Ribeira Sacra: paisaje de viñedos en vertical

El pasado junio, dos días después de retirar su candidatura a Patrimonio Mundial, la Ribeira Sacra superaba un último filtro para ser considerada Reserva de la Biosfera, y la Xunta ya trabaja en sumar su arte románico a la protección como Bien de Interés Cultural.

Elena del Amo
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La escritora Dolores Redondo, que obtuvo el Premio Planeta en el año 2016 por el thriller ambientado en la Ribeira Sacra Todo esto te daré, confesaba en la entrega del galardón: “La elección del escenario nunca es casual; nunca elijo lugares de postal porque para mí la belleza que tiene importancia es la que nace de la rudeza, del esfuerzo y del trabajo”.

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La belleza de estos valles entre las provincias de Orense y Lugo le debe tanto a la naturaleza como al sudor. En picado sobre los meandros del Miño, el Sil y una maraña de ríos menores, los bancales esculpidos por generaciones de campesinos retan al vértigo por las laderas. En la Edad Media, cuando todo este territorio fue organizándose alrededor de los treinta y tantos monasterios que llegó a sumar, por estas terrazas o socalcos crecían las huertas y el cereal. Hoy lo hacen sobre todo las viñas de la denominación de origen que colocó la Ribeira Sacra en el mapa; soberbias cuando acaba la vendimia y sus hojas tiñen las lomas de grana y oro.

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Primero fueron eremitas los que, a partir del siglo VI, se recogieron en este mundo fuera del mundo para llevar una vida dedicada a la oración y al sacrificio. Luego llegarían los benedictinos, y los cistercienses, convirtiendo estos cauces fluviales en meollos económicos donde se arañaba tierra para labrar de hasta el último risco. La actual desacralización de una de las comarcas con mayor concentración de monasterios de toda Europa fue, junto a los embalses construidos durante el franquismo y los parques eólicos, el principal escollo del informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura por el cual se retiró in extremis una candidatura a Patrimonio Mundial que todos daban por ganada.

Sí, también en la zona de la Ribeira Sacra las vocaciones escasean. Apenas las ocho madres Bernardas de la aldea de Ferreira de Pantón dan fe de una cultura monástica que llegó a modelar el paisaje y también aglutinó a su alrededor una identidad todavía muy ligada a la tierra.

Hace lo suyo que no retumban los pasos de los monjes por los claustros de Santo Estevo, hoy un monumental parador aupado entre el bosque sobre el cañón del Sil (se cree que el origen del monasterio se remonta a los siglos VI y VII).

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Tras las desamortizaciones del siglo XIX, tampoco quedaron en el monasterio renacentista Santa María de Montederramo, donde apareció por primera vez la referencia a una zona llamada Rovoyra Sacrata, ni en el románico de Santa Cristina, hacia el que este año, dentro de su plan de movilidad sostenible, se ha estrenado una lanzadera para facilitar las visitas a este precioso monasterio a la vera del río Sil. Mucho menos se ve rastro de los monjes en San Paio, una ruina devorada por la maleza que llevan tiempo tratando de rehabilitar para convertirlo en un hotel, o en el antiquísimo San Pedro de Rocas, el único monasterio suevo que se conserva; imprescindible tanto por su iglesia excavada en cuevas como para ir entrando en faena en el Centro de Interpretación de la Ribeira Sacra de su edificio prioral.

En él lo preparan a uno para vérselas con sus paisajes de órdago y se cuenta de oficios desaparecidos como el de aguardenteiro ambulante, condenado a la extinción al poco de entrar en las asepsias de la Unión Europea. Otros afortunadamente andan más en forma, como las tejedoras y los zoqueiros de Chantada, los artesanos de la madera en Quiroga, los alfareros del museo-taller de Niñodaguia o el último artesano del cobre, en A Peroxa, y el par de oleiros que, en Gundivós, siguen ahumando al fuego su primitiva loza negra.

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Al igual que a los viticultores, el secreto a voces en el que se ha convertido la Ribeira Sacra ha traído un nuevo brío a sus negocios. También a raíz de haberse consolidado como el espacio natural más visitado de la Galicia interior han ido proliferado delicias donde alojarse, como, por ejemplo, la Casa Grande de Cristosende—una casa solariega del siglo XVI en una de las aldeas con más encanto de la región—, las catas por bodegas de la talla de Vía Romana (en la localidad de Chantada), Abadía da Cova o, junto a los fotogénicos viñedos de Doade, los “embotelladores de paisaje” de la bodega Adega Algueira; las piraguas y barquitos para surcar el río Miño o el Sil, que en el futuro se espera que sean todos eléctricos, o las increíbles pasarelas sobre el río Mao (de madera, con rampas, escaleras y un mirador y con varios itinerarios para toda la familia ) y otros senderos homologados también para la BTT (bicicletas de montaña) entre cascadas y soutos de castaños y robles. Incluso a veces puede verse un globo sobrevolando los bancales de piedra donde las cepas crecen tan en pendiente que su viticultura se tiene bien ganado el calificativo de heroica.

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Vistas de vértigo

No tan arriba pero casi, una red de miradores se asoma a las mejores panorámicas de esta comarca de la Ribeira Sacra donde, por sus carreteritas pegadas a los cañones, sobrecogen las vistas al doblar cada curva. El mirador de Cabezoás es uno de los más populares de la zona y se halla sobre el último meandro del Sil. Hay otros encarados a un mar de viñedos, como los de Pena do Castelo, Soutochao, do Duque, Líncora o As Penas de Matacás; este último, se eleva a más de 500 metros y está ubicado, como su nombre indica, sobre las Peñas de Matacás.

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Para admirar los atardeceres, nada como los miradores de O Cabo do Mundo y Los Balcones de Madrid (llamado así porque era el lugar escogido por las mujeres para ver marchar a sus maridos a Madrid a trabajar, muchos como barquilleros) o, entre decenas más, el mirador Penedos do Castro, frente a frente con el monasterio de Santo Estevo. Porque en la Ribeira Sacra la naturaleza manda, pero la huella de su pasado monacal siempre anda cerca.

En busca de la triple corona

Ribeira Sacra encabeza la lista de destinos sostenibles según la estrategia de turismo de Galicia. Se ha apostado por el ecoturismo como impulsor del mundo rural a través de la creación de productos turísticos vinculados a la naturaleza y a la cultura que han contribuido al aprovechamiento de los recursos naturales y al uso turístico sostenible del paisaje. Asimismo, se ha trabajado en la rehabilitación y puesta en valor de los miradores gallegos sobre los ríos Sil y Miño, en la creación de sendas turísticas singulares de especial interés paisajístico, como la pasarela sobre el río Mao y en el aprovechamiento del gran potencial de la naturaleza con el impulso de actividades ecoturísticas, como la navegación en catamarán por los dos ríos principales o la visita a los viñedos en ladera, la llamada viticultura heroica. Por otra parte, se ha realizado la valorización turística de los conventos medievales, verdaderas joyas del arte románico gallego y de los núcleos históricos, poniendo énfasis en el patrimonio material e inmaterial de las ciudades y villas y en el incremento de los alojamientos rurales. Por todo ello la Xunta se ha marcado para el futuro un objetivo ambicioso: conseguir la triple corona de la Unesco para la Ribeira Sacra, un gran reconocimiento para este territorio formado por 18 municipios de la provincia de Lugo y cinco de la de Ourense. Al título en 2019 de Xeoparque de las Montañas del Courel se le unirá este año el de Reserva de la Biosfera de la Ribeira Sacra e Serras do Oribio e Courel, mientras se trabaja en la candidatura para la declaración de la región como Patrimonio de la Humanidad.