Volveré a Granada por Carlos Carnicero

De todos los recorridos posibles de la Alhambra, me quedo con el de los ecos del agua. Nada de lo construido hubiera sido posible sin el agua que desciende de sierra nevada y circula dándole vida a todo el recinto amurallado.

Carlos Carnicero

Asomado a la balconada del Carmen de la Victoria, mirando de tú a tú a La Alhambra, se disipa cualquier duda de la propia identidad porque se llega a la sencilla conclusión de que es una estulticia intentar acotarla. La visita a La Alhambra es una experiencia recomendable antes de debatir cualquier Estatuto de Autonomía porque se contemplan cinco siglos de historia de España, hasta los umbrales de la dinastía nazarí, sin que eso signifique renuncia a ningún tanto por ciento de la sangre colectiva. Cualquier persona inteligente, contemplando los vestigios múltiples de nuestro pasado, aceptará que no hay españoles puros y que todos, hasta los habitantes del último caserío, somos mestizos y, por tanto, con identidades entrecruzadas. Ya no quedan especies originarias y pelearse por una esencia pura es pérdida de tiempo y engaño histórico. En los tiempos en los que la Alcazaba, el resto de La Alhambra y el Generalife eran símbolos de modernidad en todo el mundo, ya existían tensiones nacionalistas que resolvieron los Reyes Católicos con el módico coste de las lágrimas de Abu Abd Allah, Boabdil El Chico. Entonces también existía la misoginia de pensar que llorar es cosa de mujeres. El mismo Jorge Luis Borges entendió que el llanto del último rey nazarí fue justificad "Vago el alfanje/ ante las lanzas de los muchos,/ vano ser el mejor./ Grato sentir o presentir, rey doliente,/ que tus dulzuras son adioses,/ que te será negada la llave,/ que la cruz del infiel borrará la luna,/ que la tarde que miras es la última".

Para situarnos en el eje de todos los tiempos, José María Aznar ha relacionado la pelea por La Alhambra con los atentados de Bin Laden, nada menos que en la Universidad de Georgetown (Estados Unidos), estableciendo que la ofensiva terrorista de los fanáticos islamistas de ahora es la prolongación de la invasión de España en el 711. Al entender del ex presidente, Isabel y Fernando fueron precursores de George W. Bush y la expulsión de los moriscos, que no la de los judíos, fue sólo un anticipo de la invasión de Irak. Es una forma curiosa de ver las cosas y tal vez la explicación del por qué a la mayoría de los turistas españoles que visitan los palacios nazaríes lo que más les llama la atención es la sala de los Abencerrajes. Dice la leyenda que es casi una historia no demostrada en su totalidad, que aquí fueron degollados con engaño los caballeros abencerrajes, en una disputa que también era esencialmente autonómica, es decir, de soberanía. Hoy prácticamente no hay dudas de que el hecho es cierto, pero no hay acuerdo sobre el autor; no hay certeza de qué monarca organizó semejante escabechina. Pero lo que más gusta a los guías de turismo es destacar la circunstancia de que el mármol de la fuente, que adorna la estancia, se encuentra oxidado -y el rojo da mucho juego- para que los visitantes crean, o al menos almacenen la duda, de que en realidad son unos vestigios de sangre de aquellas ejecuciones.

"Sólo Dios es vencedor", reza una inscripción mil veces repetida en los frontispicios de cada sala de los palacios de La Alhambra, no sólo como una invocación religiosa sino como exaltación del poder de los reyes de Granada, que vinculaban, claro está, su dominación con la fe. La escayola tallada por una legión de escribanos repite versos y citas de invocación a Dios. La noche de mi última visita a La Alhambra, tal vez por una cena copiosa, tuve una pesadilla esperanzadora: una divinidad indeterminada me condenaba al recuento de los versos anotados en las paredes de cada una de las cámaras de La Alhambra; la voz del más allá me prohibía morirme sin haber terminado el trabajo encomendado. Entonces entendí que debería volver siempre y contemplar todos los ángulos del conjunto monumental. De todos los recorridos posibles de La Alhambra, me quedo con el que siguen los ecos del agua. Nada de lo construido hubiera sido posible sin el agua que desciende de Sierra Nevada y circula dándole vida a todo el recinto amurallado. Pero la eclosión de todas las sutilezas se encuentra en la llamada Escalera del Agua, en un vértice del Generalife. Ahora que los jazmines están en flor y empalagan los sentidos hasta que los galanes de noche les cojan el relevo, el camino hasta la cumbre de esta pequeña escalera es una incitación a que los ateos se sumen a la oración, porque el susurro del agua, deslizándose por los pasamanos, sólo puede ser obra de la inteligencia de un místico. Granada no se agota nunca y me acabo de enterar de que estoy obligado a regresar siempre.