Twain

Debía tener poco más de 20 años cuando emprendió su primer gran periplo hacia el Oeste, del que trazó un relato divertido y duro

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Aunque la sombra de sus personajes de ficción Tom Sawyer y Huck Finn se proyecta por encima de todas sus obras, Mark Twain fue un imponente viajero que dejó escritos varios libros excelentes sobre sus andanzas y peripecias por los Estados Unidos y el ancho mundo. Y en su fondo, la mejor de todas sus obras, en mi opinión y en la de muchos otros –hablo naturalmente de Las aventuras de Huckleberry Finn–, no es otra cosa que el relato de un largo recorrido por su amado río Mississippi junto con un esclavo fugado, el negro Jim. No es posible comprender en toda su dimensión la figura de ese gran artista que fue Mark Twain sin remitir al viaje.

Twain debía tener poco más de 20 años cuando emprendió su primer gran periplo hacia el Oeste, alrededor del año 1856. Viajó con su hermano Orion casi todo el tiempo en diligencia, entre San Luis (Estado de Missouri), su tierra natal, y Virginia (Nevada), con la intención de encontrar oro. Atravesó los Estados de Kansas, Nebraska, Wyoming, Utah e Idaho antes de llegar a su destino, recorriendo unos 3.000 kilómetros. El que en principio iba a ser un viaje de ida y vuelta de tres meses de duración le llevó a la postre siete años y el novelista regresó más pobre  que cuando partió, lo mismo que le sucedería años más tarde a Jack London con su viaje al Yukón. Pero tiempo después trazó un relato divertido y duro de aquellos días del Oeste americano al que tituló Roughing it (traducido al castellano como Pasando fatigas), que fue uno de sus primeros trabajos de escritura y su iniciación en la literatura viajera.

En el libro ya asoman las grandes cualidades de Twain como narrador: su precisión en la descripción y, sobre todo, su enorme y sutil sentido del humor. Recuerdo, por ejemplo, la descripción que hace de un coyote: “Es el símbolo vivo de la necesidad. Siempre tiene hambre, siempre es desgraciado, siempre es pobre, sin amigos. Los animales más abyectos le desprecian y hasta las pulgas serían capaces de abandonarle para establecerse en una bicicleta. Su cobardía y pereza son tan grandes que, cuando enseña los dientes, lo demás de su ser parece pedir perdón. Dan lástima su desamparo, sus huesos, sus costras y su derrengamiento”.

 


Debía tener poco más de 20 años cuando emprendió su primer gran periplo hacia el Oeste, del que trazó un relato divertido y duro


Años después, de su pluma salieron otros dos libros viajeros memorables: Inocentes en el extranjero, un recorrido por Europa y el Oriente Medio, hasta alcanzar los Santos Lugares, y Siguiendo el Ecuador, una vuelta al mundo que hubo de hacer para remediar la ruina a la que le había llevado su mal ojo para los negocios. Los dos constituyen trabajos exquisitos en los que ya se habían afinado sus cualidades de observador, narrador y escritor dotado de un hondo sentido del humor. Son libros muy informativos, amenos y que mueven al lector, a menudo, a troncharse de risa. Todo es objeto de su crítica, además. Un hombre como él, nacido a la orilla del Mississippi, el gran río americano, no pudo dejar de asombrarse ante la ridiculez del cauce del Arno, en Florencia. Y escribió: “Sería un río agradable si le pusieran agua”.

En el Coliseo romano se burló de los antiguos romanos y los primeros cristianos. Y fue intransigente con los bóers del Estado surafricano, los primeros representantes del apartheid. Viajó también por Hawai, Suiza, Francia... Es una pena que no se asomara a España: nos hubiera dado mucho sobre lo que reflexionar y reír. ¿Y en qué consistía para el escritor americano la felicidad? Lo explicó así: “Un paisaje, un camino en pendiente, una diligencia que vuela y un corazón alegre”.