La peseta como forma de viajar, por Carlos Carnicero

He empezado a enfocar mi vida como si nunca más tuviera que aceptar los parámetros del euro como barómetro de mi existencia.

Carlos Carnicero

La crisis económica ha tenido la enorme virtud de escenificar el valor del euro como moneda de gasto en relación con la peseta como moneda de cobro. Me explicaré: durante estos años, desde la instauración del euro como moneda de curso legal, no hemos sido conscientes de que a la mayoría de los españoles nos seguían pagando el sueldo en pesetas y nos cobraban los bienes y servicios en euros. Esta picardía -que fue instalada por banqueros, promotores inmobiliarios y otros especímenes dueños de las toneladas de billetes de 500 euros que no encuentran las autoridades fiscales- ha tenido poder de coacción sobre nuestras economías, ha conseguido adormecernos y narcotizarnos en unas costumbres de consumo que sobrepasan con creces nuestro poder adquisitivo. Una desproporción de 166 a 100. Así de sencillo: ellos nos seguían pagando 100 y nosotros gastábamos como 166 al calor de los tipos de cambio con el que hemos endeudado nuestra existencia. Ellos nos prestaban las pesetas y nosotros les pagábamos en euros. Ha tenido que derrumbarse el mercado financiero norteamericano para que reaccionáramos.

Caí al fin en la cuenta de esta desproporción amenazante sentado en un restaurante de Madrid al que sigo acudiendo desde hace una pila de años. Tuve la lucidez de traducir el precio de un entrecot con champiñones -aunque en el menú figuraba con un nombre más sofisticado-, que costaba 32 euros; es decir, 5.312 de las antiguas pesetas. Pensé que no había pasado tanto tiempo para justificar el precio y hablé con el dueño del restaurante por si guardaba alguna carta antigua, de los tiempos en que los precios se reflejaban en pesetas. No la tenía o no me la quiso entregar para no hacer sangrar mucho más la herida que se había producido en mitad del comedor, en donde los parroquianos, intuyendo la tragedia, habían desaparecido de las mesas que pocos días antes reventaban de público.

En realidad ese episodio ha sido paradigmático de una refundación de mi existencia. Ahora traduzco todos los precios: el de las judías verdes en la frutería y el del café con un pincho de tortilla en el bar. Contabilizo las carreras de taxi en pesetas y empiezo a enfocar mi vida como si ya nunca más fuera a aceptar los parámetros del euro como un barómetro de mi existencia.

Busco las ofertas en Internet para los vuelos más asequibles compatibilizando la solidez que se les supone a las compañías de bandera con ofertas de última hora. Observo los anuncios de los hoteles en cadena que ofrecen fines de semana a precios que quieren reforzar la nostalgia por la peseta. Miro los restaurantes de lujo con distancia, midiendo si los conocimientos del chef justificarán la minuta, porque ya sólo estoy dispuesto a pagar con cierta generosidad el talento desbordado. Y elijo los destinos en función del nivel de vida de los países de acogida.

Desde luego, no voy a cambiar mis hábitos en la forma de viajar, aunque he decidido que no me sirve el euro para justificar mi condición de ciudadano europeo. No me voy a permitir el despilfarro de lo que no dispongo. Se acabó asistir a restaurantes sin talento en las cocinas pagando costosas facturas de 70 euros por persona. Sólo haré una excepción cuando el talento de quien me ofrece el servicio sea excepcional. En el resto de los casos, me he vuelto sencillamente tacaño. Sólo pago en pesetas. Me tendré que acomodar también a estos parámetros a la hora de viajar. Y les aseguró que es posible tomándose la molestia de elegir bien el destino.