De San Millán de la Cogolla a Haro, de la palabra al vino

La Rioja es un territorio en mitad de todo. En sus viejos monasterios nació la lengua castellana y a un paso de aquellas primeras palabras creció la vid con la que se elabora desde hace siglos uno de los vinos más conocidos del mundo.

Manuel Mateo Pérez
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En mitad de todo. La Rioja está en mitad de todo. Se diría que en ella confluyen todos los caminos, a orillas de las aguas del río Ebro, bajo los pies rocosos del Sistema Ibérico, allí donde se extienden los campos de vid y en las bodegas se elaboran los vinos cuyo apellido lleva el mismo nombre de esta tierra. Pero hay más. En La Rioja del vino a los orígenes de nuestra lengua hay apenas un paso. En el siglo X un monje del que se desconoce su nombre escribió junto a un texto de San Agustín doce líneas que han sido consideradas el kilómetro cero de la lengua castellana. Aquel texto fue escrito en romance antiguo, el modo más habitual de comunicación de aquellas gentes, más fáciles de comprender que cualquier texto en latín.

La Rioja ofrece alternativas al enoturismo, por ejemplo el monasterio de Suso, cuya arquitectura mozárabe, visigoda y románica esconde una historia amplísima a sus espaldas. | Luis Davilla

Todo aquello ocurrió en San Millán de la Cogolla y el texto que constituye la partida de nacimiento de la lengua castellana figura en la Glosas Emilianenses. Pero aquel lugar literario y fundacional aún tenía guardada una nueva sorpresa. Tres siglos después de la redacción de las Glosas Emilianenses otro monje conocido como Gonzalo y natural de la localidad de Berceo se convirtió en el primer poeta castellano en firmar su obra. El autor de “Los milagros de Nuestra Señora” escribió en el monasterio de Suso unas rimas llenas de humanismo, adornadas con metáforas sencillas y versos medidos. El impulsor del denominado Mester de Clerecía dejó escrita una declaración de principios: “Quiero fer una prosa en roman paladino,/ en el cual suele el pueblo fablar a su vecino”.

Suso está oculto entre las sierras de Urbión y la Demanda. Su construcción se fecha entre los siglos VI y XI. En el rezó San Millán hasta que fue sepultado en una tumba abierta en la basílica rupestre. A mitad del siglo X a Suso llegaron monjes mozárabes que le dieron ese aire extraño y orientalista que aún hoy alienta el interior del templo.

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Junto a Suso está Yuso, que en latín significa abajo. A diferencia de la sobriedad y la modestia que caracteriza al primero, Yuso es un monasterio colosal y de aires herrerianos, un tesoro en su interior simbolizado por las obras de arte que cobija y cuya biblioteca atesora más de trescientos documentos originales del siglo X en las décadas en que la lengua castellana echaba a andar. Códices, incunables y libros de cantoral están ordenados en los anaqueles del templo. Hay un museo de pintura, un claustro donde se sintetiza la más dulce historia del arte y una colección que para sí quisieran ciudades de mucho renombre.

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Haro no está lejos. Es la capital de la Rioja Alta, húmeda, ancha y fértil, a un paso de las tierras bajas alavesas, en el corazón de una de las regiones vitivinícolas más importantes del mundo. En esta tierra de arcilla calcárea crecen millones de cepas. La historia recuerda que fueron los romanos los primeros en elaborar vinos en estos mismos lugares. Muchos siglos más tarde, los monjes recluidos en los cenobios de esta región retomaron el cultivo de la vid y abrieron las primeras bodegas. Hubo que esperar hasta el siglo XVI para que los vinateros fundaran la primera asociación. Luego los franceses mejoraron el cultivo y hoy los vinos de La Rioja están considerados entre los mejores del mundo. 

En el bullicioso barrio de la Estación de Haro se cita el mayor número de bodegas de La Rioja. Son lugares míticos,  aromatizados de vapores etílicos y balsámicos. Estas bodegas iniciaron el proceso de renovación de sus caldos siguiendo aquellos métodos galos que preconizaban la elaboración y crianza en barricas de roble. Haro, además, es una ciudad monumental, amable y abierta donde el viajero disfruta admirando palacios como el de Paternina y de la Cruz, la iglesia de Santo Tomás o la basílica de Nuestra Señora de la Vega. A últimos de junio, el día de San Felices, Haro celebra la batalla del Vino. Es la gran fiesta dionisiaca de la región.