Transporte de ganado, por Jesús Torbado

Quien haya viajado de Calcuta a Londres en ciertas condiciones de vuelo reconocerá, con rabia o con pena, que el lenguaje habitualmente utilizado por un muy potente operador turístico español no perdía realidad en su grosera tosquedad: se refería a los turistas como "ganado".

Aquellas condiciones aludidas resultan bien imaginables: un avión B-747, el más grande en los usos comerciales de hoy, lleno hasta la bandera; asientos estrechos y muy ajustados en longitud; una india gordísima a la izquierda; un indio gordísimo a la derecha (en la India, pese a la común creencia, hay muchas personas que desbordan arrobas por los saris y las túnicas); comida escasa y de calidad ínfima; trasiego continuo y a empujones por los dos pasillos; los cuartos de baño en situación más que precaria a las tres horas de vuelo, cuando faltan todavía siete u ocho para la llegada; berridos incesantes de niños... La película, aplicable a muchos otros trayectos, resulta bien conocida de todo viajero que no haya ahorrado suficiente para pagarse un billete en first o, al menos, en business .

Son las graciosas delicias de la nueva aviación, prenda de los resultados económicos, y dan la razón al operador aquel, el que con su expresión de " ganado " venía a comparar las hazañas de sus aviones con el espectáculo macabro que tanto se contempla hoy en día en nuestras carreteras: grandes camiones hinchados de ovejas, de gallinas, de cerdos; arracimados, inmóviles, sedientos, moribundos (o directamente muertos, para qué engañarnos), camino de alguna parte.

Así empieza a ser el mundo de los viajes turísticos, bajo la máscara del bajo coste y también sin ella. Puede incluso que satisfaga a muchos por la bajada de precios, la abundancia de ofertas, la multiplicidad de destinos... Mas lo que se avecina hace ya temblar a los cuerpos más consolidados. Una ilustre compañía aérea española acaba de anunciar que ganará 20 millones de euros más por el sistema de instalar más asientos en sus aviones, es decir, reduciendo más el espacio vacío entre las rodillas y los respaldos o entre los reposabrazos de cada asiento.

Lo cual tampoco parece exagerado si se contempla la nueva información que llega de la central de diseño de la Airbus. Están sus ingenieros estudiando un sistema que permita viajar de pie en los aviones, como tradicionalmente se hacía en el Metro y en los autobuses municipales en las horas punta. Aseguran los ingenieros de la movilidad que guía su proyecto la necesidad próxima avisada por ciertos países orientales. Se supone que los chinos. Mas sería ingenuo no sospechar que si el invento se pone en práctica, en no demasiado tiempo el llamado Occidente imitará la jugada. Nuestros puentes aéshy;reos, para competir con autopistas y Aves, serán el maravilloso escenario de ese ahorro de espacio.

Claro que eso no satisfará la razonable avaricia de las compañías aéreas. Al fin y al cabo, en la mayor parte de los aviones actuales caben sentados unos ciento cincuenta animales humanos; colgados de pie de las anillas podrían llegar a cuatrocientos por viaje. Poca cosa aún. Por eso se está probando con éxito el nuevo avión europeo de dos pisos, el A-380, que dentro de unos meses planeará sobre nuestras incrédulas cabezas con hasta quizá ochocientas personas acomodadas en los escaños de su panza. ¿Qué capacidad ofrecerá esa máquina monstruosa y admirable si se acepta que los pasajeros se mantengan de pie? ¿Dos mil, tres mil para cada viaje, en función del apiñamiento ocasional? ¿Cómo se solucionarán en ese caso los conflictos de higiene -si ya ahora empiezan a manifestarse con alguna furia-, de acoso sexual disimulado, de propagación de gripes y otros daños epidémicos, de los carteristas expertos, de la relación innatural de los cuerpos y la necesaria soledad de las almas?

Como en tantas otras cosas, también en los viajes las sociedades avanzan tanto y tan de prisa, que no habrá más remedio que volver al principio. Es decir, se impondrá la convicción de que el mejor medio de viajar, de trasladarse de un lugar a otro, es a pie. Y como excepción maravillada, en burro.