Wadi Mujib: viaje a las (bellísimas) profundidades de Jordania

La reserva natural con menor altitud del mundo es un laberinto de cañones, estanques y cascadas oculto en el país de los desiertos.

Noelia Ferreiro
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Foto: BargotiPhotography / ISTOCK

No hay imagen que mejor identifique Jordania (con permiso, claro está, de Petra) que la de sus parajes áridos y solitarios, la de esa infinidad de arena roja impregnada del espíritu beduino. Pero más allá de sus desiertos inmensos a cuya belleza sucumbió el mítico Lawrence de Arabia, existe un desconocido lugar donde el agua es la razón de ser.

Ese lugar se llama Wadi Mujib y es, muy pocos lo saben, la reserva natural situada a menor altitud del mundo. Un universo anfibio oculto en un profundo cañón y atravesado de torrentes que discurren, saltan y se cuelan por las paredes rocosas llenado el aire de frescor.  

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Caminar, escalar, nadar…

Wadi Mujib se esconde en un profundo desfiladero que desciende desde escarpados picos hasta adentrarse por el Mar Muerto hasta 410 metros por debajo del nivel del mar. Por eso descubrir este espacio natural es una divertida aventura acuática completamente inesperada en este país de resonancias bíblicas y huellas de la antigüedad. 

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Es posible recorrer a pie esta reserva que se extiende hasta las montañas de Madaba al norte y de Karak al sur. Un trayecto que se hace siguiendo el curso del río Mujib, ataviado con un chaleco salvavidas y con la compañía de un guía. La experiencia consiste en caminar, escalar e incluso atravesar a nado el laberinto de laderas alocadas bajo las que, de tanto en tanto, irrumpen estanques de agua esmeralda y cascadas de diferente intensidad. 

Escenario fantástico

La presencia de esta corriente que fluye todo el año (alimentada por siete afluentes) y la oscilante elevación de sus paredes (que varían hasta 1.300 metros) dibujan un escenario prodigioso que, además, propicia una biodiversidad única que aún hoy es objeto de estudio: más de 300 especies de fauna (especialmente aves y mamíferos) desperdigadas por este territorio de unos 200 km2.

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Todo ello, claro, enmarcado por una obra maestra de la naturaleza. Porque el río, en su erosión a lo largo de los siglos, ha dado forma a este cañón con la maestría de un artista: paredes de roca arenisca que se cierran ocultando el cielo (y que propician, de esta forma, una sombra gratificante), formas caprichosas que se retuercen y tonalidades que van del ocre al rosado hasta alcanzar el rojo intenso.

Para vagos y valientes

Existen cuatro rutas con distinto nivel de dificultad: tres por agua y una por tierra. La más sencilla, al alcance de cualquier mortal medianamente en forma y que no tenga problema con empaparse hasta el cuello, es el Siq Trail. Asequible, variado, sorprendente en cada tramo, se trata de un recorrido de dos a tres horas que arranca en el lecho del río y concluye en una catarata

Un bungalow a orillas del Mar Muerto.  | trait2lumiere / ISTOCK

Mucho más exigente que el Siq Trail es la que se conoce como “Ruta perdida hacia el mar Muerto”, dirigida a los más valientes. En ella, a lo largo de un día, se desciende de las montañas hacia el mar con niveles más altos de escalada y gran dominio de la natación. El esfuerzo queda recompensado con la maravillosa panorámica que se alcanza en el campamento de Mujib, emplazado en la península de Madash: aquí la noche se presenta bajo un lecho de millones de estrellas.