Sáhara: el renacer de las caravanas

Por iniciativa del autor de este reportaje, el fotógrafo, explorador y aventurero Juan Antonio Muñoz, un grupo de veteranos caravaneros ha vuelto a cruzar el desierto al sur de Marruecos por la vieja ruta que utilizaban, hace décadas, para transportar mercancías a lomos de dromedario desde el Sahel hasta Marrakech. En esta ocasión, la caravana ha estado abierta a la participación de algunos afortunados viajeros, de varias nacionalidades, que han recorrido más de cien kilómetros, en cinco jornadas, rememorando la vida en las caravanas e inaugurando la posibilidad del regreso de las caravanas abiertas, ahora, al turismo.

Juan Antonio Muñoz
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Foto: Juan Antonio Muñoz

Hace pocos minutos que acabamos de iniciar nuestra andadura. Solo el crujir del suelo bajo el paso de los animales rompe el silencio que nos inunda. Los últimos caravaneros, los últimos señores del desierto, nos han permitido acompañarles a través de los confines del sur de Marruecos. Dromedarios, mercancías, hombres, mujeres y una niña formamos una larga hilera que solo tiene que seguir al que camina delante, sin contar las horas, los kilómetros, la desesperanza que invade a quienes no conocen el desierto. Una oportunidad para sentir las glorias y desdichas de miles de personas que hasta no hace mucho se jugaban la vida transitando por una de las rutas comerciales más fantásticas de la historia de la humanidad. La mayoría de los escasos caravaneros que siguen cruzando el desierto con una recua de dromedarios son octogenarios.

Juan Antonio Muñoz

Delgados, fibrosos, poco comunicativos. Durante muchos años y muchos viajes en todoterreno por el desierto me he cruzado con ellos y me he preguntado cómo sería acompañarles a pie o a lomos de alguno de sus dromedarios siquiera durante unas decenas de kilómetros. Mi ánimo se encendía con la idea de sentirme uno de ellos, un auténtico ser libre, porque esa es la primera sensación que transmiten los nómadas y los caravaneros: rebosan libertad. Mi amistad con Ibrahim Sbai, organizador del festival internacional de música africana Taragalte, a quien conozco desde hace 30 años, me permitió acompañar a la denominada Caravana Cultural por la Paz, que trató y trata, porque el proyecto sigue vivo, de recuperar las tradiciones que unían a los pueblos del Sáhara y del Sahel conectados durante siglos por las caravanas.

Mujer de una tribu nómada con la que se cruzó la caravana. | Juan Antonio Muñoz

Los duendes de arena

Pero ahora es diferente. La caravana en la que vivimos es una caravana comercial, una de las últimas que atraviesa el desierto con el mismo fin con que los caravaneros lo han atravesado durante siglos: comerciar. Con sal, con oro, con todo lo que el desierto separa y la distancia y la escasez convierten en raro y valioso.

El termómetro llega a marcar 43,3 ºC. Se sigue el ritmo que imponen los dromedarios. | Juan Antonio Muñoz

El desierto impresiona. Aquel que nunca se ha adentrado en sus secas arenas tiende a pensar que las probabilidades de perderse en medio de este espacio infinito son exactamente todas. Por el contrario, el que ha abandonado sus miedos y se ha dejado llevar por los “duendes de arena” probablemente disfrutará de esta travesía como de ninguna otra en su vida. Muchos me dicen que gracias al desierto se han encontrado a sí mismos. Les creo. Jean Baudrillard decía que el desierto es una extensión natural del silencio interior del cuerpo. Y es precisamente ese silencio el que paso a paso nos ha ido desnudando de ideas preestablecidas y prejuicios adquiridos en la sociedad que nos ha tocado vivir. Con el transcurrir del tiempo y de los días, la diversidad de culturas, nacionalidades, profesiones y religiones se han ido fundiendo para crear un grupo homogéneo, unido por la necesidad de compartir las sensaciones y experiencias que el Sáhara nos está ofreciendo en nuestra andadura.

Junto al fuego, el inmenso cielo que agita las noches del Sáhara. | Juan Antonio Muñoz

En la distancia, la caravana parece fundirse con el desierto. Apenas supone un hilo junto a la línea del horizonte. Después de varios días de camino, nos sentimos como un enlace entre la tierra y el cielo. Solo nosotros entre las nubes, las estrellas y la arena, el suelo que dicta la realidad.

Cuando la caravana se mueve, parece ajena al paso de los días y de las horas. No parece importarnos la distancia, ni el tiempo, ni la temperatura. Formamos parte de un mundo que se nos presenta con sus mejores galas para que podamos llegar a comprender su grandeza. Sufrimos y admiramos varias tormentas de arena, que nos permiten apreciar aún más los días de paz. Las antiguas torres de vigilancia que desde la distancia advertían del paso de las caravanas parecen sorprenderse con nuestra llegada. Ya no son los viajeros que sobre sus 4x4 pasan sin percibir ni empaparse con los detalles que esconden lugares como Foum Takkat, un paso estratégico por el que las aguas del río Draa burlan las pétreas murallas del Jbel Bani.

El té y su ceremonia siguen siendo imprescindibles en la ruta | Juan Antonio Muñoz

Pocos son los que conocen y se detienen en el morabito de Dada Atta. Una pequeña construcción en piedra que pasa desapercibida en medio del entorno rocoso en la que se encuentra. Un lugar casi desconocido en el que reposan los restos del fundador de los Ait Atta, la única tribu que consiguió repeler y resistir la entrada de las tropas francesas en la zona del Jbel Saghro hasta 1936.

Un escenario que tampoco podíamos ignorar es el acceso de Foum Lrjam, otra vía de paso de las antiguas caravanas. El caótico estado en el que se encuentra muestra la dureza de la antigua barrera pétrea hoy calcinada. Foum Lrjam esconde la mayor necrópolis de todo Marruecos. Más de un millar de túmulos funerarios que pasan desapercibidos para la mayoría de las miradas, mimetizados con el entorno. Una especie de pirámides de piedras ennegrecidas que guardan osamentas de cuerpos cuyo origen aún se desconoce.

Llegada de la caravana a uno de los pueblos de la ruta. | Juan Antonio Muñoz

Al final de cada jornada, el Sáhara nos ofrece uno de sus mágicos rincones en el que poder descansar y reponer fuerzas para la próxima etapa. Descargar los dromedarios, montar la jaima, buscar leña para el fuego, preparar el té y la cena, hacer el pan en la tierra y… evadirse ante el espectáculo de la bóveda celeste que poco a poco nos va sedando hasta conseguir disipar los dolores que, en una u otra parte del cuerpo, todos padecemos, fruto del viaje. Las primeras luces van despertando a cada uno de los 20 componentes de la expedición. Cada cual manifiesta su particular entente con el mundo que se nos presenta ante nuestros ojos. Rezos, contemplación, preparación del té, paseos… Momentos de descubrimiento personal y de entendimiento con la Naturaleza.

La arquitectura en tierra

El Sáhara puede convertirse en una gran escuela para cualquier individuo, a cualquier edad. La caravanera más joven, Sara, con sus siete años y medio, está recibiendo una enorme dosis de conocimientos que, por desgracia, no están ya al alcance de las nuevas generaciones. De este aprendizaje de valores depende la salvaguarda del patrimonio cultural y natural de nuestro planeta. Nuestro camino se une al de los antiguos caravaneros. Nos muestra la grandeza y el arte de los antiguos maestros de la arquitectura en tierra. Aprendieron a moldear el suelo que pisamos y a transformarlo en barro, en la materia con la que levantaron hogares, refugios o fortalezas.

La presencia de árboles y arbustos en el desierto depende de las lluvias. | Juan Antonio Muñoz

Las caravanas sirvieron para difundir y expandir las técnicas de construcción de los maestros a lo largo de las rutas. Formas, volúmenes, sombras y luces se integran en el paisaje que nos rodea. Llegar a estos pueblos es una manera de entrar en la historia del norte de África, viajar siglos atrás a otra época, caminar en el tiempo. Nuestra aparición por los pueblos de barro es motivo de sorpresa para sus habitantes. Puede que la insólita imagen de la caravana haya despertado en la mente de su población las glorias de un pasado no tan distante. Incluso somos fotografiados ante las incrédulas miradas de quienes sienten que el mundo ha dado un giro hacia sus raíces huyendo de la globalización a la que parecen estar abocados.

Las estrechas callejuelas parecen haber encogido con los siglos. Resultan pequeñas para nuestros animales. Quizá siempre fueron así, esa era la idea de los constructores: que solo permitieran el paso de un dromedario y con dificultad. Un recurso inteligente no solo por cuestiones de seguridad: la proximidad de las casas, las calles estrechas, angostas, permiten a la población protegerse mejor de los calores del verano y de las tormentas de arena. A nuestro paso, nos parece que emiten un halo enigmático que nos enmudece a medida que nos internamos en su laberinto por túneles oscuros y misteriosos.

Preparación del fuego nocturno. Se elabora el té del atardecer. | Juan Antonio Muñoz

Pueblos cargados de una historia escrita por el paso de musulmanes, judíos y cristianos, misioneros y comerciantes, guerreros y gentes de paz, señores y esclavos. Un legado marcado en unas paredes que se resisten a perder la dignidad artística que le confirieron los arquitectos de antaño. Tenemos la enorme suerte de poder entrar y admirar los interiores de algunas de estas viviendas que hoy representan una especie de museo de la grandeza en la que vivieron. Son momentos de descanso, de contemplación, de conversación con la población local. Mientras se sirven los tés, hablamos del rumbo que está tomando nuestro civilizado modo de vida. Si nada se hace, desaparecerán todas estas culturas, tantas y tantas tradiciones. Las formas del barro, su silencio y su orgullo histórico son una llamada de atención, una petición de ayuda para que reaccionemos antes de que sea demasiado tarde.

Los auténticos señores del desierto son ya, en su mayoría, octogenarios. | Juan Antonio Muñoz

La ruta sigue su marcha y con ella la aparición de escenarios cambiantes y bellos. Una belleza que una vez más nos sume en el silencio para no perturbar la sensación de plenitud personal en la que estamos sumidos. Los días van pasando y nuestros cuerpos, al igual que los de los animales, van dando muestras del precio a pagar por adentrarnos en este reino mineral. Un precio marcado por el sufrimiento que las duras condiciones del Sáhara infringe a todo aquel que osa internarse en su territorio. Los más ancianos aún recuerdan los casi dos mil esqueletos de hombres y animales que sucumbieron bajo el calor y la sed antes de poder alcanzar el oro líquido que les esperaba a tan solo 15 kilómetros desde el punto en el que murieron. En la actualidad, esta situación la siguen viviendo aquellos que se aventuran a recorrer de cualquier manera los casi 2.500 kilómetros que separan sus pueblos de origen en el Sahel hasta los países con cantos de sirenas que para ellos representa Europa. Las caravanas siempre tenían como objetivo principal el transporte de mercancías entre pueblos. Las poblaciones esperaban con ansias la aparición de esta hilera de la esperanza.

La entrada en los antiguos caranvesai traslada a los viajeros en el tiempo | Juan Antonio Muñoz

Hilera de la esperanza

En nuestros días, los que aún siguen llevando una existencia marcada por el nomadismo desconocen que los milagros existen y que a lomos de dromedarios pueden llegar bienes que les mejoren la calidad de vida. Por mediación de la asociación Abryd, las futuras caravanas serán portadoras de necesidades básicas que puedan sostener y mejorar las condiciones de vida de una población que ha decidido tener como baluarte la libertad. La actividad caravanera y el nomadismo van de la mano, motivo por el que cobrará sentido volver a unir los dos términos.

Estos días hemos tenido la oportunidad de contactar con algunos nómadas de la región para recabar información de las necesidades que, a través de las próximas caravanas, puedan llegar y satisfacer el día a día de algunas familias. Una acción coordinada con las autoridades de la provincia para que su realización, no solo entre en el marco de la legalidad, sino que también pueda alcanzar los enclaves de nomadismo más necesitados. Nuestra marcha sigue su curso a través de las zonas desérticas del sur del valle del Draa. Las secuelas de la persistente sequía que azota esta región y los estragos de la enfermedad del Bayoud, un hongo que infecta las palmeras hasta matarlas, no nos augura nada bueno para los miles de familias asentadas en la zona.

Hilera de dromedarios al atardecer. | Juan Antonio Muñoz

çEstamos a punto de alcanzar nuestro destino final. Una historia vivida por 20 personas a lo largo de 105 kilómetros que nos han hecho vivir y revivir experiencias muy intensas. Marroquíes, españoles y canadienses, que han unido sus destinos al marcado por los azares y avatares del desierto del Sáhara. Abderhaman y su equipo han estado a la altura de lo que se espera de estos señores de las arenas. Para todos, un momento muy especial que se puede mostrar en imágenes, pero que difícilmente se puede expresar desde el punto de vista de las sensaciones personales. Solo nos queda esperar que esta actividad caravanera, vital para el desarrollo cultural y comercial no solo de África, sino de todo el planeta, recupere parte de ese esplendor de antaño. En cualquier caso, nosotros nos hemos sentido parte de esa historia escrita en las arenas del desierto. Desde aquí, agradecer a los que han colaborado para que esta iniciativa, esta especie de sueño, se haya convertido en realidad (Gobernador de Zagora, Caid de Tagounite, asociación Abryd, caravaneros y todo el equipo de sufridores). Gracias, señores del desierto.