El caso sicalíptico de Kohnstamm, por Jesús Torbado

Jesús Torbado

Ni las televisiones ni los papeles gratuitos que se arrebujan en los trenes de cercanías han hecho mucho caso a un curioso tipo llamado Thomas Kohnstamm, viajero australiano con más cara que espalda. Este tipo ha confesado que a cambio de acostarse con una camarera colombiana, en Colombia, destacó su restaurante como digno de ser visitado en una guía que compuso para Lonely Planet. Más aún, que gracias a las informaciones de otra novia que trabajaba en el consulado colombiano de San Francisco compuso su guía, ya que la editorial le pagaba tan poco que no tenía dinero para viajar por el país. En los espacios por los que sí viajó, se dejó sobornar por hoteleros y dueños de restaurantes, a los que compensó con citas honoríficas en su libro y que, encima, tuvo que traficar con drogas para pagarse los gastos. Al menos cinco guías Lonely Planet sobre América del Sur y Central se han realizado con las contribuciones de tan innoble personaje, el cual va a relatar sus fechorías en un libro que titulará "¿Los periodistas de viajes van al infierno?".
Somos muchos los que hemos viajado y apreciado las famosas guías australianas. Al menos algunas de ellas (las de Asia, por ejemplo) son estupendas. La de España, como otras varias, es decididamente deleznable, y no sabemos qué novia o qué camarera la inspiró. En realidad, se trata de una serie de esforzados y útiles libros que arrancó bien hace 35 años y que ha ido degradándose según prosperaba el negocio. La sicalíptica caradura del mal pagado Kohnstamm, que no se arrepiente sino que saca beneficio de sus tropelías, puede inspirar sonriente cariño, pero también obliga a algunas reflexiones sobre la calidad de muchas guías de viajes (y de gastronomía, no digamos) y la incómoda pregunta de si están vendidas o no, y en qué grado, al objeto de sus pesquisas. En el caso de las que conocemos en España, incluso las más lujosas y solventes, hay que añadir la desesperación de sus traducciones, por lo común abominables. Como la pretenciosa analfabeta que nos hablaba de las islas del Gallo en el Pacífico (porque desconocía al navegante James Cook y que cok en inglés es gallo); o como el ilustrado plumífero que no se cansaba de titular ciertos paisajes como "casi islas", sin aceptar que la francesa presqu''ile se traduce al castellano por península. Las traducciones son una verdadera tortura, sí.
También en no escasas situaciones, ya ciñéndonos a las publicaciones de elaboración nacional, las confusiones, los errores, las manipulaciones, las vulgares mentiras interesadas abundan como la arena en el Sáhara. Y la añadidura de plagios incesantes, también quizás porque pagan mal a sus autores. Y el consiguiente mantenimiento de datos que se alteraron veinte años atrás. Lo que es incluso peor: el sometimiento descarado a los folletos promocionales y publicitarios de organismos e instituciones, hayan financiado o no la edición. ¿Cuántos lamentos escucha uno de viajeros por Extremadura, por ejemplo, que creyeron de buena fe las oficiales alabanzas a su gastronomía, incluso en lugares concretos, y que luego no encontraron -en villas como Alcántara, sin ir más lejos- ni siquiera un mal bocadillo en un mal bar? ¿O de viajes inútiles a lugares cerrados a cal y canto desde años antes? ¿O de precios que resucitan multiplicados por diez? ¿O de direcciones y teléfonos más antiguos que el señor Fraga?
Kohnstamm ha hecho bien contando sus bribonadas, aunque las exagere, y denunciando lo que es experiencia de casi todos. Claro que deberá añadir en su libro de memorias golfas que no todos los autores son como él, que hay guías trabajadas y magníficas y, en fin, que ningún viajero sensato saldría de casa sin cuatro o cinco en la maleta, para saber cómo moverse y cómo elegir, fiándose de algo más que de su ojo.