Un escritor viajero

Miguel Sánchez-Ostiz es un gran narrador y poeta. Y respetado y admirado como tal. Pero su faceta viajera es menos sabida.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Conocí al escritor Miguel Sánchez-Ostiz en Asturias hace la pila de años y nos hicimos amigos. Luego, dejamos de vernos durante un par de décadas. Después, mientras vivió una temporada en Madrid, nos vimos con frecuencia. Y al poco desaparecimos de nuevo el uno del otro. Ahora reaparece. Pero esta vez lo hace de una manera original, de la que de verdad sabe: con un libro. Y lo que es mejor, con un libro de viajes.

Miguel es un gran narrador y un estupendo poeta. Y respetado y admirado como tal. Pero su faceta viajera es menos sabida, o reconocida literariamente, y quizás algo tardía en su producción. Un día del 2004 decidió irse a hacer las Américas y se perdió en una isla durante qué sé yo cuánto tiempo, la isla de Juan Fernández, ese lejano territorio del Pacífico que inspiró a Daniel Defoe para su Robinson Crusoe. Y claro, parió un libro sobre el asunto. No podía ser menos, porque Miguel escribe incluso cuando está dormido. Antes de eso, no obstante, ya había hecho su incursión en el género, con su magnífico Peatón en Madrid (2003), una suerte de spleen beaudeleriano de la capital madrileña. También se había asomado a los itinerarios viajeros de Pío Baroja, de cuya obra Miguel es un entusiasta y un especialista reincidente.

Se fue otra vez a América Latina, que le tira lo suyo. Sobre todo la parte oriental. Y creo que anduvo por territorios de Chile antes de encapricharse con uno de los países menos conocidos del continente: Bolivia. Tal vez fue por esas tierras en donde descubrió a Ciro Bayo, un novelista español y escritor viajero, casi olvidado hoy, que fue de los pocos narradores españoles que se han interesado por Bolivia, el mundo andino y el Cono Sur. A Bayo, gran amigo de los Baroja, le debemos títulos notables como La plata perulera y una espléndida novela, por decirlo así, viajera: El Lazarillo español.

Pues bien, como no podía ser menos, Miguel se ha aplicado a la tarea de escribir sobre Bolivia. Y se ha largado una trilogía viajera de la que me llega un título, Chuquiago. Deriva de La Paz.  El extraño nombre no es otro que el que los indígenas dieron a la capital boliviana, rebautizada como La Paz por los españoles (después de conocerse como Chuqui Apu, por los aimaras). La trilogía –si como tal la considera el autor– se completa con Cuaderno boliviano y Cirobayesca.

Chuquiago es un libro que muestra bien las cualidades literarias de su creador: pluma a la llana, talante jocoso a veces y trágico en otras, burlesco a menudo y con un lenguaje desenfadado y pleno de donaire, con palabras significantes y bien colocadas, como pedía Cervantes. Su tema central no es otro que la ciudad de La Paz, que recorre el escritor con minuciosidad y detalle, con ojo periodístico en ocasiones. Y, sobre todo, destacando aquellos aspectos de la urbe que se le hacen más extraños, como los llamados “juntacositas”, vendedores de cualquier cosa que no sirva para nada concreto y que son bautizados de tal modo por un amigo del autor.

A mí me ha golpeado en particular su retrato de la morgue de La Paz, un lugar en el que decir que “era dantesco es decir poco”. Porque las calificaciones casi que terminan ahí, pues la pluma del escritor se dirige a describir casi notarialmente lo que se abre ante sus ojos. En literatura, lo terrible, como la hermosura, no lo definen los adjetivos, sino los verbos.

Eso: un gran libro de viajes de un gran escritor de todo.