Viaje a Birmania, por Mariano López

Mariano López

Al final acepté los consejos de Manu Leguineche, como siempre. "Vete a Birmania -me decía-. No existe nada igual". Así que cuando llegué a Yangon, estaba feliz. Por fin había tenido la oportunidad de viajar al lugar del que tantas veces me había hablado Leguineche. El país de las pagodas, la gente más amable del mundo, las mujeres pintadas con tanaka, los quinientos mil monjes vestidos de azafrán. Llevaba en la maleta algunos libros: el principal, Vida y nociones de los birmanos, de sir James George Scout, un funcionario británico que sirvió 35 años en la Birmania colonial y acabó enamorado del destino. Firmó su libro como Shway Yoe, un nombre birmano. Shway Yoe escribió que los birmanos son los más calmados y contentos de los mortales. No necesitan el dinero, no tienen ambición. Si alguna vez ganan una fuerte suma, rápidamente se la gastan en obras piadosas con la intención de hacer méritos para la siguiente vida. Los ingleses se reían de los hombres birmanos porque llevaban falda: el longhi. Los birmanos, faltos de maldad, rezaban para que los rubios británicos tuvieran más suerte en la siguiente vida y les deseaban lo mejor: que nacieran budistas, birmanos y, a ser posible, en Bagan, la llanura de las tres mil pagodas. Mi guía en Bagan se llamaba U Maung, que signifi ca "señor Señor", y eso es lo que era, un gran hombre. Había nacido allí, entre las piedras milenarias. Algunas las había reparado él mismo, con sus vecinos, después del terremoto de 1975. Entonces los militares no se dignaron aparecer. Pocos años después fue peor: aparecieron. Se presentaron de madrugada y ordenaron a los vecinos que abandonaran sus casas y se trasladaran 20 kilómetros al sur. Hace un par de años, centenares de funcionarios recibieron también de madrugada la orden de mover su casa de Yangon, la antigua Rangún, a Naypyidaw, a más de 300 kilómetros de distancia en el interior del país. El Times dijo que los militares habían actuado por consejo de los astrólogos, que temían catástrofes o invasiones extranjeras en el futuro de Yangon. Al final, así ha sido. Birmania ha sufrido la peor catástrofe del sureste asiático desde el tsunami de 2004. Más de cien mil muertos, cinco mil kilómetros cuadrados del delta bajo las aguas, el 60 por ciento de la cosecha de arroz perdida y 24 millones de personas que necesitan ayuda. Un desastre natural que ha puesto al descubierto las maldades de una junta militar -"una catástrofe en la catástrofe", llamó al gobierno birmano el ministro francés de Exteriores- que no avisó del impacto del ciclón, mantuvo la celebración de un referéndum para su perpetuación en el poder y no sólo difi cultó la llegada de la ayuda internacional sino que derivó una parte a sus cuarteles e incluso a revenderla, en uno de los peores capítulos jamás escritos en la historia universal de la infamia. Hay una organización española que está trabajando por el cambio político en Birmania (www.birmaniaporlapaz.org) y una organización inglesa (www.dec.org.uk) que se está distinguiendo por su agilidad en el envío de ayuda a los afectados. Merece la pena que ayudemos. Y cuando pasé todo esto, que viajemos, si es posible, al país de la gente más amable y hospitalaria del mundo.