Viajar a través del tiempo por Carlos Carnicero

Más allá de las teorías de Einstein, revivir el pasado sigue siendo una aventura mucho más factible que imaginar el futuro.

Carlos Carnicero

En contra de lo que piensan la mayoría de los mortales, el tiempo se puede transitar mucho más allá de las conocidas teorías de Einstein. Revivir el pasado sigue siendo una aventura mucho más factible que imaginar el futuro.

Pensaba en todas estas cosas en mi última visita a la National Gallery de Londres. Abarcar un museo en profundidad, probablemente es obra de toda una vida de terciada dedicación. Cada vez que se examina un cuadro anclado en el pasado se descubren nuevos datos de la época en la que se pintó. Del colorido de algunos retratos de pintores holandeses al puritanismo en negro de otras épocas. Bodegones y naturalezas muertas que indican mucho sobre la forma de vida de quienes pintaron esos instantes de la vida cotidiana. Reflejos de grandeza de quien encargó una representación de sí mismo para trasladar el poder del que gozó en vida. Hace falta paciencia para escudriñar en el pasado porque son los detalles más nimios los que revelan una forma de concebir la vida. Escrutar ruinas arqueológicas tiene una dimensión distinta porque lo que se exhibe es el caparazón de la existencia de quienes invocaron a los dioses entre las paredes de templos de los que hay que adivinar sus dimensiones. Hay enigmas que durarán hasta que se imponga una tesis que puede resultar falsa. Todavía se discute la manera en que fueron trasladados hasta sus emplazamientos definitivos los moais de Isla de Pascua. Es un misterio sin una explicación definitiva la utilización del calendario solar por algunas culturas precolombinas. Visitar las minas de Potosí revela también mucho sobre la crueldad de algunos aspectos de la colonización y nos actualiza la avaricia sobre los minerales preciosos y las gemas que sigue existiendo en la actualidad. Las ruinas de Monte Albán siguen escondiendo los motivos por los que se eligió ese emplazamiento elevado y el caos que tuvo que preceder al abandono de una ciudad con un urbanismo tan moderno.

Las misiones jesuíticas de la Chiquitania boliviana nos introducen en la renovación que quisieron aportar los miembros de la Compañía de Jesús, en su pugna con los bandeirantes, al universo del modernismo primitivo que significó la conquista de América. Viajar escudriñando la mirada sobre las huellas del pasado representa una forma inteligente de conocernos a nosotros mismos, porque somos hijos también de nuestros errores.

Es cierto que no se añora lo que no se conoce. Y eso alivia de algunas pesadillas que en el fondo no resultan ciertas. La higiene moderna, con los pequeños lapsus de la historia de civilizaciones tan refinadas como la persa, la egipcia, la griega, la romana o la de los árabes en su esplendor, nos inducen a pensar que sería irrespirable el hedor de las ciudades en casi todos los momentos de la historia. El Parlamento británico estuvo cerrado durante un largo periodo de tiempo en el año 1858, cuando el profundo hedor que emanaba del río Támesis hizo irrespirable la gestión de los parlamentarios.

Hay también algunas maneras dramáticas de viajar en el tiempo. La búsqueda, ya desesperada, de los restos de Federico García Lorca es una forma de asistir en directo a la ruina moral del golpe militar del 18 de julio y a la barbarie que le sucedió. Mucho más allá de lo que dicen los libros de historia está la evocación en directo, discretamente transmitida, de la angustia de las últimas horas del poeta granadino que no terminará de descansar hasta que sepamos dónde tiene que dormir su último sueño. Al final, el pasado se encuentra al alcance de la mano con la única condición de saber enfocar adecuadamente la mirada.