Binibèquer Vell, o el blanco sobre fondo blanco menorquín

El poblado de pescadores que nos deslumbra desde los años 70

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: xavierarnau / ISTOCK

Los rayos del sol caen tendidos sobre las paredes blancas de las casas y crean una luz especial que refulge con tonos dorados y anaranjados alargándose hasta el mar… Así podría comenzar una novela ambientada en un punto costero de ensueño, en el que no nos importara que las horas pasasen una detrás de otra esfumándose el tiempo ante nuestra mirada. Pero no se trata de las primeras líneas de un libro, sino de la descripción de un hecho real que ocurre repetidamente en un lugar de Menorca.

Binibèquer Vell representa todo lo que podríamos imaginar de una postal mediterránea. Un pueblo vestido de blanco que se ha convertido en una de las mayores atracciones turísticas de la costa sur de la preciosa isla balear.

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Una recreación con alma propia

Binibèquer Vell – antes conocido como Binibeca Vell – no es un pueblo en sí mismo ni tampoco es una población de gran solera e historias ancestrales. Se trata de un proyecto constructivo levantado a partir de 1964, inspirado en los típicos poblados marineros, formado por 165 viviendas que recrean con el mínimo detalle las casas de los pescadores de la zona. Casas completamente pintadas en color blanco, con tejados del mismo color en la mayoría de los casos, diseñadas con balconadas de madera de tonos oscuros, escalerillas y puertas y arcadas heterogéneas que le otorgan un encanto especial.

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Un entramado de casas emplazadas a lo largo de estrechas y sinuosas calles empedradas por las que es fácil, y hasta necesario, perderse. Un poblado cuidado hasta el extremo en el que se respira una tranquilidad contagiosa, sólo perturbada por la presencia de buganvillas en algunas de las fachadas. El reducido número de personas que lo habitan forman parte de esa quietud y algunos carteles rogando silencio nos indican la filosofía que impera entre estos muros blancos.

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Un poblado que se ha convertido en una de las postales más conocidas de Menorca, tan sólo medio siglo después de haberse construido. Aquel magnífico proyecto del arquitecto local Antonio Sintes Mercadal, que respondió a la petición de un grupo de promotores cuya idea era la de recrear un pueblo de pescadores como reclamo para artistas e intelectuales, se ha convertido hoy en día en uno de los lugares más cautivadores de la isla.

Del blanco al azul del  mar

La pequeña iglesia de Binibèquer Vell se erige como un estandarte del poblado blanco que se extiende frente al mar. Es la parte más antigua construida, junto con la plaza mayor y el paseo marítimo. Este último une el embarcadero con la playa de Binibeca, una pequeña cala de aguas azul turquesa y fina arena blanquecina, con el pinar como telón de fondo, situada ya en Binibèquer Nou. Siguiendo por los caminos que siguen la línea costera se pueden alcanzar otras interesantes calas y playas del sur de Menorca, como Biniparratx, Binisafuller o Binidalí, las más destacadas.

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Binibèquer Vell cuenta con una situación privilegiada, tanto por los paisajes que domina como por su cercanía a Mahón, la capital menorquina, a tan sólo 10 kilómetros de distancia. No es casualidad que aquellos jóvenes promotores de los años 60 recalasen en este punto del sureste de la isla y quedaran prendados por las vistas frente al mar, viendo las posibilidades que tenía la creación de un lugar de inspiración en la arquitectura tradicional de la zona, en el que dejar la mente en blanco no es solo una expresión en sentido figurado, sino toda una declaración de intenciones de mimetizarse con el entorno.