Cien años de Lowry por Javier Reverte

Lowry fue un escritor extraño, distinto a todos. Y su honda religiosidad, mezclada con un ateísmo feroz, un enigma.

Javier Reverte

En este 2009 que termina se cumplieron los cien años del nacimiento de uno de los más importantes y más vesánicos escritores del siglo XX, muerto en 1957, no se sabe muy bien si por accidente o por voluntad propia. Me refiero a Malcolm Lowry, el autor de esa diabólica novela llamada Bajo el volcán, un libro en donde nos narra la trayectoria hacia la autodestrucción del protagonista, el cónsul británico Geoffrey Firmin, desterrado por propia voluntad en una ciudad mexicana a la que fácilmente todo el mundo puede identificar con Cuernavaca, situada a los pies del gran volcán de Popocatépetl y a unos cien kilómetros de la capital del país, México D.F. Malcolm Lowry vivió allí durante unos años y la novela, en cierta forma, puede ser considerada una suerte de autobiografía literaria, en donde la realidad vivida juega atinadamente con la desmesura de la ficción. El mismo autor bebía hasta el agotamiento y entendía el alcoholismo como una suerte de inmolación, como un verdadero camino de redención de culpas que solamente podía conducir a la tragedia y a la propia muerte.

"Yo he escrito algo nuevo sobre el Infierno", solía decir a sus amigos. En cierta medida, sería casi justo corregirle y señalar que lo que hizo, con su vida y con su libro, fue aproximarse más que la mayoría de los seres humanos al Infierno, hasta acariciar las barbas del mismísimo Satanás. Y el resultado de ello fue ese grandísimo libro, exasperante a veces y siempre abismal, que es Bajo el volcán.

Con motivo del centenario acaba de aparecer una nueva biografía firmada por Gordon Bowker y titulada Perseguido por los demonios. No mejora la clásica de Douglas Day, aunque aporta algunos datos nuevos sobre la muerte del escritor, aproximándonos un poco más a la certeza de que, en realidad, se suicidó. Y, sobre todo, nos revive la figura de uno de los escritores más turbadores del siglo que terminó anteayer. Los lowrianos, que constituimos casi una especie de secta, deberíamos haberle rendido algún tipo de homenaje

Fue un vagabundo toda su vida. Vivió en Londres y París en sus primeros años, viajó por España e Italia y se estableció en la ciudad mexicana de Cuernavaca en 1936. En Oaxaca pasó las Navidades del 37 en la cárcel, después de una tremenda borrachera de mezcal, un hecho que recuerda con ánimo tembloroso en su novela. En el 39 se largó a Vancouver (Canadá), en donde vivió trece años, viajando intermitentemente a Nueva York, México y Haití. En el 49 vagó por Italia y Francia y en el 50 se trasladó definitivamente a Inglaterra. Allí murió el 27 de junio de 1957, en el condado de Sussex, borracho y atiborrado de barbitúricos. Dejó escrito un raro epitafio que figura en la lápida de su tumba:

"Malcolm Lowry
un paria del Bowery
su prosa florida
fue vehemente y transida
Vivió por las noches
y bebió todo el día
Y murió tocando el ukelele".

Su novela no le gusta a todo el mundo. Y mucho menos el resto de su obra. Es un escritor extraño, distinto a todos. Sus poesías son opacas y turbadoras. Y su honda religiosidad, mezclada con un ateísmo feroz, un enigma. Revisó su gran novela hasta la exasperación. E incluso el original se le quemó en cierta ocasión y hubo de rehacerlo. A estas alturas, todavía no estamos muy seguros de si era un genio o un loco. Desde luego, no fue en ningún caso un impostor. Adoraba leer una y otra vez el Fausto de Marlowe.

Le seguiremos leyendo todavía, muchos años después de su muerte. El borracho insigne, que en este año hubiera cumplido los cien, aún nos dice cosas que nuestro corazón oculta y malamente entiende. Lo hacía mientras viajaba por el mundo como si montase en una noria enloquecida.