Perú, de los Andes a la selva

La mística de Machu Picchu, las misteriosas Líneas de Nazca y la tenaz identidad de los pueblos de los Andes reflejan una cara esencial, pero sólo una, de los como mínimo tres universos que conviven en este país suramericano: las sierras andinas, la costa y la selva amazónica.

Elena del Amo

En Perú confluyen tres universos -el mundo andino, la costa y la Amazonía- que no resultan plato ligero de digerir en un mismo viaje. Las dimensiones que se gasta el país hacen que recorrerlo entero sea labor de media vida. Además, más allá de lo geográfico, su territorio se adorna con un alarde de ciudades coloniales y legados preincaicos, amén de colecciones de desiertos, junglas, playas y cumbres eternamente nevadas.

Difícil abarcar con rigor semejante diversidad de paisajes y gentes, salvo que se tengan meses por delante para explorarlo. Espinoso en un viaje convencional enfrentarse a tantas y tan sofisticadas culturas que, como la chavín, la mochica, la nazca o la chancay, vieron desarrollarse estas tierras antes que los incas. Pero si pese a todo se asume el reto de asomarse a las esquinas más apasionantes de Perú, desde Iquitos hasta el Valle del Colca irá hilvanándose uno de los destinos más completos, arrebatadores e imprescindibles de América.

Con certeza, no hay en Perú un escenario más discordante con la majestuosidad del Machu Picchu que el zafarrancho vegetal de la Amazonía. Aunque poco poblado, este infierno verde alfombra el 60 por ciento de su territorio. Después de Brasil, Perú se lleva la segunda gran tajada del mayor río del mundo, que se desgaja una y mil veces en un sofocante laberinto de caños y afluentes como el Marañón o el Ucayali.

El barco es la única forma sensata de penetrar por esta porción del Amazonas, ya sea a bordo de un puñado de embarcaciones de lujo en barcazas que ofrecen a su pasaje la experiencia única de dormir al ras balanceándose en una hamaca, mientras entre la espesura rebotan los sonidos de la noche en la selva. El punto de partida de estos cruceros es el puerto fluvial de Iquitos, una ciudad a orillas del río crecida al calor de la fiebre del caucho, que a finales del siglo XIX la engalanó de edificios elegantes y atrajo a buscavidas de todo pelaje. Y como escenario favorito de la singladura, la Reserva Pacaya-Samiria, más grande que Bélgica y dueña y señora de una biodiversidad digna del Libro Guinness.

Binoculares en mano, los días se suceden entre el fluir manso de sus aguas, avistando aves tropicales y perezosos en lo alto de las copas, o atreviéndose por canales verdosos o estremecedoramente negros para tentar un encuentro con caimanes, delfines rosas y, con mucha suerte, algún manatí o una anaconda serpenteando entre las marañas de jacintos que anegan los cauces. Sólo en pocos momentos habrá de ponerse pie a tierra para vagabundear por poblados ribereños levantados sobre pilotes o algún tramo de esa selva donde su gente encuentra remedios ancestrales contra todo mal.

De Iquitos hay que salir volando, porque sigue sin haber carretera capaz de unirla al resto del mundo. Y la escala casi inevitable será Lima, con su cogollo colonial sembrado de balconadas y casonas opulentas en los alrededores de plazas como Armas y San Martín.

La Lima de hoy merece mayor reconocimiento. Hace apenas quince años sería impensable pasearse con la tranquilidad de ahora por calles que condensan el poderío de los días del Virreinato, como Mercaderes o Jr. de la Unión. Pero últimamente el centro ha recibido unos cuidados que llevaba tiempo pidiendo a gritos. Aunque todavía queda por hacer, muchas de sus fachadas han sido restauradas. Si durante el día la atención la reclaman los más de 600 monumentos y edificios coloniales que le valieron a esta ciudad fundada por Pizarro el título de Patrimonio de la Humanidad -que no iba ser ella menos que Cuzco, Arequipa o el Machu Picchu-, las incombustibles noches limeñas calientan motores en la legión de restaurantes a la última que, también en los últimos tiempos, la han avalado como la más efervescente capital gastronómica del continente. Lima, que aloja a cerca de ocho de los casi 30 millones de habitantes del país, queda casi en el centro de los más de 3.000 kilómetros del litoral peruano, con ambientes casi caribeños en algunas de sus esquinas y, en otras, tapizado de esteparios eriales de desiertos y pampas. Y con rincones secretos como las exclusivas playas de Máncora, a un millar de kilómetros al norte por la carretera Panamericana o, unos 450 al sur, mundialmente conocidos como las misteriosas Líneas de Nazca.

Lo más desconcertante de esta multitud de enormes figuras grabadas sobre el desierto es que sólo pueden apreciarse bien desde el aire, lo cual ha dado pie a todo tipo de especulaciones con respecto a la intención y el origen de sus constructores. Aunque los poco amigos de lo paranormal le reconocen el mérito a una de tantas civilizaciones fabulosas como dio Perú: la cultura nazca, florecida entre los años 200 a.C. y 600 d.C.

Pero a mitad de camino viniendo de Lima sería un pecado no detenerse en el pueblo pesquero de Paracas para consagrarle una mañana a las Galápagos peruanas. Al poco de dejar la costa en una motora, entre la neblina del Pacífico comienza a perfilarse sobre una pendiente de arena el trazo de un geoglifo en forma de gigantesco candelabro que muchos relacionan con las Líneas de Nazca. Pero el verdadero espectáculo lo despacha, a una media hora de navegación, el griterío de las bandadas de cormoranes, pelícanos, piqueros y otras aves guaneras que, en formación, sobrevuelan los fantasmagóricos arcos de piedra de las Ballestas, unos desconcertantes islotes deshabitados por los que retozan grandes colonias de lobos marinos y pingüinos de Humboldt.

Y del nivel del mar pasamos a los casi 3.500 metros sobre los que se levanta Cuzco, el "ombligo del mundo" para los antiguos incas, cuyo apogeo apenas duró un siglo, aunque bastó y sobró para expandirse por buena parte de Suramérica y para ser reverenciado como uno de los grandes imperios de la historia. Si a las Ballestas las comparan con unas Galápagos en diminuto, con Cuzco tampoco se quedan cortos. A este epicentro de la identidad andina le dicen "la Roma de América" por sus enjambres de iglesias, cúpulas y palacios, sus plazas de fachadas coloniales, sus calles adoquinadas llenas de balcones y caserones recubiertos de teja, o por barrios bohemios del encanto de San Blas, con sus talleres de artistas y su olor a pan recién hecho.

La mística de este baluarte cardinal del universo inca pudo preservarse en antiguos recintos ceremoniales como el de Sacsaywamán, donde cada junio vuelve a celebrarse el Inti Raymi después de que, en 1945, un grupo de intelectuales lograra revivir esta casi teatral fiesta de culto al sol. Pero Cuzco, que pasó a oficiar como una hermosa y opulenta ciudad del Virreinato, lo que de verdad respira por cada uno de sus poros es ese sincretismo entre lo indígena y lo heredado que se palpa tanto en el día a día de sus gentes como en las pinturas y tallas de la escuela cuzqueña, que exhiben sus conventos y museos donde las vírgenes, de grandes cuerpos triangulares como los apus o montañas sagradas, se confunden con la Pachamama, la Madre Tierra que hace renacer las cosechas y multiplica el ganado.

De Cuzco arranca rumbo a Machu Picchu el espectacular trekking por uno de los Caminos del Inca que antaño confluían en la ciudad. Y de sus inmediaciones parte también la mucho más cómoda ascensión en tren que, en un par de horas entre paisajes de quebradas y maizales, llega a Machu Picchu para, ya sí, presentarle sus respetos a la ciudadela que se cree sirviera de palacio y santuario durante el esplendor del imperio. O rumbo al fértil Valle Sagrado, por el que van descollando pueblitos de sabor indígena como Pisac, con su colorido mercado y su arquitectura colonial, u Ollantaytambo, orlado de graneros y de andenes que contienen los cultivos en terraza que trepan por sus lomas. Construidos todos por los incas y tan en uso como entonces.

El alma a Perú habrá que buscársela por esta columna vertebral de sierras andinas que, entre sacrificadas geografías de valles y nevados, parte en dos el país, separando la Amazonía y la costa, y prolongándose por el altiplano de la Puna, que alcanza hasta mucho más allá de esa frontera natural con Bolivia que es el lago Titicaca. De las aguas de este inmenso lago, enclavado a más de 3.800 metros de altura, emergió, según la leyenda, la primera pareja, Manco Capac y Mama Ocllo, elegidos por el dios Sol para fundar en Cuzco la capital del futuro imperio incaico. Sin embargo, son los uros quienes reivindican ser los verdaderoshombres lago.

Impulsados por sus barcas fotogénicas de totora, los uros habitan en primitivos poblados por algunas de las islas del Titicaca, orgullosos de pertenecer a una estirpe diferente a la de los aymaras y quechuas, que deambulan por una ciudad ribereña con aspecto de estar a medio hacer que responde al nombre de Puno, o por la mucho más espléndida Arequipa, ubicada al otro lado de los Andes, en dirección a la costa.

Esta preciosa urbe, que aparece totalmente cercada por volcanes, ha recibido en los últimos años tanta inmigración desde Puno que la estampa de las quechuas, con sus faldas de pollera y su bombín a la cabeza, ya casi no desentona con las bóvedas, arcadas y patios que hermosean los edificios de estilo barroco mestizo, que en clarísima piedra de sillar tapizan las callejuelas y las plazas de su fabuloso entramado colonial.

Reposada y amable -aunque con una animada vida nocturna-, con un clima que es una bendición y sembrada de tesoros de la talla del monasterio de Santa Catalina o la iglesia de la Compañía de Jesús, hay que hacer acopio de una buena dosis de voluntad para abandonar Arequipa y enfrentarse al suplicio de curvas y baches que conduce al Valle del Colca. Aunque lo incómodo del camino se compensa con creces por las vistas que despachan sus paisajes de volcanes nevados de más de 6.000 metros y de explanadas lunares por las que triscan libres alpacas y vicuñas, de las que se extrae la lana más suave y más cara del mundo.

El valle entero, perforado por caminitos en zigzag que hasta no hace tanto usaban las caravanas de llamas que trapicheaban entre el Altiplano y el Pacífico, se salpica de unas ingenuas y pequeñas iglesias que dominicos y franciscanos erigieron por poblados indígenas como Chivay, Yanque, Maca, Pinchillo, Cabanaconde, Lari o Coporaque; de graneros centenarios en los que se guardaba la cosecha, y de mercados en los que collaguas y cabanas, perfectamente identificables por sus trajes y sombreros, despachan artesanías y tejidos.

Pero, sobre todo, por las geografías de este valle olvidado la tierra viene a partirse en dos, dando lugar al segundo barranco más profundo del planeta: el Cañón del Colca, territorio de los cóndores que planean sobre semejante tajo ante el pasmo de los recién llegados.