Moscas y lujos, por Luis Pancorbo

Luis Pancorbo

Con la primavera entrada vuelven las moscas, sobre todo las de Augusto Monterroso, que nunca se han ido. Monterroso, nacido hondureño y ávido por ser a toda costa guatemalteco, es uno de esos escritores para quienes las fronteras y los países son un poco como los territorios de las moscas, espacios vagos y tenaces. Las moscas son el pasado y el porvenir -su presente dura a lo mejor un día- y al encarnarlo todo generan el gran secreto, el movimiento perpetuo.

Eso es lo que pasa a cada estación. ¿Adónde vamos? A donde ya estuvimos. Dicen los indios guaraníes de Paraguay que las morpho, grandes mariposas de alas azules, son "las orejas de Dios". Sin embargo, liban en las bostas de los caballos. Eso llamaba la atención a un gran viajero crítico como Norman Lewis cuando veía los desastres que hacían los misioneros fundamentalistas contra los indígenas y sus culturas. Pero, "amigo, no gima", como diría Cortázar con un bello palíndromo que demuestra que a veces las palabras son como las moscas. Se resisten a decir algo distinto aunque las pongas al revés.

Son muchas las moscas del mundo, injusticias, avasallamientos..., pero también hay lujos y algunos valen el viaje. Si uno todavía no ha ido a Belice, puede hacerlo por infinidad de motivos. Hay espléndidas ruinas mayas, la segunda mayor barrera coralina del mundo... y los establecimientos hoteleros de Francis Ford Coppola. Suyo es el Blancaneaux Lodge, un conjunto de villas incrustadas en la vegetación tropical de la zona de San Ignacio. Cuando vio ese sitio, a Coppola le trajo las gratas sensaciones que tuvo en Filipinas durante el rodaje de Apocalypse Now. En 1993 decidió comprar terrenos y poner un tipo de hotel donde pudiera pasar él mismo sus vacaciones. Lo primero fue, y es, dar de comer bien. Reinan los platos de pasta con una salsa llamada Mammarella en honor de la madre de Coppola, quien permite fumar puros siempre que sean Carmine (Carmen), como se llamaba su padre, un nombre de pila extendido en Sicilia. Respecto al vino, no se puede escoger. Siempre ha de ser Sofía, un caldo que lleva el nombre de su hija y que produce en sus viñedos de Napa, en California.

Todo queda en casa y engrosa las arcas del genio. Lo único es que en Blancaneaux Lodge existe la posibilidad de que aterrice la avioneta del director, también llamada Sofía, trayendo de Hollywood a alguno de sus amigos: Keanu Reeves, Robert De Niro, Charlize Theron... Si no, consuela la pizza hecha en horno de leña o el huerto que produce verduras orgánicas. Luego hay por doquier interiorismo sutil, maderas nobles, cortinajes rojos, azulejos pintados a mano. Cascadas y fantasías. Muchos lujos y pocas moscas, que a éstas las fumigan antes de pisar la recepción.

Falta el mar, pero tampoco es un problema. Eso lo suple Coppola con Turtle Inn, otro hotel de su propiedad ubicado en la costa de Belice. Y si hubiese quien no soporta el salitre, siempre puede ir a Guatemala. En el lago Petén Itzá, junto a las ruinas de Tikal, Coppola tiene La Lancha, un hotel donde soñar que uno no sólo es rico sino que se merece un trozo de paraíso.

Por lo demás, Coppola para poco últimamente en sus hoteles y es buena señal. Va a rodar en la Ciudad de la Luz de Alicante una parte de su nueva película, Tetro, con Vincent Gallo, Maribel Verdú y otras estrellas. Dicen que será una especie de buceo en su autobiografía y en las almas de una familia de actores de origen italiano que emigran a América. Uno supone que será -como casi todo en Coppola- algo agridulce, ambiguo, entre el bien y el mal, entre las moscas y el lujo. Un cine que recuerda un cactus, el Selenicereus spinulosus, que sólo abre sus grandes flores blancas con la luz de la Luna.