Los viajes de Verónica Zumalacárregui: de continente en continente 'comiéndose el mundo'
A veces hay más verdad sobre la realidad de un país en el cajón de la fruta de la nevera o en la receta que se cocina un domingo para toda la familia. La periodista y presentadora Verónica Zumalacárregui nos lo enseña desde hace ocho años en su programa de Canal Cocina Me voy a comer el mundo.

Los viajes de la presentadora Verónica Zumalacárregui. / Verónica Zumalacárregui
Concha sobre concha. Así se construyó la isla senegalesa de Fadiouth, en la Petite Côte del país africano. Conchas de berberechos y ostras que crujen a cada paso y que se han ido acumulando durante generaciones. Conchas presentes hasta en las paredes de las viviendas. Calles de conchas. Es uno de los singulares lugares del mundo que Verónica Zumalacárregui nos ha descubierto en los últimos episodios del programa que conduce desde hace ocho años en Canal Cocina, Me voy a comer el mundo.
La periodista y su equipo se han aventurado esta vez por África, su continente pendiente y el que ha supuesto “todo un reto”. En países como Senegal, Kenia y Uganda no puedes llevar todo tan atado como en otros lugares del planeta. Ese “componente de espontaneidad” que caracteriza “al programa y el trabajo menos rutinario del mundo” (como lo define Verónica) se ha multiplicado aquí por dos.

Verónica, en Senegal. / Verónica Zumalacárregui
“Ha sido maravilloso grabar allí”, nos cuenta la presentadora. “Es un continente muy colorido, muy vivo, muy sensorial... Todos los aromas, el ruido constante, el bullicio, también el paisaje, que varía mucho de un país a otro y también dentro del mismo país. Hemos retratado la realidad de los masáis en el Masái Mara en Kenia, cómo vive esa tribu, cómo come. Hemos ido a Senegal, a Uganda... conviviendo con familias, que es algo muy potente que tiene Me voy a comer el mundo, que nos colamos en las casas de la gente local y vemos cómo viven y cómo comen.”
De hecho, el ingrediente estrella del programa es precisamente colarse en las casas de ciudadanos de todo el mundo, que comparten con Verónica sus recetas locales y así estas quedan inmortalizadas ante las cámaras. “No hay nada más auténtico que eso. Eso es lo que me encanta de mi trabajo, tener acceso a la realidad de cada lugar.”

En Kenia con los masáis. / Verónica Zumalacárregui
Derribando prejuicios
Esas realidades culinarias generan muchas veces un choque cultural, pero, a la vez, son una oportunidad para tumbar prejuicios. “Cuando fui a Corea del Sur, me dieron a probar carne de perro y yo le decía al anfitrión que me acompañaba: ‘Es que para mí esto pasa la barrera moral’. Y me decía: ‘Mira, Vero, en tu país coméis conejo y para nosotros es un animal de compañía y nos parece una barbaridad. Aquí el perro se empezó a comer en época de hambrunas y cada vez se come menos, pero siguen existiendo restaurantes donde se puede probar’.
Yo en mi país como conejo a veces, así que, ¿por qué no voy a probarlo? Ese ejercicio que se hace cuando pruebas esa comida que puede ser desde perro hasta lagarto del Amazonas o tortuga en el Amazonas peruano, que también te generan un debate ético, tiene un porqué y eso te hace liberarte de prejuicios culturales”.

Bailando tango en Buenos Aires. / Verónica Zumalacárregui
Este mismo ejercicio es el que Verónica hace en su libro La vuelta al mundo en 15 mujeres (Ed. Aguilar): “Trato precisamente de desprenderme de mis ideas preconcebidas, de lo que yo como una europea de clase media he mamado desde pequeña y asumir o afrontar la vida, aunque sea durante unas horitas, desde el prisma de esa mujer noruega, divorciada, que me invita un domingo a su casa con su marido actual, los hijos que tienen en común, su exmarido y los hijos que tuvieron, ¡y eso es un domingo normal!, hasta mi amiga india Nia, que me cuenta que se ha casado con un hombre que sus padres han elegido por el Tinder para padres en India. O hasta la judía ortodoxa que me invita a su casa un sabbat y me justifica por qué su marido es el único que puede ver su pelo, que lleva tapado. Al final, en ese momento es cuando voy a escuchar a esta mujer, a ver qué me tiene que decir. Y aunque yo no comulgue con esta idea del todo, entiendo su punto de vista y durante unos segundos me acerco a esa forma de pensar”.

En la lonja de pescado de Sídney. / Verónica Zumalacárregui
Todo en la nevera
El primer programa de Me voy a comer el mundo se grabó en Tokio y Verónica recuerda así aquella aventura llena de adrenalina: “Volamos vía Moscú. Y después de estar volando casi un día entero, aterrizamos, yo hice chapa y pintura en la habitación diminuta del hotel donde nos estábamos alojando y nos pusimos a grabar 16 horas ese día después de 24 volando. Teníamos que movernos en metro, yendo de un lado a otro, perdiéndonos porque todo estaba en japonés y no entendíamos nada...”.

En Nueva Deli, India. / Verónica Zumalacárregui
Desde ese primer episodio, hay otro ingrediente que no puede faltar en el programa y que parte de una curiosidad innata en Verónica por saber qué hay en las neveras de la gente. Una curiosidad que no es baladí, en tanto que supone una “radiografía de cómo es esa persona y también un retrato cultural de ese país”. “Te vas a los países nórdicos y vas a ver muchísimos frutos rojos, muchísima verdura, mantequilla, nata. Te vas a países como India, donde hay un porcentaje altísimo de gente vegetariana, y vas a encontrar mucha verdura. Y al contrario, te vas a Argentina y hay carnaza siempre y muchísimo pescado. O en Japón, donde todo son cantidades mínimas. O las neveras de EE. UU., donde todo es XXL.”
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