Oslo, la ciudad más verde del mundo

Ecológica, sostenible, altamente concienciada con el medio ambiente, la capital noruega es un modelo a seguir en cuanto a calidad de vida.

Noelia Ferreiro
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Acaso porque es la capital de un país agraciado con una portentosa naturaleza, Oslo entendió que el futuro sólo podía ser limpio y sostenible, ecológico y responsable. Para ello desarrolló una elevada conciencia ambiental que hizo extensiva a todos los aspectos de la vida. El resultado ha sido convertirse en el referente absoluto de lo green: la ciudad que es famosa por su modélico bienestar y su prosperidad equitativa, por albergar la Opera House y entregar el Premio Nobel de la Paz, ha sido reconocida este año como la Capital Verde Europea.

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Oslo es, de esta manera, la ciudad más eco-friendly del mundo, algo que ha conseguido paso a paso, en una batalla progresiva. ¿Cómo? Con el desarrollo de tecnología e innovación, con políticas en materia de biodiversidad, con mejoras en el transporte público… Y, sobre todo, con medidas eficientes y creativas para la integración de los ciudadanos. 

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Rodeada por el bosque Marka y por el fiordo que da nombre a la ciudad, su meta principal ha sido evitar dar la espalda al entorno natural. Y para ello no sólo se ha dotado de grandes espacios a cielo abierto y de huertos que motean el paisaje urbano, sino que ha puesto en marcha una incansable pelea contra el cambio climático acompañada de la más eficiente planificación urbanística.

Mirar al océano

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Hay que volver los ojos al mar. Así se lo planteó en los últimos años en lo que se ha llamado Fjord City. Un proyecto que permitió abrir el fiordo a la ciudad. De esta forma, Oslo recuperó su mirada al océano. Y allí donde antes había industria y una ruidosa autopista, hoy encontramos restaurantes, gastromercados y estudios de arquitectura como Snøhetta, autor precisamente de la famosa Ópera con la que arrancó la renovación arquitectónica. 

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Esta zona, llamada Bjørvika utvikling, ha sido proyectada con materiales sostenibles, con energías limpias, con edificios de bajo impacto como los maravillosos Barcode, que simulan un código de barras. Aquí donde, además del icono de la ciudad, se erigirá el Museo de Edward Munch y una deslumbrante biblioteca, se concentra el mayor ejemplo del impulso a la biodiversidad e innovación.

La ciudad sin coches

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Sí, no es ninguna utopía. Es lo que sucederá, si las previsiones se cumplen, en el año 2020: la parte céntrica de Oslo, el núcleo urbano, se destinará cien por cien al uso de los viandantes y permanecerá cerrada a los vehículos. Así daremos la bienvenida a la primera capital peatonal del planeta.

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De momento ya se ha limitado el tráfico y se han creado facilidades para animar a moverse en bicicleta (estaciones ciclistas, duchas en el trabajo…). Y se ha concedido un mayor protagonismo al aire puro que se respira en los parques y jardines. Hoy, de los 454 km2 que conforman esta metrópoli, dos tercios son espacios verdes. 

Menos malos humos

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Una ciudad sin coches debe ser una ciudad con una eficaz red de transporte público. Por eso había que desarrollar también en este sentido planes ambiciosos. Empezando por los taxis, de los que ya unos 53 son eléctricos, y terminando por los ferrys, que también se espera que adopten esta modalidad. Todo ello en aras a cumplir dos objetivos: que en 2020 se reduzcan un 50% las emisiones de dióxido de carbono; y que en 2050 esta cifra quede reducida a cero. 

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Del mismo modo, la idea es que en las zonas habilitadas de Oslo sólo se circule con coches eléctricos. Esto no es algo no descabellado si tenemos en cuenta que Noruega es el país europeo que cuenta con el mayor número de estos vehículos per cápita. La ciudad es considerada la capital mundial del coche eléctrico, un motivo más que confirma su condición de la metrópoli más verde del planeta.