Narbona: placeres sencillos de la ‘Roma francesa’ a pocos pasos de nuestra frontera

Arte, historia y rincones cargados de magia aguardan en esta población francesa

Noelia Ferreiro
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Un espléndido clima mediterráneo, una playa apenas urbanizada y una gastronomía exquisita son potentes alicientes para descubrir Narbona, una ciudad modesta y apenas promocionada que encontramos a solo una hora de nuestra frontera. Pero si a esto le añadimos la dosis de arte, historia y cultura que ha le ha valido el título de la Roma francesa, la escapada solo puede resultar perfecta.

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Cuentan los viajeros de hoy en día que, en los apenas cien kilómetros que nos separan de su entramado urbano, se va entrando en lo que los autóctonos llaman l’art de vivre (el arte de vivir): esa capacidad de amar la vida a través de las pequeñas cosas, ese arte de saber entregarse sin culpa a los placeres sencillos.

Elogio de la lentitud

Un hecho que descubrió aquí, en Narbona, el filósofo, sociólogo y escritor francés, Pierre Sansot. Antes de que el slow traveling aireara las ventajas absolutas de aflojar el acelerador, este autor ya había promovido esta urgencia en su obra Del buen uso de la lentitud. En ella entendió el placer de viajar como «el vagabundeo sin objetivo claro», tal y como le sugería el perfil de esta pequeña ciudad del sur de Francia donde transcurrió parte de su vida.

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Hoy, mucho tiempo después, Narbona sigue siendo ese lugar donde aparcar las prisas y degustar la vida despacio. Recorrer la ciudad a paso lento, sin la necesidad de superar una gincana de monumentos. Saborear una copa de vino acompañada de un buen queso. Detenerse a contemplar la luz dorada del atardecer, esa luminosidad propia que destilan los enclaves del Mare Nostrum.

Lecciones de historia

Por todo esto y por mucho más, Narbona es la parada perfecta cuando se viene de París, de Toulouse, de La Provenza... No sólo para disfrutar de unos días de playa (a tan sólo 15 kilómetros, y a los pies del macizo de La Clape, está la estación balnearia con su magnífico arenal) sino también para empaparnos de la historia que asalta en cada esquina.

No en vano esta ciudad fue la capital de la Galia romana, atravesada por la Vía Domitia, el paso obligado para ir desde Italia a España en el siglo II antes de nuestra era. Una huella que ha quedado impresa en los restos de la calzada, descubiertos hace apenas dos décadas, que han sido restaurados en la plaza del Ayuntamiento. Una calzada que había sido trazada por el procónsul Cneo Domicio Enobarbo en el año 120 a.C.

Sabor medieval

Aunque el rastro del Imperio de los césares también puede seguirse en los pasadizos subterráneos que se conservan en el horreum romano, conviene ascender al exterior para descubrir otras joyas cargadas de esplendor pasado. Como los monumentos que conforman el segundo conjunto arzobispal de Francia (después del de Aviñón), o la majestuosa Catedral de Sant-Just y San Pastor, con un insólito estilo gótico.

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Esta catedral, la tercera más alta de Francia, se alzó como símbolo del poder papal contra lo que se consideraba la herejía: las vecinas Albi y Carcasonne, contra quienes combatieron en diversas ocasiones. No en vano, en su imponente fachada se aprecian  las torres y muros de carácter defensivo que protegieron a la ciudad de los ataques.

Atractivos de hoy

Pero Narbona es también la belleza del presente. Del Puente de los Mercantes, elevado sobre el Canal de la Robine, que ha sido declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. De las ramblas Les Barques, que se extienden a su orilla, a la sombra de plátanos centenarios, donde los jueves y domingos se monta un colorido mercadillo.

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Y también del Mercado Les Halles con su mágico estilo Baltard. Un lugar donde descubrir los productos de la zona (olivas, miel, tomillo, sardinas...) pero también donde ir a tomar un vino en un animado ambiente.