Laponia finlandesa, aventura en territorio sami

Los sami, una de las últimas etnias autóctonas que viven en Europa, ocuparon hace cuatro mil años lo que es hoy el territorio de la Laponia finlandesa, situado por encima del Círculo Polar Ártico. Hace frío, mucho, en este territorio remoto, pero los fenómenos naturales, con las auroras boreales como protagonistas, y el sobrecogedor paisaje totalmente blanco, repleto de ríos y lagos helados, deslumbran al visitante.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

We meet in! (¡Nos encontramos!), reza un gran cartel publicitario a la salida del aeropuerto de Rovaniemi. Esta es la clásica puerta de entrada a Laponia. En el cartel, Papá Noel y una niña cruzan dulcemente sus miradas, dando a entender que en estas tierras, además de nieve y temperaturas frías, habita la magia de la Navidad, los regalos y la ilusión. Los niños la descubren en el parque temático de Santa Claus Village. Los adultos, además, descubren una naturaleza espectacular, diferente, única: están en la Laponia finlandesa.

La noche invernal en Laponia es casi eterna, el sol se esconde completamente tras el horizonte durante largas horas. En el mes de marzo la luz puede alargarse, a veces, hasta las cinco y media de la tarde. Pero hay más vida de la que parece a primera vista en estas tierras, donde la temperatura media se sitúa en los dos grados bajo cero, alcanzando en ocasiones los 40 bajo cero. Los nativos de la Laponia, los samis, esquían, patinan, pescan, viajan en trineos sobre el hielo y siguen al lado de su viejo amigo, el reno, aunque en su bolsillo guarden ahora el móvil con wi-fi y utilicen más frecuentemente la moto de nieve para sus desplazamientos.

Tras dejar Rovaniemi, centro principal de los viajes que tienen la visita a Papá Noel como objetivo final, espera la Laponia más auténtica, al norte. Durante el trayecto, a veces monótono por la sucesión de bosques de abedules y de ríos y lagos completamente congelados, la nieve lo cubre todo. Como en Luosto, primera parada a 120 kilómetros de Rovaniemi, donde los esquiadores de fondo comienzan su entrenamiento desde la entrada de sus cabañas. Las actividades deportivas se multiplican en estas escarpadas colinas por las que cazaron los sami y que ahora forman parte del Parque Nacional Pyhä-Luosto. La última, la fat bike, hace furor en Finlandia y los medios de comunicación aseguran que existe casi una histeria colectiva a la hora de utilizar estas bicicletas especiales con las ruedas más gruesas para rodar sobre la nieve. Las existencias en los almacenes se han agotado y el gobierno ha permitido por primera vez en la historia que puedan utilizarse estos vehículos en este hermoso rincón del norte finlandés.

Este singular parque, sobre todo en la zona cercana a Luosto y no tanto en Phya, permite reconfortarse con la clásica imagen de la Laponia invernal. Los árboles, abarrotados de nieve, forman un conjunto de esculturas naturales al que hay que aproximarse, si se puede, con la ayuda de un piloto experto en motos de nieve. Las formas fantasmagóricas e irregulares emocionan al visitante en este paisaje demoledor, frío, donde se ven las más espectaculares auroras boreales de la región.

Bajo la montaña, desde donde los telesillas suben constantemente a esquiadores y practicantes de snowboard, el Hotel Aurora ha inaugurado recientemente unas glass rooms independientes con todo tipo de comodidades (temperatura interior superior a 28 grados, servicio de café y té, televisión, baño completo...), pero, sobre todo, con techos y paredes de cristal, todo un lujo para observar cómodamente el bellísimo cielo estrellado -si no lo impiden las nubes- y las auroras boreales cuando aparecen, de forma caprichosa, en la noche lapona.

En Luosto, las actividades de ocio no defraudan. Se puede participar de noche en excursiones con raquetas de nieve de dos horas de duración a través del bosque, reconociendo las huellas de los animales y siguiendo la estela de las auroras boreales; en paseos en moto de nieve hasta la Aurora House, un idílico rincón donde se explica al visitante el fenómeno de las auroras, o penetrar en la mina de las amatistas, única en Europa junto a otra localizada en Austria, para cavar con tus propias manos en el interior buscando una piedra original que te puedes llevar como regalo por la visita. En esta mina, a la que se accede gracias a un vehículo oruga llamado Pendoilino, se extraen cien kilos de amatista cada año. Unas se destinan a joyerías y otras a belleza y salud, pues la amatista introducida en agua produce beneficios para la piel y para la lucha contra las picaduras de mosquitos. Nuestra guía recuerda que muy cerca de esta mina, en Tankavaara, los buscadores de oro filtraban hace un siglo las aguas del río para buscar las tan ansiadas pepitas.

El zorro de fuego

Esa fiebre del oro ha dado paso ahora a la fiebre de las auroras. a la que los finlandeses llaman Revontulet (zorro de fuego), cautivados por la fábula sami según la cual los zorros mientras corren golpean la nieve con su cola y producen las chispas que se reflejan en el cielo. Todos los turistas sueñan con divisar esa anhelada mancha resplandeciente que da luz, a veces torpemente, sobre el cielo lapón. Aquí las posibilidades de ver las auroras boreales o luces del norte crecen notablemente. El doctor Esa Turunen, del Observatorio Geofísico de Sodankyla, asegura que durante 200 días al año se pueden divisar auroras boreales de más o menos intensidad en Laponia y con la ayuda de los centros de investigación y las páginas web especializadas en pronósticos -la más popular es aurora.fmi.fi- los turistas, armados de trípode y cámara, intentan captar cómo las luces de colores se contonean en el firmamento, a veces como bailando, con jirones que destellan antes de que se transformen en tonos más pálidos y acaben desapareciendo. En realidad, estas luces del norte solo se pueden detectar con certeza tres horas antes de su aparición en el cielo, pero son siempre una excusa para descubrir historias sobre su actividad. En la Aurora House, el bonito observatorio a 32 kilómetros de Luosto, se cuenta a los turistas cómo, por ejemplo, los inuit creen que silbando a las auroras boreales estas les devuelven su silbido, o que un hijo concebido bajo el influjo de la aurora boreal "será más inteligente y tendrá más suerte en la vida". Viejas leyendas que contrastan con una realidad certificada por los científicos: el día que se pueda aprovechar la energía emitida por las auroras para el consumo humano se acabarán muchos problemas económicos del planeta.

Y, al parecer, a ese noble objetivo se dedican las grandes mentes del mundo, mientras disfrutan de la belleza descomunal de una corona boreal, visible también en Saariselka, el mayor centro de esquí en Finlandia, junto al Parque Nacional Urho Kekkonen (2.538 km2), donde se levanta el Kakslauttanen Arctic Resort, el hotel más famoso y romántico de Laponia por sus iglús de cristal. Jussi Eiramo, su inspirador y propietario, conoció este lugar a los 18 años (en abril cumplió 71) un día que pescaba en este territorio deshabitado. El joven tuvo que quedarse a dormir una noche a la intemperie y se enamoró tanto del lugar, que decidió comprar un pequeño terreno. Siendo ya un emprendedor en ciernes, abrió una pequeña cafetería, luego un restaurante y más tarde un iglú, aunque sus vecinos no entendían nada y pensaban que había perdido el juicio. En la actualidad dirige el mayor resort de Laponia e indiscutiblemente el más apreciado por los turistas. Recientemente ha inaugurado el restaurante más grande del mundo construido con troncos de madera, traídos desde Rusia, y prepara a conciencia un nuevo desafío: una ciudad sami, prevista para noviembre de 2016, muy próxima a la muy popular casa de Santa Claus de Rovaniemi, al sur de Laponia.

El observatorio perfecto

Ese primer iglú que decidió instalar el señor Eiramo ha sido, sin duda, el germen de un negocio original que marcha a toda vela. En el primer resort, situado en aquella cafetería que atendía personalmente, se distribuyen ahora veinte iglús con capacidad para dos huéspedes, confundidos entre la masa forestal y que algunos definen como la estancia más romántica que se puede encontrar en toda la Laponia. Es, sin duda, un observatorio perfecto para divisar las auroras boreales en su máximo esplendor eléctrico, con una temperatura interior de 24 grados. Fuera, el termómetro puede marcar la misma cifra, pero por debajo de cero. En el segundo resort, situado en el área oeste, a cinco kilómetros del edificio principal, ya funcionan otros 45 iglús con una importante novedad: algunos admiten cuatro personas y disponen de ducha en el interior. Los turistas orientales no se van de Laponia sin pasar una noche en uno de estos iglús, que constan de un sencillo aseo y unas camas que adoptan todo tipo de formas gracias a un mando eléctrico; otros, sobre todo los australianos, los llenan entre finales de diciembre y primeros de marzo para celebrar bodas en la hermosa capilla de hielo del complejo. En esos dos meses y medio se celebran una media de veinte enlaces.

El museo sami

En Inari, un pueblecito al norte de Ivalo, vive la principal comunidad sami, que ronda los dos mil habitantes. Han logrado reunir y concentrar la historia y las costumbres transmitidas de padres a hijos en el Museo Siida, a solo unos metros del Parlamento sami oficial, que fue inaugurado en 1996. La visita a este museo etnográfico, donde resalta su pieza más antigua, un chicle de hace 9.000 años, demuestra cómo campesinos y artesanos defienden a conciencia los valores de este pueblo que se distribuye también por Noruega, Suecia y Rusia. Después será el momento de dirigirse al aeropuerto de Ivalo, a 325 kilómetros de Rovaniemi, para regresar a casa.

Modernos pastores de renos

Que nadie espere ver a los samis con sus trajes típicos por la calle. Perfectamente adaptados a la vida moderna, solo utilizan estas vestimentas en fiestas puntuales o cuando trabajan con los turistas en las clásicas excursiones invernales. Pentti es uno de ellos. Ejerce de guía en el Kakslauttanen Resort desde hace diez años y es un hombre feliz. Se ríe a carcajadas contando a los visitantes su azarosa vida y entonando canciones sami con los instrumentos típicos de esta etnia. Los fabrica él mismo a partir de la piel y otros órganos del reno. Y a los turistas les encanta oír el luohti, el canto sami del norte que entona con un ritmo rico e improvisado y muchas veces a capela.

Pentti siempre sorprende a los visitantes. A sus 63 años, se siente un hombre libre, y no solo por su reciente divorcio. "Mi vida ha cambiado como no podía imaginar -confiesa delante de un antiguo almacén al tiempo que nos muestra su puñal-. Hace veinte años no teníamos en nuestras casas electricidad y ahora nos vestimos como todo el mundo, vamos al supermercado y si se nos pierde un reno no lloramos como si el mundo se acabase". La realidad de este pueblo nómada es que cambiaba de vivienda unas ocho veces al año para seguir a sus rebaños de renos. Hoy el reno tiene una insignificante participación en las migraciones, pero sigue estando muy presente en la despensa y en el estilo de vida del sami. La carne del animal, en especial la lengua, el hígado y el corazón, son muy apreciados, así como la sangre y la grasa, que se utilizan también en la cocina; sus pieles siguen empleándose como prenda de abrigo y los huesos y las cornamentas sirven para fabricar medicinas y artículos de artesanía. En las regiones sami se hablan cincuenta idiomas y dialectos, pero el 60 por ciento de estos nativos viven fuera de Laponia.

Aimo Koistinen, guía de motos de nieve en Luosto, lleva también en sus venas sangre sami y nos cuenta una teoría curiosa, concebida en colaboración con su esposa, profesora de Historia, según la cual los sami habitaron en la Edad de Hielo en la Península Ibérica, pero tuvieron que emigrar y buscar otras latitudes más al norte. ¿Una leyenda más del pueblo sami? Quién sabe...