Portugal. Los pueblos más bellos del norte

PAISAJES, TRADICIÓN Y TURISMO RURAL. El norte de Portugal y Galicia comparten ríos, paisajes, tradiciones y modo de vida, pero en las tierras lusas un puñado de pequeñas y bellas poblaciones y aldeas se han hecho más resistentes al paso del tiempo a la vez que brindan una atractiva oferta rural en un singular y austero entorno natural que encabeza el único Parque Nacional del país: Peneda-Gerês.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

No se equivocará si viaja al norte de Portugal y le gusta la Naturaleza con mayúsculas. Esta región montañosa colindante con Galicia, con la que tanto comparte tradiciones y costumbres, alberga un área con cotas de montaña entre 700 y 1.545 metros, donde mandan el corzo y el lobo ibérico, especie que mantiene una población estable después de siglos de pugna con los habitantes de esta región de gran riqueza geológica pero algo desolada en muchos lugares, hoy, eso sí,  abiertos al turismo.

Río Cavado y Parque Nacional de Peneda-Gerês | Eduardo Grund

El buque insignia incuestionable de la región es el Parque Nacional da Peneda-Gerês, el único oficial en tierras lusas, creado en el año 1971 entre las Serras da Peneda, do Soajo, de Amarela y do Gerês. Un territorio repleto de cascadas, miradores, monasteiros, arquitectura rural encabezada por hermosos espigueiros (hórreos) y donde tiene cabida un amplio abanico de actividades al aire libre: desde kayak y bicicleta de montaña hasta recorridos en vehículos todoterreno o a caballo y deportes de aventura... Para disfrutar de los pueblos más bellos del norte de Portugal y de la naturaleza que los rodea, lejos de las grandes ciudades.

Parque Nacional da Peneda-Gerês | Celestino

Braga, capital religiosa

Santuario de Bom Jesus do Monte | fotokon / ISTOCK

Un excelente punto de partida para iniciar esta ruta por los pueblos del norte de Portugal es Braga. Es la capital religiosa del país, con un ramillete de iglesias y conventos que merecen una visita sosegada. Entre ellos destaca su catedral, de construcción románica original, y, sobre todo, el Santuario de Bom Jesus do Monte, uno de los monumentos más famosos de Portugal y que representa el estilo barroco del norte, tallado en austero granito gris, realzado por los muros blancos encalados.

Santuario de Bom Jesus do Monte | Eduardo Grund

En el recinto asombra su funicular, que sigue funcionando con un original sistema hidráulico que le permite ascender 116 metros de altura (1,50 euros), pero tanto o más llamativa es la espectacular vista de la Vía Sacra que subía el peregrino de rodillas por las inclinadas escaleras de los Cinco Sentidos y de las Tres Virtudes. Hoy esta subida también se puede realizar en bicicleta o incluso a caballo.

Arcos de Valdevez

Arcos de Valdevez, pueblo que alcanzó la fama por su población de nutrias y sus siete iglesias.  | Eduardo Grund

Al abandonar Braga en dirección norte, la ruta atraviesa Ponte de Lima, la ciudad más antigua de Portugal y punto clave en la ruta de peregrinación a Santiago de Compostela, y a continuación se llega a Arcos de Valdevez. Es este un bonito pueblo que alcanzó fama por su amplia población de nutrias y sus siete iglesias. Ahora su actividad turística se centra en la explotación de una ecovía a orillas del río Vez. La vía transcurre hasta Sistelo a lo largo de 12 km por pasarelas de madera que hacen pensar al viajero en algunos tramos que camina casi flotando sobre las limpias aguas de este río truchero. Si le gusta el piragüismo, apunte este lugar. La excursión en kayak proporciona emociones y rincones encantadores como el puente medieval de Vilela.

El pequeño TÍbet luso

Casi una escena de Vietnam, Bali o las faldas del Himalaya en el Tíbet, la pequeña aldea de Sistelo, a 20 km de Arcos de Valdevez, sorprende por sus terrazas colgadas en la falda de la montaña que surgieron por la necesidad de aumentar la superficie agrícola en un terreno muy inclinado y poco accesible.

Las terrazas de cultivo en Sistelo evocan imágenes del sureste asiático.  | Eduardo Grund

Sus habitantes lograron colocar plataformas más o menos planas sostenidas por imponentes muros de piedra que permitieron el desarrollo de una agricultura de subsistencia basada en el cultivo de maíz en un entorno rural muy duro, solo aliviado cuando la población local disfrutaba de las abundantes fiestas tradicionales de este área geográfica. Todavía hoy suenan en algunas de estas aldeas, de una manera casi mágica, las canciones lusas más tradicionales a través de los altavoces instalados junto a las sencillas calles y los campos de las cosechas.

Los “espigueiros” de Soajo

Solo 20 km por la N202 separan Arcos de Valdevez de Soajo, atravesando Porta do Mezio, una de las cinco puertas del Parque Nacional da Peneda-Gerês, que oculta en el interior de su perímetro más de una docena de monumentos megalíticos. La piedra es el denominador común de esta aldea que se disputó la capitalidad del concejo con Arcos. Dando un paseo por sus calles se observa cómo las casas fueron construidas con vistosos bloques de granito, aunque en el Largo do Eiró recibe un llamativo pelourinho o picota, monumento nacional desde 1910, con una simpática cara en lo más alto que parece dar la bienvenida a los visitantes.

"Espigueiros" (hórreos) de Soajo | Eduardo Grund

La espigada columna simbolizaba los privilegios forales antiguos de esta villa, que depara una sorpresa aún mayor cuando se alcanza un promontorio formado por enormes rocas junto a la escuela pública. En ese punto se alzan 24 espigueiros construidos en piedra durante los siglos XVIII y XIX que eran utilizados por la comunidad para almacenar y secar el abundante maíz de la región. En su parte superior destacan las cruces de estos alargados bloques graníticos que representaban la protección divina de la comida, el alimento de una comunidad de casas bajas y cerradas, empleadas para protegerse especialmente de los crudos inviernos de la sierra.

Lindoso, vigía de España

Un poco más adelante, siguiendo la falda sur de una de las montañas de la Serra de Soajo, se despliega de manera escalonada Lindoso, rodeado de viñedos y maizales. Antes queda a un lado la central eléctrica de la aldea que antaño. Ahora existe el proyecto de crear un museo temático en este escenario de extensiones salvajes y montañas austeras que corona un castillo vigilante en la ruta hacia España.

PhilAugustavo / ISTOCK

A los pies de estos muros, muy castigados por las tropas castellanas en el año 1580, resalta una excelente concentración de unos sesenta espigueiros, creado admirablemente por los tallistas de piedra del Miño. Si el viajero se guía por la primera impresión, le parecerá un singular cementerio con bloques coronados por una o dos cruces, pero su principal función era la de mantener la supervivencia humana librando a las provisiones tanto de roedores como de ladrones.

El santuario de Peneda

Desde Lindoso y su sierra arbolada se observa al otro lado del valle del Lima la Serra da Peneda, muy distinta, árida y rocosa. La carrera está salpicada de miradores naturales para admirar el clásico paisaje del Parque. Se suceden los pastos altos, donde las vacas cachenas cuernilargas, la raza autóctona de este norte portugués, caminan y comen a sus anchas por brandas e invernadeiras, las zonas arboladas y el campo que explota en primavera con cientos de arbustos y flores, como el brezo marrón rojizo, los tojos amarillos y la carqueja, indicada para los diabéticos y para aquellos que tienen un colesterol muy alto.

Susana Luzir / ISTOCK

Ya en Peneda, su santuario en honor a la Señora de las Nieves es una copia reducida del Bom Jesús de Braga. Lo levantaron al lado del peñasco de la Meadinha, junto a una lapa donde apareció la imagen de una Virgen, y hoy se accede a él a través de una escalinata monumental con veinte pequeñas capillas que narran episodios de la vida de Jesús. Todos los años, en la primera semana de septiembre numerosos peregrinos, procedentes de toda la región y de Galicia, acuden a este lugar para venerar a la Virgen en un edificio de 300 metros de altura que se alza de manera prodigiosa en medio de la naturaleza.

Ruinas del Monasterio Santa María de Junias | Eduardo Grund

Castro Laboreiro

Desde Peneda ya se adivina la cercanía con España. Solo hay que atravesar la puerta de Lamas de Mouro para encaminarnos a Castro Laboreiro, situado a 10 kilómetros de la vecina Orense, para visitar su casco viejo con edificios interesantes, como el antiguo Ayuntamiento y el Tribunal Judicial, aunque la mayoría de sus visitantes se decantan por disrutar de un paseo por los alrededores, repletos de puentes y saltos de agua. Otros prefieren practicar el canyoning en sus barrancos o simplemente deleitarse con un delicioso bacalhau con broa en el restaurante Miradouro do Castelo.

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Las mujeres de Pitões 

El recorrido por este norte de Portugal se encamina paulatinamente hacia la Porta de Montealegre, instalada en el Ecomuseo de Barroso. Lo más recomendable desde Castro Laboreiro es entrar en España para tomar el camino más directo hacia un norte de Portugal más profundo y auténtico. Ya en la provincia de Orense, se deja a un lado Lobios, con su magnífica villa termal, la más prestigiosa de toda la región por sus aguas indicadas para el tratamiento de afecciones digestivas, respiratorias, reumatológicas, dermatológicas... y el entorno ecológico del Parque Natural Baixa Limia-Xurés. Ya en tierras lusas, la visita a Tourém refleja la importancia que tuvo la ruta del contrabando entre España y Portugal antes de que los dos países ingresaran en la Comunidad Económica Europea en 1985 (ver recuadro).

Mujer de Pitões das Junias | Eduardo Grund

El comercio clandestino de bacalaos, mariscos y café, entre otros muchos productos, dinamizó la economía de esta región muy desolada y algunos todavía añoran aquella etapa histórica. Tras la visita a Tourém, en el que se puede descubrir un horno de pan con 150 años de antigüedad, Pitões das Junias es el clásico ejemplo para comprobar la dura vida de los habitantes de este área: mujeres vestidos de negro, bien por su condición de viudas o por tener al marido emigrante trabajando en otros países, trabajan en el campo llevando en sus cabezas, de manera admirable, coube y otras verduras para la alimentación de cerdos y gallinas. Solo hay dos bares en el pueblo, pero uno de ellos, la Taberna Terra Celta, con Margarida Paiva al frente, merece una visita para tomar un vinho verde y una tapa de embutido en su salón-museo de la primera planta. Fuera del pueblo no se puede dejar de visitar las ruinas del monasterio de Santa María de Junias, oculto junto al río Campesino, o su cascada hermosa a la que se accede por una prolongada pasarela de madera.

Las brujas de Montalegre

Espera Montalegre, la ciudad más poblada de esta esquina lusa, con unas trece mil almas en su concejo, y con su castillo del siglo XIII que se ha convertido en el principal reclamo del concejo. Todos los días viernes y 13 del año se desarrolla en su interior la fiesta de las brujas y, aunque sus organizadores empezaron prudentemente esta celebración en 1996 con poco más de cuarenta personas invitadas, hoy concentra a unos 40.000 visitantes, muchos de ellos procedentes de Galicia, para presenciar los desfiles de bandas de música y gaiteros, obras de teatro, espectáculos pirotécnicos y las clásicas delicias gastronómicas acompañadas de la inevitable queimada. 

Nuno Almeida / ISTOCK

Cascadas y miradores 

En el tramo final del viaje es inevitable entrar en la zona más turística de todo el Parque Nacional. Gerês, situado al fondo de una frondosa garganta, propone sus afamadas aguas termales, ricas en flúor, que siguen atrayendo a pacientes con problemas digestivos o hepáticos. Toda la villa está salpicada de senderos y carreteras que conducen a sus numerosos saltos de agua y áreas arboladas. De visita imprescindible son las cascadas del río Hombre o del río Arado en la Mata de Albergaria, el mirador Pedra Bela o los mojones miliarios que se alzan en la antigua calzada romana entre Braga y Astorga, todavía en pie muy cerca ya del embalse de Vilarinho das Furnas, que dejó sumergido en 1972 al pueblo del mismo nombre.

Vista nocturna desde el Santuario de São Bento da Porta Aberta | Eduardo Grund

Todo enamora en este paisaje salvaje y rocoso que impresiona al recorrerlo ascendiendo hacia Campo do Gerês, en el concejo de Terras de Bouro. La carretera, repleta de curvas, ofrece bellísimas vistas del embalse de Caniçada, mientras se divisan las soberbias caídas de rocas sobre las las que se sobreponen enormes bloques en equilibrio. La ruta termina en este enclave del norte portugués, que aún sirve de refugio a los últimos lobos ibéricos lusitanos, así como a jabalíes, corzos, ginetas y gatos monteses. Todo un paraíso natural en este privilegiado rincón de la Península Ibérica.