Slow Travel, una forma distinta de viajar

Las cifras no mienten: cada año son más las personas que viajan a lugares, ya sean cercanos o lejanos, para disfrutar de unos días de vacaciones. El turismo se ha democratizado durante las últimas décadas y, en el mundo tecnológicamente globalizado en el que vivimos, da la sensación de que una buena parte de la gente a la que seguimos, o nos rodea, se halla en constante movimiento.

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Foto: Stefan Tomic

Sin embargo, esa sensación es también de estrés. Muchas de las personas que viajan durante sus vacaciones regresan a sus casas con un cansancio extremo, siendo cada vez más célebre la manida frase: “Necesito unas vacaciones para recuperarme de las vacaciones”.

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Y es que muchos viajeros salen al mundo con la intención de comérselo con la avidez de alguien que ha pasado años encarcelado. Como si el doctor les hubiese dicho que acabaron su período de dieta y les pusieran delante un surtido de sus platos y postres favoritos.

Son viajeros que contabilizan todo: tantos países y ciudades visitadas, tantos monumentos fotografiados, tantos selfis en todas las maravillas naturales que marcaba la guía… Una carrera sin fin para no perderse nada de lo recomendado en libros, webs y guías.

En tal alocada  cuenta contrarreloj, no reparan en otras cosas. Otras experiencias que son las que pueden hacer que un viaje quede grabado a fuego para siempre en sus memorias.

No es fácil vivir esas experiencias, pero si quieres tener una mayor oportunidad de que ello ocurra, deberías comenzar a interesarte en el concepto de slow travel. Desde Skyscanner  ofrecen algunas pistas para poner en práctica esta manera de viajar.

¿Qué es el slow travel?

No es sencillo definir el concepto de slow travel, sin embargo, lo primero que hay que aclarar es que no surge de realizar una traducción literal del término inglés. Es decir, un slow traveller no es aquel que decide viajar de manera más lenta, tomándose más tiempo para llegar de un punto a otro. Es cierto que ambas ideas están relacionadas, pero no son lo mismo, pues alguien puede caminar en solitario de Londres a Manchester, pero no hablar con nadie en el camino. Habrá tardado mucho en recorrerlo, pero no habrá vivido una inmersión real en la cultura del lugar.

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El slow travel es un estado mental. Se trata de primar las experiencias sobre los paisajes o monumentos. De rechazar las ideas habituales del turismo de masas y sustituirlas por la oportunidad de empaparte del lugar en el que te encuentras, de su gente y sus historias, tradiciones, costumbres… Mantener tu cabeza y alma abiertas a nuevas, e inesperadas, experiencias.

Puedes encontrarte en una aldea de Zimbaue, disfrutando en una fiesta local a la que te ha invitado la gente que conociste en la furgoneta colectiva que te llevó hasta allí y tener el dilema de quedarte unos días, viviendo esa experiencia irrepetible, o marcharte a ver las cataratas Victoria. Sabes que es un lugar que merece la pena ver y está en todas las guías, pero también es cierto que la verdadera África, la que se mete bajo tu piel con su fuerza arcaica y jamás te abandona, se encuentra en esa aldea y en ese momento.

Quedarte allí te convertirá en un slow traveller. Sin duda.

Slow traveller es aquel que tiene muy claro lo que quiere de un viaje determinado y no se deja guiar, ni apremiar, por lo que las guías, vídeos u otros viajeros dictan que hay que ver. Prima la calidad sobre la cantidad y la meta no es intentar ver el mayor número de cosas, sino disfrutar de unas pocas, pero a un nivel más profundo.

El slow travel aboga por la simplicidad y por el amor por el viaje en sí, no solo por el destino del mismo. Debe ilusionarte ese destino, pero también estar abierto a las experiencias que te pueda deparar la ruta hasta él. La gente que encuentres en el camino y los momentos que compartas con ellos pueden dejar en ti una huella más imborrable que el paisaje que fuiste a ver.

Además, esta filosofía de viaje también suele implicar el buscar un mayor beneficio para las comunidades locales. Se trata de intentar devolver a la gente autóctona parte del botín emocional que el viajero se lleva de las bellezas y experiencias disfrutadas en su país. Por ello, el slow traveller procura comprar en lugares locales, alojarse en casas y negocios más humildes, y contratar guías o actividades con empresas pertenecientes a gente de la comunidad.

¿Cómo puedo llegar a ser un buen slow traveller?

Tras esta compleja definición, quizás sea mejor reseñar algunas características comunes a una buena parte de los slow travellers:

1. Encara el viaje con la idea de vivirlo de manera relajada y como si fueras un local

No solo se trata de intentar mimetizarse y adaptarse a la forma de vida local para vivir el viaje de manera más intensa, sino también de trasladar los buenos hábitos de vida que tenías en casa al viaje. Una buena forma de acercarte a la vida local es alojarte con ellos, ya sea en casas de huéspedes o a través de aplicaciones como couchsurfing.

Otra opción más drástica es cuidar de una casa (una nueva tendencia de alojamiento de bajo coste) y quedarse, así, a vivir durante una temporada en un lugar concreto.

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2. Conócete a ti mismo y tus prioridades diarias durante el viaje

Hay que aceptar que el tiempo de un viaje es limitado y debemos priorizar qué queremos del mismo. No se puede hacer todo, ni ver todo. Hay que relajarse, elegir una lista de prioridades e intentar ser feliz con ellas.

3. Equilibra tu itinerario, dejando margen a la espontaneidad

El slow travel no significa, necesariamente, que dejes todo a la arbitrariedad. Cuando el tiempo es limitado, no viene mal diseñar y preparar algo la ruta de un viaje, pero sí que es conveniente que siempre dejes espacio a los imprevistos y los cambios en la ruta. Sobre todo, incluye en tu senda los caminos menos explorados. Es en ellos donde ocurren las cosas más maravillosas.

4. Haz y visita menos, y experimenta más

Prima las experiencias sobre las cosas o lugares que ver. Es el concepto de “menos es más”, trasladado a los viajes. Dejar de ver algunos lugares muy turísticos (lo cual no quiere decir que no haya que ver ninguno de ellos) puede darte más tiempo para observar la vida que te rodea en un determinado lugar.

5. Conecta con el mundo que tienes a tu alrededor

No corras de un lado a otro para intentar ver el mayor número de cosas posibles. Tampoco contemples el mundo que te rodea a través de la lente de una cámara fotográfica o de la pantalla táctil de un móvil. Deja la cámara y salta a zambullirte en las aguas heladas de ese precioso lago que estabas fotografiando, o habla con esa persona a la que aplicabas el zoom desde la lejanía.

No se trata tampoco de olvidar que existe el mundo digital – una realidad imposible de obviar hoy en día, y que posee ciertos beneficios – sino de minimizar su impacto durante el viaje.

Vuelve a fiarte de tus propios sentidos y dales el poder de antaño.

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6. Aporta a la comunidad

No pases de puntillas por los lugares que visitas. Contactar con sus habitantes (u otros viajeros) puede acabar resultando ser lo más valioso de tu viaje. Quédate en un lugar el tiempo que consideres necesario e intercambia experiencias con su gente. Aportar a la comunidad no tiene por qué ser solo en un concepto material, sino que ellos también pueden aprender de tus experiencias, forma de vida o, incluso, enseñarles algo de tu idioma.

7. Disfruta de tu viaje en todo momento

Lo importante es el viaje y no tachar lugares vistos de una lista creada por otros. Recuérdate a ti mismo, en todo momento, por qué estás viajando y qué esperas de tu aventura.

8. Haz todo al ritmo adecuado

Ya hemos comentado que slow travel no quiere decir que te muevas despacio todo el rato o te dediques, única y exclusivamente, a la vida contemplativa durante tu periplo. Si eres una persona activa, tendrás ganas de hacer una buena ruta de senderismo en las montañas o de saltar en paracaídas o descender un cañón en bicicleta de montaña. El secreto es hacer cada cosa al ritmo que te pida tu cuerpo. Ni más rápido, ni más lento.

Buenos destinos para practicar el slow travel

Realmente, casi cualquier destino del mundo es apto para practicar el slow travel, ya que todo depende de la actitud del viajero. Sin embargo, hay algunos lugares que quizás hacen más sencillo el hecho de abstraerse de todo y convertirse en un perfecto slow traveller. Estas son cinco ideas, una por continente:

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Montañas de Cardamomo, Camboya

Hace poco más de dos décadas que algunos jemeres rojos aún se escondían en la impenetrable selva de las montañas de Cardamomo, una de las junglas más vírgenes del sudeste asiático.

Hoy en día, hay que remontar en barca el río Piphot, durante 3 horas, para llegar a la aldea de Chi Pat. La gente de esta comunidad, gracias al turismo eco-friendly y al slow travel, ha variado su medio de vida, pasando de la tala y la caza ilegales, a ser guías de experiencias inolvidables en esa maravillosa naturaleza.

El viajero que llega a estas montañas lo hace para desconectar del mundo y mezclarse con la gente local a la vez que se pierde en una naturaleza embriagadora.

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Autocaravana por Australia

Cocina y cama a cuestas para recorrer más de 14.000 kilómetros de carreteras. Si dispones del tiempo y el dinero suficientes, viajar por la salvaje y deshabitada Australia, a tu ritmo, puede ser una de las mejores experiencias posibles de slow travel. Podrás alternar grandes ciudades, como Sídney, Melbourne o Perth, con pequeñas poblaciones, como Cervantes, o lugares en los que solo reina la naturaleza.

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Montañas Simien, Etiopía

Etiopía es un país fascinante, pues su gente deja vislumbrar un espíritu indómito y orgulloso, a la vez que afable y hospitalario. Esa es la principal razón por la que se pueden jactar de ser el único país africano que nunca se sometió a una colonización occidental continuada.

En las montañas Simien, la vida se desarrolla en condiciones complicadas, a grandes altitudes y, en temporada seca, con pocos recursos. Sin embargo, sus comunidades dan una lección de vida, resistencia y bonhomía a todo aquel que tenga el tiempo necesario para querer aprenderla. Y todo ello acompañado de lobelias gigantes – una extraña planta que solo crece aquí – y pequeños y esquivos lobos etíopes.

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Salta y Jujuy, Argentina

Las comunidades indígenas de Salta y Jujuy, ubicadas en el extremo noroeste de Argentina, viven humilde y tranquilamente, tal y como lo hicieron sus ancestros, ajenas al veloz y estresante mundo moderno.

Entre cerros de colores y cañones sobrevolados por cóndores, las aldeas parecen haberse quedado ancladas en el pasado y sus habitantes tienen tantas historias que contar como el viajero quiera escuchar.

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Isla de Ameland, Holanda

La isla de Ameland forma parte del conjunto de las islas Frisias, ubicadas al norte de Holanda y bañadas por el mar de Frisia (declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco).

La isla es tranquila, pintoresca y pacífica. Solo tiene cuatro pueblos y el resto es propiedad de la Madre Naturaleza. Solo puedes llegar a Ameland tomando un ferri desde Holwerd. Como buena isla holandesa, apenas hay coches y casi todo el mundo se mueve en bicicleta. A lomos de una de ella, podrás recorrer las largas y hermosas playas, las reservas naturales y las interminables dunas, mientras te acaricia la fresca brisa del océano.

Visitar la isla de Ameland como slow traveller será un soplo de aire fresco para tu alma.