Hijos de Genghis Khan, por Luis Pancorbo

Khan ha sido denostado por bárbaro y cruel, pero también hacía el amor, y casi cada noche, lo cual ha permitido llegar a unos estudios de ADN muy sorprendentes: 16 millones de personas en este planeta son de una misma familia, la de Genghis Khan.

Luis Pancorbo

Mongolia es uno de los mejores sitios del mundo para ver cómo crece la hierba, algo que igual resulta de utilidad en la vida. En esta luna no hay miedo: el pasto está agostado y la estepa empieza a resentirse de fríos cortantes como navajas. Viene bien un cuenco de airag , leche de yegua con su punto de vino blanco, como decía Marco Polo, aunque lo que entona de veras es el Genghis Khan , vodka explosivo con apariencia de agua del arroyo. Y respirar a pleno pulmón ese olvidado, o acogotado, aire de nuestros pagos que es la libertad.

Este año habría motivos adicionales de brindis, si se necesitasen, dado que se celebra el 800 aniversario de la fundación del Estado mongol, obra de Temujin, el herrero que llegó a ser Khan Oceánico, o lo que es lo mismo, Genghis Khan. Todo eso, como sucede con las efemérides, se presta para caracolear con el caballo y evocar lo que pudo ser y no fue, pero sobre todo incita a adentrarse en uno de los países más hermosos, grandes y vacíos del mundo: apenas dos millones y medio de habitantes en una gran superficie que es tres veces la de España y que va de los desiertos de arena (el Gobi) a los bosques de la taiga (en la frontera con Siberia).

Genghis Khan, el protagonista del pasado y el presente de Mongolia, donde ahora se le tiene por chamán y casi santo, ha sido denostado por bárbaro y cruel cuando en realidad se limitaba a arrasar todo a su paso, o a volver ciudades y campos cultivados a su condición primigenia de pastizales. Pero también hacía el amor, y casi cada noche, lo cual ha permitido llegar a unos estudios de ADN sorprendentes: en estos momentos no menos de 16 millones de personas en este planeta son de una misma familia (tienen una misma pauta genética), y esa familia no es otra que la de Genghis Khan. Por eso salen de vez en cuando gentes en lugares dispares del mundo que se hacen exámenes genéticos (como el de Oxford Ancestors ) y descubren casualmente que son descendientes del caudillo mongol, lo cual suministra un árbol genealógico, o con mayor precisión, un " racimo estelar ", para presumir de gran prosapia, nada de cuatro condes de chichinabo.

Lo cierto es que Genghis Khan engendró miles de hijos y su multiplicación geométrica, a partir del siglo XIII, ha contribuido a dejar su signatura genética no sólo en Asia sino también en Europa, de donde habría pasado a América. "Genghis Khan no era un libertino, pero tampoco un asceta, y tuvo acceso a varios cientos de mujeres en el transcurso de los 40 años que dedicó a construir su imperio", apunta John Man en un buen libro sobre Temujin. Es más bien una cuestión de cromosomas, de cromosomas Y, los transmitidos por los varones, los que, siendo conservadores, hicieron que se doblara el número de descendientes de sexo masculino de Genghis Khan a cada generación, lo que en cinco generaciones habría supuesto 320 varones... Hasta llegar, como he dicho, a 16 millones de " hijos de Genghis Khan ".

Tal vez uno de los secretos de Genghis Khan residiera en la dieta, y para eso no hay nada mejor en Mongolia que la marmota. Esta es una buena luna para cazar marmotas en la estepa. Los cazadores hacen una especie de baile hipnótico, agitando un trapo de color blanco, eso es esencial, ante la guarida de la marmota. Tímida y precavida como es, llega un momento en que la marmota no puede aguantar su curiosidad y así le llueve el plomo. Luego los mongoles, que no están para nada de acuerdo con que las pulgas de la marmota transmitan peste bubónica, como se dijo para denigrar al manjar de la estepa y a sus gentes, trocean el animal y lo meten en su propia piel, donde lo asan echando piedras incandescentes. Eso se hincha, como un botillo berciano, y si hay prisa, y hambre, los mongoles usan hasta un soplete, como vi hacerlo en la región de Khenti. Al final sabe sabroso ese animal comedor de hierbas aromáticas de la estepa, y no bebedor, salvo del rocío, aunque lo mejor de todo es una pieza del cuello que los mongoles llaman " carne humana ", por el mito de un hombre que se convirtió en marmota.

Después, lo de siempre, montar mucho a caballo.