El sol sobre el desierto, por Javier Reverte

Para saber qué significa el sol, sentir cuál es su fuerza verdadera, es preciso haber vivido al menos unos días en el desierto.

Javier Reverte

Para saber qué significa el sol, sentir cuál es su fuerza verdadera, es preciso haber vivido al menos unos días en el desierto. Un desierto no se parece a ningún otro paisaje ni nos crea sentimientos que puedan asemejarse a emociones reconocibles en el ánimo. Cuando ponemos los pies en el desierto, lo primero que nos asalta es la sorpresa. Y por lo que he observado, en los otros y en mí mismo, de inmediato produce una sensación de rechazo o de embrujo. Tengo la impresión de que ese impulso que despierta en cada uno por vez primera se mantiene incambiado el resto de la vida.
Para empezar, vale decir de los desiertos que su fisonomía es mucho más variada de lo que pueda imaginarse antes de asomarse a algunos de ellos. Tenemos la tendencia a considerarlo como un paisaje de arenales ondulados. Pero esas dunas doradas que tan a menudo vemos en los documentales o las películas son raros rincones en la totalidad del escenario desértico, pues los arenales -los "erg", como se denominan en árabe- ocupan una porción minúscula en las grandes extensiones vacías batidas por el sol. Lo más común es el pedregal, inmensidades en donde crecen a duras penas pequeños arbustos ralos y en donde parece que un planeta entero hubiese explotado y se hubiera fraccionado en miles de millones de pedazos, dejando caer sus chinarros grises en una enorme superficie de tierra.
Los desiertos alojan llanuras que fueron mares y también montañas sobre las que antaño se posó la nieve de los inviernos; albergan cañones por donde hace millones de años pudieron discurrir ríos salvajes y caudalosos, y hondonadas que contenían lagos profundos cuando los dinosaurios trotaban por todo el planeta. Hay extrañas formaciones rocosas que parecen cinceladas por las manos de un cíclope y riscos que asoman sobre abismos de centenares de metros que parecen conducir al Infierno. Un desierto es cualquier cosa menos monotonía en el paisaje. Los desiertos nos hablan del pasado de la Tierra, pero al mismo tiempo nos dibujan un tenebroso paisaje del futuro: siempre parecen hablarnos de la muerte, del destino cruel que nos espera y de un pretérito que pereció en los brazos de la nada. Recuerdo al hablar de ello los parajes vacíos del sur de Argelia, en los alrededores de Timimoun: tenía la sensación de recorrer un espacio en donde hubo vida hace millones de años y que guardaba incólumes, aunque disfrazadas, las osamentas de una raza extinguida de gigantes.
Otra idea extraña a los desiertos es que son la antítesis de la vida. Y sucede todo lo contrario: son la afirmación de la fuerza de existir. En las condiciones más duras, sin agua, sin hierba apenas, sin frutos y con escasas lluvias, la vida se afirma y crece con rotundidad bajo la costra dura de las rocas, la piedra y la arena de los desiertos. Las especies que habitan en este medio, tan hostil como los polos, se cuentan por cientos. Hay mamíferos que pueden sobrevivir sin beber durante meses, gracias al desarrollo de un proceso de evolución en su fisiología que ha durado milenios y los ha convertido en seres inmunes a la sed. Insectos, reptiles, anfibios y hombres conviven en esa naturaleza bravía con esfuerzo y tenacidad. El desierto es la mejor prueba de que la vida en el planeta contiene un vigor que se nos antoja en ocasiones indestructible.
Pero olvidaba al sol, el anciano rey de estas inmensas soledades. A ese astro implacable le debemos tanta vida como tanta muerte. Pero le debemos, sobre todo, la maravilla de la luz. Su fuerza pavorosa es de tal calibre, que no somos capaces de mirarlo de frente, como a los soberanos de la Antigüedad, que cortaban las cabezas de sus súbditos cuando les venía en gana. No obstante, a ellos pudimos derrotarlos, en tanto que al sol jamás podremos vencerlo.
El sol, en los desiertos, singulariza cada objeto, cada árbol, cada piedra, el perfil de cada montaña, la palmera que crece en un oasis y la gacela que galopa en la llanura. Y esa singularidad nos crea, a los humanos, una sensación de recia fe en la vida. Una vez, en Alejandría, un viejo italiano crecido en Egipto me dijo que el desierto fortalece. Creo que tenía razón.