Arévalo, la villa favorita de Isabel la Católica

En la exitosa serie televisiva "Isabel" aparece como escenario, frecuente y querido, Arévalo, ciudad que conserva gran poder de evocación de aquella época crucial. La localidad abulense donde la reina católica pasó su infancia es un buen destino para una escapada otoñal por su cúmulo de arte mudéjar, sus buenos anticuarios y un tostón (cochinillo) con Denominación de Origen que apetece mucho en estos días de chimenea encendida.

Carlos Pascual
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Foto: Carlos Pascual

Los productores de la serie Isabel -con minutos de oro de más de cuatro millones de espectadores- lo tuvieron fácil con respecto a Arévalo. No hizo falta Photoshop, ni trucos. Desde los trigales y pinares que envuelven a la villa abulense, la actual imagen del castillo podría ser la misma que cinco siglos atrás. Lo que ocurre es que la serie miente (en aras del efectismo); no fue en ese castillo donde vivieron los años más felices de su vida Isabel y su hermano Alfonso, junto con su madre viuda Isabel de Portugal (y su abuela Isabel de Barcelos, a la que nadie menciona, ¡pobre!). No vivían ahí sino en un palacio o Casas Reales que había en la Plaza del Real, edificio que fue luego convento y aguantó el tipo hasta que unos meses después de morir Franco lo demolieron, sin más contemplaciones.

Ciudad señorial

Arévalo es telón de fondo en toda la serie porque sus trece capítulos se ocupan solo de la Isabel joven, hasta que fuera proclamada reina de Castilla. El palacio real (pueden verse fotos, y su maqueta, en el museo de la ciudad) desapareció, y esa misma suerte parecen a punto de correr unos cuantos más, grapados y sostenidos por prótesis de hierro. Y es que Arévalo fue una de las ciudades señoriales de Castilla, cuya corte era itinerante (hasta Felipe II). Importante por sus defensas naturales (cercada por las hoces de los ríos Adaja y Arevalillo) y militares, pero, sobre todo, por su opulencia, debida a la lana y especialmente al cereal. Como anécdota, cuando el poeta Gil de Biedma (que veraneaba muy cerca de allí) tuvo que pronunciar el discurso de ingreso en la carrera diplomática, en vez de elegir, como sus colegas, ciudades de postín, tipo Roma, París o Londres, eligió, para asombro de todos, Arévalo.

La puerta llamada de Alcocer, que da acceso a la Plaza del Real (y al palacio esfumado), es un regalo que hicieron los árabes a la ciudad cuando era suya (además de alcantarillado y otros lujos urbanos). En esa puerta-baluarte, además de la Oficina de Turismo se instaló no hace mucho un pequeño Museo del Cereal, algo muy apropiado para este enclave cerealista, que lo sigue siendo. A las afueras del casco urbano se mantienen en pie varias harineras; una de ellas sigue funcionando y, según los entendidos, es uno de los dos o tres puntos donde más grano se mueve de toda España (Arévalo cuenta con ferrocarril y buenas carreteras). El museo está instalado en la parte alta del torreón, en lo que fuera cárcel hasta hace poco -se ven los grafiti de los presos-, y su capilla. Hay otro espacio dedicado al cereal, dentro del (muy rehecho) castillo; éste se puede visitar, aunque el museo no está aún inaugurado. Se trata en realidad de un muestrario; si los incas cultivaron, dicen, hasta tres mil variedades de patata, en esta colección se muestran unos 250 cereales, que no está mal. Naturalmente hubo y hay una alhóndiga o depósito de trigo; se conserva la fachada y poco más, y ahora lo que almacena no es grano ni paja: es una biblioteca.

Moros y judíos

En el trajín por los rincones de Arévalo nos ha estado saliendo al paso, de forma persistente, el ladrillo, ahora tan denostado. Símbolo y alma de un estilo de arquitectura y también de vida: el mudéjar. El estilo mudéjar traduce el mestizaje que imperaba entonces en Castilla (cosa que refleja bien la serie televisiva), tanto en arte como en ropas o costumbres. Los cristianos de Arévalo se llevaban, más o menos, con judíos y musulmanes; la aljama o barrio judío contaba con unos 600 vecinos, y la morería, con algunos más. Aparte de los relumbrones cristianos, casi todos de paso, Arévalo vio nacer a figuras de relieve que son más conocidas fuera que dentro de España, como Mancebo de Arévalo, autor de la Tafçira, tratado de mística islámica, o como Abraham Gómez Silveira, emigrado a Holanda en el siglo XVII, rabino y escritor. Sí se conoce más al paisano Fray Juan Gil, fraile trinitario que rescató de las cárceles de Argel a más de 500 cautivos, entre ellos un tal Miguel de Cervantes.

Esto y más puede verse en el Museo de Historia de la ciudad, ubicado en la antigua Casa de los Sexmos (un tipo de impuesto, para entendernos, como los diezmos). Esta casa está en una de las plazas más bonitas y mejor conservadas de Castilla, la Plaza de la Villa (¿cómo no la han aprovechado en la serie?), porticada y presidida en sus extremos por dos iglesias mudéjares, Santa María y San Martín. En la de Santa María puede verse un Pantocrátor románico en el ábside, y otras pinturas. La de San Martín, con dos torres gemelas que no lo son, ha sido reconvertida en centro cultural de la Obra Social de Caja Ávila; un ágora importante, por los conciertos y exposiciones que aloja, pero también por la propia arquitectura, armónica emulsión de románico, mudéjar y barroco.

Gente importante

Naturalmente, hay más cosas para ver y disfrutar de Arévalo. Aparte del skyline singular de torres que se ve desde la autovía, hay palacios y casonas reutilizados, iglesias (algunas cerradas) y conventos (en ruina), puentes, calles soportaladas y casas de cuño mudéjar más o menos vetusto. Ymuchos fantasmas, de gente importante que se movió por aquí; los que salen en la serie (Isabel volvió muchas veces a la que llamaba "mi villa", su Rosebud añorada) y otros, como Ignacio de Loyola, o la segunda mujer del marido de Isabel, Fernando el Católico...

Hablando de gente, muchos saben que el periodista Emilio Romero (muerto en 2003) era de Arévalo; pero no tantos sabrán que allí nació también Eulogio Florentino Sanz, un señor que compuso algún drama y tradujo nada menos que a Goethe y Heine del alemán, dándolos a conocer a nuestros románticos. También era de allí el escritor Julio Escobar, muerto en 1994 y bien conocido por gastrónomos ilustrados; decía que los peces del Adaja eran "incorruptibles" (es verdad, se momifican o secan bien, con tripas y todo, gracias al arsénico que arrastra ese río taimado...).

Hablando de comer, otro de losatractivos capitales de Arévalo es el tostón. En la calle Santa María, José María y María José Martín, hermanos gemelos y quinta generación (por lo menos) de panaderos, siguen asando cochinillos en horno de encina. Lo hacen para particulares o restaurantes (aunque estos, casi todos, tienen horno propio). Han llegado a asar hasta trescientos animalitos en un día (Nochebuena, por ejemplo). Y presumen de que en su casa (que fue antaño posada) paró en alguna ocasión Santa Teresa. Glosando palabras, precisamente de la santa, podríamos decir que Dios anda también entre cochinos. De hecho, saben a gloria.

Tostón con pedigrí y una divertida receta en verso

El Tostón de Arévalo goza ya de D.O. con su correspondiente logo. Una docena de restaurantes, además de carnicerías o tiendas, se acogen a la marca. El cochinillo, según los cánones, debe tener menos de veinticinco días, pesar unos tres kilos y (dicen los puristas) mejor si es hembra. Se churrasca en horno calentado con encina o cándalos de pino (esta comarca se llama La Piñonería, precisamente). Sobre fuente de barro de Tiñosiños, sin vidriar, para que el barro vaya cogiendo pátina y acabe negro como un tizón (en Tiñosiños, 24 kilómetros al sur de Arévalo, trabaja todavía un alfarero). La receta fetén del tostón la puso en verso un vate local llamado (no es broma) Marolo Perotas; consultar en Internet, es divertidísima.