Así es Lhasa, la ciudad donde viven los Dalai Lama... y los dioses

La segunda ciudad más alta de Asia (3.700 metros sobre el nivel del mar) es el sueño de todo viajero. Una ciudad que tiene 1.300 años de historia y cuenta con algunos de los más bellos monumentos construidos por la mano del hombre, siendo el más conocido el Palacio de Potala, residencia de los Dalai Lama. 

Pedro Ceinos
 | 
Foto: darrensp / ISTOCK

Una de las escenas culminantes de la película El filo de la navaja es cuando el protagonista, al fin de un camino lleno de penalidades, tiene ante su vista el maravilloso Palacio de Potala. Esa escena, repetida con formatos diferentes en toda película relacionada con Tíbet, ha fascinado a Occidente desde hace generaciones. Responde a una realidad anclada en nuestros anhelos más primitivos, que tras la ascensión y la superación de las dificultades al final se llega a la purificación de la ciudad sagrada.

Lhasa, Asia
VIAJAR

Esa escena arquetípica se repite cada año por cientos de miles de peregrinos que desafían valles y montañas para llegar a Lhasa, así como por unos cuantos miles de viajeros chinos y occidentales. Y en realidad Lhasa evoca en los corazones de los europeos todas las emociones asociadas al viaje, y como la Italia de los viajeros románticos, los inventores del turismo, sorprende por tal número y variedad de maravillas geográficas, culturales y humanas que a nadie decepciona. El viaje a Lhasa se está convirtiendo, por tanto, en el viaje por excelencia. Esa experiencia vital de la que uno regresa transformado.

Tino Soriano

Ciertamente el viajero se encuentra en Lhasa más cerca del cielo, en sentido físico, pues es una de las capitales a mayor altitud, y espiritual, con experiencias que le llegan por todos los sentidos.
La majestuosa figura del gran Potala se muestra ante los ojos del viajero en cuanto se acerca a la capital. Muchos observan desde la carretera, extasiados, un monumento que ven como una promesa de las experiencias que vivirán. Una promesa que siempre acaba por cumplirse. Es por eso que a mí me gusta visitar el Palacio de Potala lo antes posible, el día de llegada si puedo, pagar la deuda con mis fantasías nada más llegar, para poder sumergirme luego en la vida cotidiana de la gente, en sus callejuelas y templitos, cafeterías y mercados, en ese mundo fieramente humano que es la ciudad de Lhasa. 

Tino Soriano

El Palacio de Potala data de finales del siglo XVII. Fue construido por el Quinto Dalai Lama para gobernar desde allí la teocracia que con él se inauguraba sobre las ruinas de un antiguo castillo habitado ya más de mil años antes por el fundador del imperio tibetano: Sontsan Gampo. Situado sobre una colina, consta de dos partes: el Potala Blanco, sede de la administración temporal, y el Rojo, centrado en las actividades religiosas. Su visita se inicia con la subida por unas amplias escaleras talladas en la montaña hasta la entrada del Potala Blanco, donde destacan una serie de salas pequeñas y recogidas, bellamente decoradas, que proporcionan una familiaridad con la vida cotidiana de esos gobernantes divinos. El Potala Rojo, en cambio, con la gran sala de oraciones y las riquísimas estupas en las que se conservan, embalsamados, los cuerpos de pasados dalai lamas, despide un aire de grandeza y sofisticación impresionante. La estupa del Quinto, la mayor, fue construida con más de 3.000 kilos de oro y decorada con miles de piedras preciosas.

Lhasa, Asia
Tino Soriano

El estanque del dragón

Pero la visita al Potala no debe acabar con el propio palacio. La salida se suele realizar por la parte posterior, hacia el Parque Lukhang, con el estanque del dragón, formado donde se extrajo tierra para el palacio. Ahora cuenta en su interior con un pequeño templo (del mismo nombre) lleno de frescos preciosos. Los de la planta baja y la primera suelen estar abiertos al público; los de la segunda raramente se pueden ver, pues describen experiencias ascéticas y yóguicas cuya contemplación no se considera apropiada para todo el mundo. El Potala también tiene su cora, su camino de circumambulación ritual, que atraviesa el parque y que continúa hacia el este, donde hay tres capillas muy tranquilas en las que siempre rezan algunos peregrinos, y luego al sur, a la gran plaza desde la que se realizan las grandes fotos del Potala, a veces realzadas desde sus miradores o estanques. Detrás de la plaza está la colina de Chagpori, donde hay también interesantes lugares de culto y algunas cuevas con primitivos frescos y esculturas en su interior.

Lhasa, Asia
Tino Soriano

Desde la plaza solo hay 1.200 metros para llegar a la ciudad antigua de Lhasa, el laberinto de callejuelas surgido a lo largo de los siglos alrededor del templo Jokhang y la calle Barkor. Todavía ningún autor ha hecho justicia a la fama que se merece esta calle. Un hervidero vital sin parangón en Oriente, en el que los protagonistas son los peregrinos. Todo tibetano es un peregrino, y todos consideran que recorrer unas cuantas veces (al menos tres) la cora de Jokhang es un acto meritorio. Y de la mañana a la noche la calle Barkor está repleta de peregrinos paseando en honor a Buda. Algunos, vecinos de la zona, se irán luego a sus trabajos; otros, llegados de los confines de Asia Central, pasarán su jornada en un continuo deambular. Suelen hacerlo durante un par de semanas antes de volver a sus hogares. Los más llamativos son los que avanzan realizando continuas postraciones rituales, con estereotipados movimientos que purgarán las faltas cometidas, lo que les llevan a inclinarse, postrarse y levantarse.

Tino Soriano

Acompañando a los peregrinos en su actividad cotidiana, una plétora de tenderos, turistas, monjes y policías dan a Barkor un ambiente único que seduce al viajero y le arrastra a ese maremagnun vital. Uno debe aprovechar la situación para entender al menos un poco las sutilezas del pensamiento tibetano. 

La propia vuelta a la calle Barkor puede durar varias horas para los turistas sensibles, pues todo lo que la rodea muestra un mundo nuevo, fascinante y misterioso. Las calles están repletas de tiendecillas que venden infinidad de objetos demandados por los creyentes, de pequeñas capillas en las que los peregrinos desaparecen para continuar su movimiento poco después. Y el viajero no puede sino aceptar ese reto continuo. 

Lhasa, Asia
Tino Soriano

El templo Jokhang 

Generalmente se empieza la visita a Barkor desde el templo Jokhang. Este es el templo más antiguo del Tíbet y el único en el mundo que todavía refleja la composición original de los antiguos templos budistas de la India. Es el lugar más sagrado para los tibetanos pues en su interior conserva una estatua del Jowo Rimpoche, una estatua a tamaño natural del Buda Sakyamuni, que se dice fue tallada en tiempos del propio maestro, hace unos 2.500 años. El templo tiene una estructura sencilla: un patio por el que se entra, todo rodeado por un pasillo porticado cuyos muros están cubiertos con frescos que describen imágenes de Buda y momentos culminantes de la historia budista del Tíbet.

Lhasa, Asia
Tino Soriano

La Sala de Asambleas conserva algunos elementos del siglo VII. Las columnas con forma de puñal ritual, que simbólicamente atravesaban a los demonios de la tierra, y las vigas que dan entrada a las capillas exteriores son todas originales. La exuberancia de la decoración que cubre completamente al templo es un reflejo de toda la historia del Tíbet. El final de la visita, en la terraza –siempre la recuerdo al sol, que muestra los signos religiosos con los que están rematados todos los tejados–, solo debe servir para tomar impulso y continuar la inmersión en el mundo de Lhasa. 

Lhasa, Asia
Tino Soriano

Siguiendo la cora no hace falta andar (siempre en la dirección de las agujas del reloj) ni cien metros para llegar a la primera esquina. Un gran edificio severo, antaño prisión y edificio gubernamental, destaca junto a una pequeña capilla de Mani con una gran rueda de oraciones en su interior y muchas otras en su exterior. Junto a ella hay otra capilla dedicada al Buda Maitreya, un lugar tranquilo en el que siempre se encuentran algunos fieles rezando, con unas majestuosas estatuas que solo se pueden contemplar cuando se sube a la planta superior. El callejón que sale a la altura de estos templos tiene a sus lados las paredes de antiguos palacios.

Lhasa, Asia
Tino Soriano

Al fondo hay más templos, casas de tés, restaurantes... Es difícil renunciar al seductor atractivo humano de la calle Barkor para meterse en callejones solitarios. Habrá que seguir, por tanto, el camino sagrado, dejar a nuestro lado el pequeño museo y la librería, apuntar cuando pasemos por el restaurante Makye Ame –favorito ya, en el siglo XVIII, del Sexto Dalai Lama, famoso por su amor al vino y a las mujeres–, al que hay que regresar a disfrutar desde sus ventanales del ajetreo de la capital, postrarse ante la Capilla de las Tres Hermanas y continuar el recorrido por la calle.

La Ciudad Vieja 

Los atractivos de la ciudad de Lhasa se van revelando en una espiral cuyo corazón es el templo Jokhang. La calle Barkor es solamente el anillo más interior, que está rodeado por la Ciudad Vieja, en cuyas calles los peregrinos se rinden ante los locales. Muchos antiguos palacios y casas aristocráticas se han restaurado y convertido en viviendas, hoteles y restaurares. En sus plantas bajas, una sucesión de tiendecitas que combinan las necesidades de la población local y de los visitantes, están siempre animadas. Salpicando este paisaje severo y grandioso aparecen ante los ojos del viajero templos secundarios, hoteles de diseño y restaurantes a cual más coqueto, pues Lhasa se está convirtiendo en una ciudad del diseño y el viajero siempre tropezará con nuevas propuestas y ambientes sugerentes. 

Lhasa, Asia
Tino Soriano

Un poco más alejados de la ciudad antigua están los dos principales monasterios de Lhasa, el de Drepung y el de Sera. La mayoría de los viajes organizados visitan los dos. Tal vez porque en el techo del mundo me inclino más por los caminos curvos que serpentean entre los edificios de Drepung que por la línea recta alrededor de la que están organizados los de Sera, prefiero el primero. Y propondría visitar en el camino el templo Nechung, sede del principal oráculo tibetano consultado por los dalai lamas antes de tomar una decisión, que cuenta con una decoración completamente distinta a la que se verá en otros lugares. 

El monasterio de Drepung es el más grande del Tíbet. Llegó a contar con más de diez mil monjes. Muchos llegaban desde diferentes lugares para estudiar en sus cuatro universidades budistas. Un proceso que requería el aprendizaje de numerosos textos sagrados y que se extendía por un periodo de unos veinte años hasta alcanzar el máximo grado. Su punto más importante es la Sala de Asambleas, donde los monjes se reúnen para rezar o cantar los sutras budistas por el beneficio de toda la humanidad. Es una gran sala capaz de albergar a miles de monjes a la vez, con las paredes decoradas con frescos y estatuas budistas. Hay algunas capillas que surgen de sus laterales o en las plantas superiores.

Lhasa, Asia
D.R.

También son interesantes el Colegio Tántrico y el Palacio (Podrang) Gaden, desde el que los dalai lama gobernaron el Tíbet antes de la construcción del Potala. La combinación de patios, capillas, universidades, salas de rezo y otras de uso secular hace de Drepung mi monasterio favorito. Se debe visitar con calma, disfrutando de cada detalle de ese universo fascinante que representa.

Los otros templos

Un anillo aún más exterior en esta espiral que nos lleva a conocer Lhasa está formado por los importantes templos situados a las afueras de la ciudad. Los más importantes son el de Reting y el de Ganden. El primero fue fundado en el siglo XI, y desde entonces ha sido un importante centro de enseñanza budista. El segundo, Ganden, construido en el siglo XV, es otro de los grandes monasterios de la escuela gelupta de los dalai lamas. Ya fuera de Lhasa, pero no demasiado alejados y fácil de visitar durante una excursión de un día, encontramos hacia el este la ciudad de Tsedang, el hogar natal de los emperadores tibetanos, donde se conserva su antiguo palacio y las tumbas reales, así como el monasterio de Samye, el primero del Tíbet. Hacia el oeste están las tierras más fértiles y la ciudad que compite con Lhasa en influencia económica, política y religiosa, Shigatse, sede del Panchen Lama, ya en el camino que conduce a Nepal. 

Lhasa, Asia
Tino Soriano