El viaje de la vida, por Mariano López

Darwin quiso seguir los pasos de Humboldt en Tenerife, pero una epidemia de cólera se lo impidió.

Mariano López

David Rull y Jordi Serrallonga son dos jóvenes científicos que comparten su pasión por los viajes y, cuando su trabajo se lo permite -David es egiptólogo y Jordi arqueólogo y naturalista-, diseñan viajes, guían expediciones, sueñan con viajes y escriben sobre viajes. David y Jordi acaban de publicar Viajes y viajeros, un delicioso libro sobre la aventura de viajar desde los primeros homínidos hasta nuestros días, con la intención de inspirar algunas reflexiones sobre los orígenes culturales del viaje y la importancia de algunos viajes y de algunos viajeros. En particular, el libro de David y Jordi se fija enel viaje del autor de El origen de las especies, Charles Robert Darwin, de quien este año se celebra el bicentenario de su nacimiento.

Darwin no era, precisamente, un aventurero. Seguramente odiaba viajar y, antes de embarcarse en el Beagle, con el que daría la vuelta al mundo, sólo se le reconoce una excursión al norte de Gales. Pero quería saber, conocer, aprender y ver, de cerca, las maravillas de la Tierra. Licenciado en Teología, sentía marcada devoción por la Introducción a las ciencias naturales, de Herschel, y el Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, de Humboldt. En su viaje a bordo del Beagle quiso seguir los pasos de Humboldt en Tenerife, pero una epidemia de cólera en la isla le impidió desembarcar y sólo pudo ver la corona del Teide desde el bergantín. Lástima. Para entonces, cuando avistó Santa Cruz, el 6 de enero de 1832, Darwin ya llevaba varias semanas en el barco. Se había alistado como naturalista, sin derecho a paga, reclutado por su profesor de Botánica en Cambridge, quien confió en su capacidad para reunir, observar y apuntar todo lo que fuera digno de anotarse en el campo de la historia natural durante un viaje que tenía como principal misión precisar el contorno de la Tierra del Fuego y regresar luego a Inglaterra por las Indias Orientales. Los gastos corrían a cargo del gobierno inglés, que, además, aportaba el barco, el bergantín Beagle, y su tripulación, a las órdenes del capitán Fitz Roy.

Darwin pensaba que iba a estar tres años embarcado, pero estuvo cinco. Durante todo ese tiempo tuvo que convivir con una tripulación de 66 hombres en el espacio que les ofrecía un velero de tres palos. Nunca se quejó. Nunca se le vio de mal humor. A pesar de que el mareo le perseguía -le obligaba a tumbarse en la mesa de mapas- y de que cuando concluyó el viaje sentenció: "Odio y aborrezco el mar y todas las embarcaciones que lo surcan". No, no le gustaba viajar, pero disfrutó del periplo y también escribió: "Una persona que osa malgastar una sola hora de su tiempo no ha descubierto todavía el valor de la vida".

El teólogo hipocondríaco, coleccionista de insectos, que leía las odas de Horacio para divertirse cuando se embarcó, dejó el Beagle, cinco años después, convertido en un naturalista decidido y enérgico, con algunas ideas en su cabeza con las que, 23 años después, escribiría El origen de las especies y cambiaría nuestra percepción del mundo. Venimos del mono, concluyó. Sí, pero, como subrayan David Rull y Jordi Serrallonga, no de un mono cualquiera sino del mono que dejó los árboles y se adentró en la sabana. Del mono viajero.