Jamaica, división turistica

El viaje a jamaica incluyó una larga escala en Miami con muchos controles. Una vez en destino, vimos que los rastafaris más "auténticos" están en la tercera edad y que Bob Marley es venerado como un dios. La idea que se nos quedó grabada es una especie de ilusión de venganza de los negros contra los blancos, refl ejada en imágenes como el negro que te "encadena" con la pulsera del "todo incluido" y fi las de blancos arrastrados por guías negros hacia un batacazo seguro.

Jorge Salvador

Primer día
Un viaje más largo que a Japón
Lo primero, avisar a todo aquel que quiera ir a Jamaica que el trayecto puede ser insoportable. El primer engaño lo encontramos en el aeropuerto de Barcelona. Leemos en el panel anunciador la salida del vuelo a Miami a las 9.30 horas. ¡Mentira! El vuelo no va a Miami sino a Madrid, donde hay que bajar, buscar una nueva puerta de embarque, esperar una hora y subirse a otro avión. Yo no sé quién es el culpable, Iberia, Aena o el aeropuerto de Barcelona, pero, ¡que no engañen al pasaje! Tras el primer calvario llega otro peor: Miami. Al aterrizar te hacen entrar en Estados Unidos y pasar el tormentoso control de pasaportes: una cola de hora y media donde te interrogan, te hacen una foto y te toman las huellas dactilares de los diez dedos, novedad que tuvimos la desgracia de estrenar justo esa semana. Encima mi pasaporte llevaba un sello reciente del Líbano, lo que, junto a mi aspecto más musulmán que hispano, hizo que el ofi cial de aduanas me tuviera un buen rato interrogán dome. Tras esto, haz la ridiculez de salir del aeropuerto para volver a entrar y volver a pasar por el control de pasaportes, ahora de salida, y el interminable control de seguridad, donde te hacen quitarte hasta los zapatos. Tras esta excursión, llegamos a la puerta de embarque del vuelo de American Airlines con destino a Jamaica, pero, sorpresa, tiene retraso debido a una reparación en el asiento del piloto. No sé, prefiero que me mientan a saber la verdad, pero un avión al que le falla el asiento del piloto no da mucha confianza. Lo peor fue ver a través de las cristaleras de la sala de espera cómo dos operarios sacaban el asiento del piloto por la ventanilla de la cabina y os aseguro que por lo que vimos no es fácil hacer pasar un asiento por la minúscula ventanilla de un avión. Tras dos horas esperando dentro del avión, oyendo martillazos dentro de la cabina del piloto, despegamos y llegamos al aeropuerto de Montego Bay, Jamaica, tras casi 22 horas de viaje, más que si hubiéramos volado a Japón.

Segundo día
La curiosa fiesta rastafari
Montego Bay es una zona con grandes hoteles sólo para turistas. Al llegar al hotel te colocan una pulsera de esas "todo incluido" y, bien pensado, es como la venganza de los nativos porque, teniendo en cuenta que el 98 por ciento de la población de Jamaica son descendientes de esclavos, es paradójico cómo nada más llegar a la isla un recepcionista negro te coge tu antebrazo blanco y te coloca una pulsera que no te puedes sacar hasta que salgas del hotel. Ya sé que no tiene nada que ver, pero es un buen símbolo de venganza histórica contra el colonizador blanco.

Una española residente allí nos invita a una fi esta rastafari, y la sorpresa es que la media de edad de los rastafaris rondaba los 60 años. El evento resultó ser un fi asco: 15 personas en medio del campo esperando a que el disc jockey arreglase un equipo de música que parecía sacado de un desguace. Mientras un hombre arrancaba cables de un amplifi cador destrozado, los rastafaris aprovecharon la espera para liarse unos porros dignos de Jamaica, y es que la marihuana en la isla es más barata que el tabaco, y aunque en teoría está prohibida su venta, encontrar mari huana en Jamaica es más fácil que comprar un helado en la playa, pues se vende en todas las esquinas; de hecho, me comentaron que hay hasta vendedores que te ofrecen "maría" en el agua mientras te estás bañando. Al fi nal la cabina del Dj empezó a sonar, pero los rastas estaban ya tan colocados y amuermados, que decidimos volver al hotel.

Tercer día
Visita a una plantación de marihuana
Vamos a visitar clandestinamente una plantación de marihuana. Al llegar, gran decepción: pensábamos encontrarnos con una gran extensión de plantas en medio de la montaña y nos encontramos con un huerto en donde las plantas de marihuana están camufl adas entre hortalizas y caña de azúcar. La verdad es que ver una planta de "maría" solitaria al lado de una tomatera o una sandía no es lo que esperábamos. Este método, aunque parezca cutre, es la mejor manera para camufl ar las plantas de marihuana en unos campos de cultivo que a simple vista parecen normales. El que sí que cumplía nuestras expectativas era el encargado de la plantación: un negro como un armario con una camisa de camufl aje y un machete que, como bien dijo nuestro técnico de sonido, podía convertir aquella grabación en un "holocausto caníbal".

Cuarto día
Los turistas y la catarata
Dejamos Montego Bay y de camino a Kingston, la capital, hacemos un alto en uno de los puntos de obligada parada turística: las cataratas de Ocho Ríos. Si no fuera por la jardinería que rodea el camino, el paisaje sería bonito, pero la magia del lugar queda destrozada por la presencia de cientos de turistas haciendo el ridículo de la forma más desastrosa jamás vista. En la parte baja de la catarata encontramos unos 50 turistas dentro del agua en fila india, y no sé por qué razón cogidos de la mano. Delante, un guía negro los arrastra hacia las cataratas... Pero, ¿qué hacen? Volviendo al símil de las pulseras, esta debe ser otra venganza nativa: para un descendiente de esclavos debe ser una gozada arrastrar una fi la de blancos hacia un lugar potencialmente peligroso, era como una de esas expediciones del África colonial, con un explorador blanco arrastrando una larga fi la de porteadores, pero al revés. Volvamos a la catarata: pero, ¿qué hacen? Se van a matar. ¿Están intentando subir todos juntos por la catarata? Pues sí. Hay que decir que la combinación cataratas, rocas, humedad y turista sólo puede dar un resultado y es... batacazo. Aquello estaba a punto de convertirse en un "Vídeos de primera" pero en directo. Ante esa posibilidad nos entró pánico escénico y salimos huyendo rápidamente del lugar.

Quinto día
Kingston, el Bronx
Llegada a Kingston, la capital de Jamaica, y otro consejo: es mejor que no vayáis. Porque esta ciudad, quitando una zona con cuatro hoteles desfasadísimos, es lo más parecido al Bronx de los años 70. Hay que decir que el año pasado murieron en Kingston más de 1.500 personas por armas de fuego. Para intentar tranquilizarte te dicen que a los extranjeros no les hacen absolutamente nada, pero al saber que en los barrios marginales el arma más común es el fusil ametrallador ruso Kalasnikov, el cuerpo no te pide salir del hotel a dar una vuelta. Aun así, salimos, y nos metimos en "el gueto", y sólo os daré un detalle que no había visto ni siquiera en las favelas de Río de Janeiro: ¡las chabolas tienen rejas!, y la gente está dentro, en el porche de las casas con las rejas cerradas. Pues si la gente que vive allí no se fía de sus vecinos, menos nosotros. El único momento que paramos el coche en las calles de la ciudad, se nos acercó una chica pidiendo dinero con un navajazo en el cuello muy reciente y sin cicatrizar que medía más de un palmo. En fin... mejor que no vayáis.

Sexto día
El dios Bob Marley
Vamos a los estudios de grabación donde Bob Marley grabó sus mejores éxitos. Hay que decir que nombrar a Bob Marley en Jamaica es como decir Dios en el Vaticano. Dicen que el pasado año fue uno de los personajes que más dinero ha facturado después de su muerte y es que 27 años después de su desaparición no hay tienda, chiringuito, bar o lo que sea en donde no suene su música o se vendan fotos y souvenirs suyos. Fue curioso ver cómo en el mismo estudio donde Marley componía hoy todavía se graba música reggae y lo increíble es que, una vez han registrado un tema, inmediatamente después pasa a una especie de "fábrica chiringuito" donde se edita en el antiguo formato de vinilo a 45 rpm. Allí una señora fabrica los discos uno a uno, echando una pasta sobre una antigua prensa y pegando las etiquetas a mano. En fin, tecnología de Gutenberg en el siglo XXI. Ah, para no herir a los muchos fans de Marley no entraré en algunos detalles de su juventud, como, por ejemplo, que pegaba a los disc jockeys de las radios para que pincharan sus temas; bueno, dicho sin rodeos, Bob Marley era una especie de Al Capone a lo rastafari.