Oxiana por Luis Pancorbo

Oxiana es un estado de ánimo, un deseo de viajar por toda una rosa de los vientos que tenga un río en su epicentro.

Luis Pancorbo

La libertad de movimientos es la esencia del viaje, sea éste de verdad o de butaca, hecho mañana o el año que viene. Lo digo por los viajeros que suspiran por ir a Afganistán, vieja meta dorada, hoy fuera de ruta por motivos obvios. Bruce Chatwin fue allí en 1962, "con la misma expectación, pongamos por caso, que Delacroix al salir para Argel". En la maleta y la cabeza, Chatwin llevaba Viaje a Oxiana, el impagable libro de Robert Byron. Era su breviario, aunque Chatwin añadió amapolas de su cosecha. Cuando Chatwin visitó Herat, la provincia afgana donde están los soldados españoles, le maravilló ver "hombres con turbantes gigantescos, paseando cogidos de la mano, con rosas en la boca y los fusiles envueltos en tela de saraza floreada". Hoy esos hombres no llevan flores en la boca, ni en ningún otro sitio, y si pueden, pegan un tiro no distinguiendo entre los forasteros buenos, malos y regulares. Y las mujeres miran también al extraño, pero detrás de la burka, no como en los tiempos de Chatwin, cuando aún se podía encontrar un vestido en el bazar de la ciudad de Herat "con mariposas de lentejuelas en las caderas y la etiqueta de una boutique de Beverly Hills".

Afganistán ha sido a lo largo del tiempo una fuente de inspiración, y un destino ineludible para enlazar Persia (y por tanto, el último tronco de lo occidental) y la India (con el verdadero Oriente que allí empieza). Si hilando más fino tuviésemos que poner una precisa frontera histórica y mítica, nos toparíamos con el Oxus, el río que cruzó Alejandro Magno llevando las semillas de Europa (y sus espadas) a los últimos confines de entonces.

El Oxus hoy se llama Amu Daria, un río bastante contaminado. Su caudal ha decaído mucho por haber regado excesivamente los campos de algodón durante la época soviética. Pero llegas a sus orillas y alguna emoción te embarga, como se decía antes de las emociones y ahora de las multas municipales. Pues bien, con todos sus problemas, el Oxus no es un río como otros que se pueden cruzar sin descalzarse. El Oxus-Amu Daria es toda una poderosa frontera de agua entre Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán y Afganistán, y eso es tanto como decir que es el húmedo cogollo del Asia Central.

De Oxus viene Oxiana, región única si es que existe. Si hacemos caso a Robert Byron, Oxiana representa ante todo un estado de ánimo, un deseo de viajar por toda una rosa de los vientos que tenga un río en su epicentro. Byron se desvive en Herat por conseguir un visado, aunque sea para el Turquestán: ahí pondrá él su Oxiana particular. La cuestión es moverse y entre 1933 y 1934 a Byron le entra el mal de Asia, o de Oxiana, aunque se encuentre en Persia o en Mazar-i-Sharif, en suelo afgano, cerca de su objetivo: "Nuestras esperanzas para llegar al Oxus son cada vez más descorazonadoras".

Uno recuerda esto porque ha puesto el pie en otro Mazar-i-Sharif, un pueblo del noroeste de Tayikistán. Antes de las oleadas musulmanas esa esquina de la vaga y romántica idea de Oxiana formó parte del reino sogdiano, que ése si fue real. Pero el asunto es que más de mil años después los tayicos de Mazar-i-Sharif todavía prenden velas con unción, no vaya a ser sagrado el fuego, y ponen jirones de tela en los árboles para pedir deseos. Como los antiguos sogdianos que seguían a Zaratustra.