Más allá de Angkor

La antigua capital del imperio jemer se ha convertido, desde hace una década, en un destino turístico de masas. Aunque su visita sigue siendo la imprescindible guinda de cualquier recorrido por el Sureste Asiático, existen otros templos recónditos, otras ruinas enterradas en las selva camboyanas que harán al viajero sentirse más como un explorador que como un mero turista.

Carlos Hernández

Coincidiendo con el nacimiento del siglo XXI, Camboya emprendía un imperfecto pero esperanzador periodo de paz tras décadas de cruentas guerras. Atrás quedaban los años en que los B52 estadounidenses arrasaron bosques, campos de arroz, pueblos y ciudades en la zona central y oriental del país. Unos bombardeos indiscriminados que se cobraron miles de víctimas y que empujaron a buena parte de la población a sumarse al incipiente movimiento revolucionario de los jemeres rojos. Los libertadores vencieron para, inmediatamente, convertirse en los más crueles verdugos de su propio pueblo. En solo tres años exterminaron a cerca de dos millones de compatriotas en los tristemente célebres "killing fields". Derrocados por el ejército vietnamita en los albores de 1979, los jemeres rojos mantuvieron el país en guerra hasta la muerte de su líder y "Hermano número 1", Pol Pot, en 1998.

La Camboya que conocí a comienzos de los años 2000 seguía atemorizada por ese horrible pasado que había sembrado de cadáveres, minas y bombas sin detonar cada kilómetro cuadrado de su territorio. Era el momento en que el país se abría tímidamente a un turismo "de aventura" centrado en un único objetivo: recorrer, casi en la más absoluta soledad, las ruinas de Angkor, la que fuera majestuosa capital del gran imperio jemer entre los siglos IX y XIII.

Tres lustros después hay que hacer cola para atravesar algunos de los templos y resulta imposible fotografiar su gran joya, Angkor Wat, sin incorporar a la instantánea una horda de turistas occidentales, chinos o japoneses haciéndose selfis con sus teléfonos móviles. La satisfacción que produce este claro síntoma de que la paz y la estabilidad (que no la libertad) se siguen abriendo camino en Camboya no permite disipar la añoranza de sentirse, aunque sea durante un breve instante, el descubridor de misteriosas ruinas devoradas por la selva. Una sensación que invadía a quienes viajaban hace 15 o 20 años hasta Angkor y que aún hoy puede alcanzarse en un puñado de emplazamientos más recónditos en los que todavía no han puesto sus ojos los grandes turoperadores.

Sambor Prei Kuk: el origen

Decenas de coloreadas mariposas aletean sobre los amplios senderos abiertos en el corazón de la jungla. Al fondo, uno de los árboles destaca sobre el resto. Sus raíces se funden con los ladrillos de la puerta por la que hace 1.400 años se accedía al Prasat Yeay Peau, uno de los más de 100 templos que se conservan de Sambor Prei Kuk.

Estamos en las ruinas más antiguas de Camboya, datadas a comienzos del siglo VII. El tiempo y la selva han hecho su trabajo destruyendo pero también redecorando con un estilo único estas construcciones pertenecientes a la mítica ciudad de Ishanapura, capital del reino Chenla. Contemplando el diseño de las torres que quedan en pie, los leones de piedra que presiden la entrada al Prasat Tao y la forma de sus relieves, queda más que claro que Sambor Prei Kuk fue una de las fuentes de inspiración para los geniales arquitectos jemeres de la posterior época angkoriana. La principal diferencia entre ambos estilos radica en los materiales utilizados que evolucionaron desde el ladrillo empleado en estos edificios, hasta la piedra laterita que sirvió para levantar Angkor.

En el interior de algunas construcciones de techos derrumbados aparecen las fálicas lingas descansando sobre los yonis femeninos que representan la fertilidad. La mayoría de las estatuas y los grabados más valiosos han sido saqueados o, en el mejor de los casos, trasladados al museo de Phnom Penh. A pesar de ello, resulta una experiencia inolvidable perderse por el solitario paraje descubriendo los restos de este monumental centro de oración hinduista consagrado al dios Shiva. La única compañía es la de los pastores camboyanos que miran con curiosidad al sudoroso viajero, sin dejar de vigilar unas vacas que pacen lánguidamente entre piedras milenarias.

Prasat Preah Vihear: el cielo y la guerra

A menos de 50 kilómetros de Sambor Prei Kuk se halla Phnom Santuk, la montaña sagrada de la región central de Camboya. Para llegar a la cumbre hay que ascender, junto a peregrinos llegados desde todo el país, los más de 800 escalones de una escalera flanqueada por miles de pequeñas estatuas. Las excepcionales vistas panorámicas son solo comparables a las del "rey" de los templos de montaña camboyanos: Prasat Preah Vihear.

Ubicado en la frontera norte con Tailandia, su valor sagrado y estratégico ha desatado numerosos conflictos diplomáticos y armados entre ambos países; el último en 2011 cuando los combates provocaron al menos cuatro muertos y decenas de heridos. Hoy el panorama en la zona es bien diferente; los militares camboyanos dormitan en sus hamacas y las trincheras reforzadas con sacos terreros se convierten en refugio ocasional para perros y gallinas.

La empinada y deteriorada carretera de ascenso solo puede transitarse en un todo terreno o yendo de "paquete" en la moto de alguno de los jóvenes que aguardan al viajero al pie de la montaña. Las escaleras de piedra que hace siglos escalaban los peregrinos, han sido completamente limpiadas de minas pero nadie parece atreverse a utilizarlas. En la cumbre, a más de 600 metros de altura, se extiende el templo dedicado a Shiva, el dios destructor. A lo largo de más de un kilómetro, de norte a sur, se pueden recorrer los cinco pabellones que conformaban el Prasat Preah Vihear. Hasta siete emperadores jemeres "trabajaron" sucesivamente en su construcción entre los años 889 y 1150. Algunas galerías bien conservadas, varios grabados y sus muros retorcidos por el paso del tiempo permiten hacerse una idea de la grandeza que llegó a tener el recinto. Pero, sin duda, su mayor valor radica en la ubicación, tocando literalmente un cielo pintado con las nubes blancas, negras y grises que durante la época de lluvias arrastran los monzones.

Koh Ker, la otra capital imperial

En el siglo X, durante un breve periodo de 14 años, Koh Ker logró imponerse, aunque no eclipsar, a la gran Angkor y convertirse en la capital del imperio Jemer. Una victoria tan efímera que hoy parece reflejarse en el escasísimo número de visitantes que recibe cada año pese a estar situada a solo 150 kilómetros de su histórica rival. Sin embargo, quienes se aventuren a descubrir su legado encontrarán numerosas y agradables sorpresas.

La mayor de ellas se halla en una gran explanada rodeada de frondosa vegetación. Solitaria y altiva se yergue una extraña pirámide de siete niveles y cuarenta metros de altura que recuerda a las edificaciones realizadas a más de 15.000 kilómetros de distancia por los mayas y los aztecas. Es el Prasat Thom que ofrece, además de misterio, unas espléndidas vistas de la selva y de los campos de arroz que hoy rodean los vestigios de la antigua capital imperial. La mejor forma de conocer Koh Ker es alquilar una bicicleta para descubrir, poco a poco, sus innumerables rincones. En cada recodo del sendero, detrás de la maleza... puede aparecer el decorado soñado por Steven Spielberg para rodar una nueva entrega de su Indiana Jones. Sin duda el lugar elegido por el oscarizado director de Hollywood sería el solitario Prasat Bram, cuyas torres se confunden con las raíces y los troncos de los árboles que las estrangulan sin ninguna piedad.

En el camino de regreso hacia la todopoderosa Angkor se encuentra el que durante años fue uno de los templos más inaccesibles y misteriosos de todo Camboya: Beng Mealea. La espectacular forma en que ha sido absorbido por la jungla y su envidiable estado de conservación ganan por goleada al resto de ruinas ya visitadas. Sin embargo, en la horrorosa pasarela de madera por la que hay que caminar, cientos de turistas armados con sus gorras, sus smartphones y sus palos de selfi vociferan mientras pugnan por hacerse un hueco para realizar el autorretrato más "divertido". En medio de la muchedumbre, una adolescente llora a moco tendido porque su moderno teléfono se le ha caído de las manos. Todos gritan, ríen y gesticulan; nadie parece contemplar las viejas piedras jemeres, salvo los sufridos guías locales que no dejan de buscar el móvil perdido. No hay duda; es hora de dar la vuelta y continuar el viaje por otros caminos más allá de Angkor.