"Gira el mundo, gira", por Javier Reverte

El guirigay se ha hecho monumental en el campo de la geografía. España, por ejemplo, ya no es lo que era, o por lo menos eso que tuvimos que aprendernos de memoria los niños de hace cuarenta o cincuenta años.

Javier Reverte

El verano que acaba de terminar ha sido un estío de sobresaltos planetarios. Me explico. A mediados de agosto, los periódicos nos informaban sobre una conclusión a la que habían llegado los científicos estudiosos de nuestro espacio: que los planetas del sistema solar no eran nueve, como siempre habíamos creído y nos enseñaron en el colegio a golpe de memoria, sino que había que añadir tres nuevos que recibían los nombres de Ceres, Xena y Caronte. Así que teníamos doce planetas en el mismo sistema que nuestra querida Tierra.

Pero pasados apenas quince días, y entrando ya casi en el pasado septiembre, o sea, antes de que se pusiesen a la venta los textos escolares, los científicos rectificaron. Ahora ya no eran doce los planetas, pero tampoco nueve como quince días antes. Se quedaban definitivamente en ocho, ya que los sabios han decidido crear una nueva subdivisión de planetas llamados enanos, entre los que han situado a Plutón, desprovisto de sus flamantes galones de planeta después de un buen puñado de siglos. A Plutón le acompañan en el subgénero planetario Xena y Ceres, que alcanzaron el rango de planetas durante una efímera quincena. Y en cuanto al otro, Caronte, se le considera ahora tan sólo un satélite de Plutón.

Imagino que en las imprentas de la editoras escolares andan trabajando como fieras para llegar a tiempo de ofrecer los nuevos textos a los colegios. Es un esfuerzo enorme, sin duda, pero compensa, porque todos los libros del año pasado sobre el espacio ya no sirven para nada y los hermanos mayores no pueden pasárselos a los pequeños ni se pueden adquirir en librerías de segunda mano, como antes hacíamos los estudiantes de Madrid en el establecimiento de la Felipa.

La verdad es que el siglo XX y lo que va del XXI han sido un chollo para los sellos editoriales que publican los textos para las escuelas. Sobre todo en lo que se refiere a Geografía, por no decir que también a Historia, pues se trata de una época en la que no han dejado de suceder acontecimientos de gran calado histórico, incluidas unas cuantas guerras. Como la Historia contamine de todas sus peripecias a la Geografía, el guirigay puede hacerse monumental en ese campo. Piensen...: España, por ejemplo, ya no es lo que era, o por lo menos eso que tuvimos que aprendernos de memoria los niños de hace cuarenta o cincuenta años.

Antes existía la región de Castilla la Vieja, que contaba con las provincias de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila. A su lado, crecía la región leonesa, con León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia. Pues bueno, eso ya no sirve. Ahora existe la autonomía de Castilla- León, que ha unido las dos antiguas regiones y de la que ha escapado Santander y Logroño, para constituirse como Cantabria y La Rioja, respectivamente. Más al sur, ha pasado algo parecido: Madrid se ha largado de Castilla la Nueva, quedando en Comunidad Autónoma ella sola, mientras que la recién nacida Castilla La Mancha ha incorporado a Albacete, que se desgaja de Murcia. Lo demás, por ahora, se queda como estaba.

¿Y qué sucede si le damos un repaso a Asia Central y a la propia Europa? De la antigua Unión Soviética, inexistente de hecho desde el año 1989, se han desgajado unas cuantas repúblicas asiáticas, como Uzbekistán o Armenia, por poner tan sólo dos ejemplos. Y en las geografías más cercanas, de la misma fragmentación soviética han nacido varios nuevos estados, como las repúblicas bálticas de Estonia, Lituania y Letonia, y antiguos territorios federados de la Unión Soviética como los de Georgia, Ucrania o Bielorrusia, por citas unos pocos. En cuanto a las antigua Yugoslavia dirigida por Tito, ha quedado partida en varias patrias, como Serbia, Croacia, Bosnia, Macedonia y, más recientemente, Montenegro.

Así que el mundo, aquí abajo y allí arriba, ya no es lo que era hace apenas veinte años. Eso, unido al hecho de que el Infierno ya no existe, como determinó el papa Juan Pablo II, ha acabado por volvernos un poco loco a todos. Las viejas geografías ya no nos sirven a los viajeros.