Nueva York, la memoria del cine

Nunca he comprado una alhaja en Tiffany''s y, sin embargo, siempre me he considerado cliente de la joyería gracias al cine. La primera vez que aterricé en Nueva York pensé que había regresado. Todo me era cercano, conocido y familiar.

Carlos Carnicero

Allí había estado con Robert de Niro, recorriendo las calles en Taxi Driver. Desde luego, Woody Allen me había enseñado la ciudad en media docena de películas: reconocí los lugares en donde el actor-director-clarinetista había discutido con Diane Keaton hasta hacerme creer en el psicoanálisis. Cuando crucé Central Park, a la altura de 72 Street, me di cuenta de que había acompañado a Jane Fonda y a Robert Redford en Descalzos por el parque durante toda la película: estaba en terreno conocido. La cosa viene de más antiguo: mi relación con la ciudad empezó en West Side Story, en La tentación vive arriba, e incluso King Kong, hace muchos años, me descubrió la perspectiva de la urbe desde lo alto del Empire State Building. Ahora, que soy fanático de Sexo en Nueva York, estoy tan familiarizado con Manhattan que hay muchos días que creo que vivo allí.
Dicen los touroperadores que los norteamericanos son los turistas más elementales porque necesitan una identificación directa y precisa con ellos mismos en cualquier lugar del mundo. Es un hemisferio reducido al absurdo, en el que los habitantes del paraíso del T Bone Steak adoran la hamburguesa. Trasladan esta drogodependencia a cualquier lugar al que se desplazan. Necesitan sentirse en casa. Ellos no saben por qué, pero lo que les ocurre es la sobredimensión de un fenómeno universal en el ser humano: necesitamos referencias conocidas para sentirnos seguros.
En los lugares más remotos del mundo nos quedamos fascinados ante una botella de brandy español o por el hallazgo de un disco de Perales. Hay personas que prefieren viajar siempre al mismo sitio: en el fondo les aterra lo desconocido y se sienten protegidos ante la reedición de las mismas emociones. Todo tiene que ver con la importancia de la memoria. Somos lo que recordamos.
En el tránsito por la vida no hacemos otra cosa que atesorar remembranzas, que son la interpretación de los sucesos vividos y la rememoración de las emociones que nos produjeron. Los horrores promueven rechazo hasta el punto que, en ocasiones, inconscientemente, logramos olvidarlos. Los momentos placenteros se mitifican en la memoria y aparecen trastocados por los deseos. Encontrar algo que nos identifique estas sensaciones es uno de los mayores placeres conocidos.
Nueva York nos facilita todo esto. Quién ignora que los taxis son amarillos; que los vagones del metro son metálicos, llenos de gente adusta que mira de reojo la actitud del vecino y que, en Navidades, los escaparates son una fiesta de luces y colores en espera de que Santa Claus anuncie las rebajas. Naturalmente, en cuanto tuve liquidez me alojé en el Hotel Plaza, almorcé ligero en Harry''s Bar y recorrí los tugurios de jazz en Greenwich Village, en donde me indigné al comprobar que los músicos tocaban en dos sesiones diarias, en las que desalojaban el local para dar cabida a los siguientes clientes de un show trasformado en industria mecanizada.
Tal vez el retraso de mi próximo viaje se deba al terror por la ausencia del Word Trade Center. Nunca podré olvidar el vacío insufrible de la perspectiva desde el restaurante del último piso de las Torres, al comprobar la lejanía del asfalto. Ese increíble equilibrio de una arquitectura, que al final resultó insoportable, es la ausencia de una referencia que se ha perdido para siempre.
Ahora, las grandes cadenas de televisión han secuestrado los filmes en donde las panorámicas de Manhattan exhibían, orgullosas, las torres sepultadas por los sanguinarios seguidores de Bin Laden. Hay días que las busco haciendo zapping por todos los canales digitales para sentirme en terreno conocido. Cuando no las encuentro, sospecho que la caída de los inmensos edificios las borró, también, del celuloide. En realidad, la presencia impuesta por la espléndida industria cinematográfica norteamericana es una condición esencial de nuestra vida. Lo que es emblemático y desaparece en la realidad, ajusta su memoria a la del cine. Todavía no me atrevo a hacerlo, pero pronto viajaré allí para tranquilizarme, comprobando que los taxis siguen siendo amarillos, los edificios de Manhattan se desalojan, cada día, a las cinco en punto y la esquina de Broadway con Times Square no ha sucumbido a mi nostalgia.