria? Pero toda esa bella imponencia serrana no nos hace olvidar la modestia de Fontibre, donde el Ebro resurge otra vez como manantial.

Un lugar como Fontibre tiene todos los números para que el mito y la comodidad se alíen en ayuda del viandante. El Parque Natural La Fuentona en invierno es un tejido de brumas que se agarra a las primeras aguas del Ebro, donde bucean los azulones en busca de alimento. Un bosque de olmos, hayas, serbales y espinos enmarca el primer remanso que forma el manantial del Ebro. Ahí han clavado, sobre aguas verdosas, un pilar con una Virgen y escudos de las provincias que atraviesa el río en un señor viaje de 930 kilómetros hasta el mar.

En el pueblo aledaño se encuentra en ruinas lo que fue el flamante Balneario de Fontibre hasta mediados del siglo XX. Sigue manando para nada un grifo que desde el año 1912 surtía de agua buena para el estreñimiento, el hígado y muchas más cosas. El balneario se ha reducido a un simple esqueleto de paredes, y unos caballos, que pastan en el prado adyacente, son los que más disfrutan del sitio. Como en tantas otras cosas de España, no hay acuerdo sobre ese balneario, su posesión y fin, y sus aguas manan sin sanar, ni quitar la sed, ni producir beneficio.

Eso debería preocupar en un sitio tan simbólico, aparte de dónde anda la mera fuente del río Ebro. O de fuente en fuente, como en el juego de la oca, aunque peor es lo de para ti el delta y para mí el venero. Plinio El Viejo ya habló de la existencia de Fontes Iberis cerca de Julióbriga, ruinas que son algo más que una huella de sandalia romana en Cantabria. Las fuentes del Ebro eran también las de Iberia.