Ouro Preto, por Luis Pancorbo

Hay muchos Eldorados, pero pocos que tengan la lluvia en la punta de los dedos, como Ouro Preto.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Hay muchos Eldorados -o no-, pero pocos que tengan las calles empedradas, y la lluvia en la punta de los dedos, como Ouro Preto. Desde luego es un buen nombre, Oro Negro, pero no oro de los negros. Por eso primeramente se llamó Vila Rica, que lo dice todo, esa joya del Brasil más esquinado, un Brasil de altura, de humedad escabrosa en unos montes, como los de la Serra do Espinhaço, que semejan vértebras de un viejo reptil que se negó a tenderse en las llanuras del sertao, y en las seducciones del mato grosso y verde, ni siquiera en la pura vorágine de la selva o de la playa. Todo empezó en torno al pequeño río de las Velhas, un ínfimo curso comparado con otras potencias fluviales de Brasil, pero llevaba arenas de oro y en sus cuevas aledañas abundaba el vil metal, expresión que consuela a quienes nunca lo tuvieron. Brasil no se iba a privar de su fiebre áurea ni de tener mil Eldorados con o sin balsa muisca. Aunque no todos lo celebraban. Stefan Zweig escribe en su premonitorio, pero publicado póstumo, Brasil. País del futuro (1941) que el padre Antonil ya se quejaba en 1708: "Ninguna persona sensata puede abrigar dudas en el sentido de que Dios sólo hizo descubrir tanto oro en las minas para castigar con ello al Brasil".

Eso y más ocurrió en Ouro Preto, el corazón del Estado brasileño de Minas Gerais, Minas Generales, otro nombre que encierra abundancia y colapso. Ouro Preto esplendió mientras pudo a costa de los pretos, los esclavos negros, los que llegaron a idealizar en el siglo XVIII a uno de ellos como el llamado Chico-Rei. Se puede visitar la mina Encardadeira donde Chico-Rei ejerció de capataz y luego de monarca. Una mina que representaba un mero eslabón de la cadena que hacía de la Vila Rica de Ouro Preto la peana del imperio portugués. En línea con lo que supuso la plata de la boliviana Villa Rica de Potosí para el imperio español.

Los reyes lusos -a través del conde de Assumar, especialmente- reclamaron el quinto real de todo oro, lo cual se depositaba más o menos religiosamente en las casas de intendencia. Algunas migajas se quedaban por el tortuoso camino que separa Belo Horizonte, la capital del Estado de Minas Gerais, y Ouro Preto, la Vila Rica donde igual se podía comprar un cuadro de Rafael o de Rubens (según Zweig) que cualquier lujo del mundo. Lo que pasó fue que un día el río de las Viejas dejó de acarrear arenas auríferas y los negros tuvieron que arañar para los blancos las paredes de las cuevas. Trasladar la capital del Estado a Belo Horizonte supuso la puntilla para el viejo boato de Ouro Preto.

Oro Negro es hoy adoquines, calles empinadas que se recorren jadeando, ansiando ver otro oratorio, otra estatua del Alejaidinho, el Alejadito, quizás por la lepra. Mestizo de un arquitecto portugués y una esclava negra, fue su Miguel Ángel, o al menos un escultor capaz de doblar la piedra, de hacer con ella músculos, gestos, visajes, angustiosos y vivos en el relente de los siglos. Su originalidad se puede apreciar en las fachadas de las iglesias del Carmen y de San Francisco de Asís de Ouro Preto. En la cercana Congonhas, en la basílica del Bom Jesus de Matosinhos, se alzan sus profetas del Antiguo Testamento como si estuviesen a punto de jurar en un arameo pasado por el trópico. El Alejaidinho demostró una rebeldía en las formas del arte y una sacudida personal al estilo de las que producía periódicamente Ouro Preto.

La Vila Rica fue epicentro de la Inconfidència, fenómeno protagonizado por Tiradentes, un bandido para los realistas portugueses. O un héroe de la libertad para quienes intuyeron que pagar con la vida el oro de los otros era un abuso corregible, como la historia se encargó de enseñar. Si no, entretanto, los negros tenían un consuelo como el congado de Minas Gerais, un sincretismo afro-cristiano que no tiene empacho en mezclar historias de Nuestra Señora del Rosario sacada de las aguas y de Carlo Magno matando moros, y cierra Francia y en su caso Portugal. El Congo negro resonó así en Ouro Preto.

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