Una perla

Argel es hoy una perla sin brillo. Si vuelvo algún día, me gustaría traerme un buen recuerdo de un lugar tan hermoso.

Javier Reverte
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Foto: Redacción Viajar

En época colonial, cuando Francia todavía poseía una buena parte de su imperio en el continente africano, la llamaron La Perla del Sur. Y en verdad que bien podía serlo: una ciudad que descendía desde altas colonias sobre una bahía de mar restallante, cubierta por un cielo de color azul lleno de transparencias, alzada en grandes edificios blancos con ventanas y puertas pintadas de azul, calles bien trazadas, anchos bulevares y avenidas: un París a escala reducida, en definitiva. Hablo de Argel, capital del territorio de la Argelia gala y hoy el país más grande de África, con un inmenso desierto por donde todavía vagan las caravanas de camellos entre Tamanrasset y Timimoun, un paisaje de cuentos orientales que es el reino de los nómadas tuaregs.

En el curso de mi vida he viajado al menos siete veces a esta singular urbe africana. La última hace escasamente tres meses. Como siempre, me seduce su belleza escondida, casi avergonzada, pues, de una vez para otra, la encuentro más y más devorada por la decrepitud. ¿Puede ser bello el declive? Tal vez. Pero me resulta oneroso que una villa concebida para asombrar haya devenido en una localidad devorada por la decadencia física. Es como si a la estatura de una Venus clásica le saliesen de pronto arrugas en el mármol. 

El tráfico es muy intenso y huele a gas-oil quemado. Las cañerías apestan y los riachuelos de detritus abundan en los recoletos callejones. El blanco de la cal de los edificios se ha descascarillado y lo mismo la pintura añil que cubre los marcos de balcones y portales. Muchas callejuelas parecen basureros y abundan los gatos, que expanden a su alrededor una pestilencia nauseabunda que recuerda lejanamente al aroma punzante de los eucaliptus. El país progresa económicamente –dicen–, y añaden que camina con lentitud hacia la democracia. Pero en sus vías no se percibe la bonanza. Las estructuras turísticas, naturalmente, se resienten del abandono.


Argel es hoy una perla sin brillo. Si vuelvo algún día, me gustaría traerme un buen recuerdo de un lugar tan hermoso.


Pero la sensación más penosa que me produjo el estado de la ciudad la causó mi visita a la llamada Cueva de Cervantes. Como se sabe, el autor de Don Quijote de La Mancha estuvo cautivo durante cinco años en la ciudad, en poder del bey turco, quien exigía un alto precio por su rescate. El escritor intentó escapar cuatro veces, no lográndolo en ninguna. Pero durante un tiempo, con otros cautivos, permaneció escondido en una cueva de las afueras de la ciudad, esperando un barco que debía de llegar a rescatarles, empresa que no tuvo éxito. A punto estuvo de morir a latigazos, pero logró salvar la vida. Al fìn, los monjes trinitarios pagaron su rescate y regresó a España.

La cueva es considerada hoy un monumento histórico y luce en su exterior los pertinentes carteles que la definen como lugar quijotesco. No sé si el Estado español ha pagado algo por conservar el lugar. Pero visitarla produce una honda conmoción. Es parecida a las grutas abandonadas en muchos lugares de los campos, repletas de basuras, refugios de vagabundos, toilettes ocasionales de quienes pasan cerca, hogares de roedores, de insectos y de murciélagos nocturnos. Huelen a deposiciones y humedad. Son espacios oscuros, insalubres y exentos de gloria.

Tanto dinero gastado en tantas cosas banales... Y nadie, ni argelinos ni españoles, arrima el hombro con un pequeño presupuesto para conferir dignidad a un lugar en donde se refugió hace cuatro siglos un hombre digno que vivió casi siempre en la miseria, en la persecución y el desdén.

Argel es hoy una perla sin brillo. Si vuelvo algún día, me gustaría traerme un buen recuerdo de un lugar tan hermoso.