Cosas que hacer en Lima (además de comer muy bien)

Vistas, compras y lugares de moda en los distintos barrios de una ciudad que es más que el principal destino culinario del mundo

Noelia Ferreiro
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Aunque visitar la capital peruana implica darse un merecido homenaje gastronómico, aunque sería un crimen no aprovechar su estancia para descubrir sus templos culinarios, reconocidos a nivel universal, hay mucho que hacer en esta metrópoli más allá de contentar al estómago. 

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Asomada al océano Pacífico y con grandes dosis de proyección cultural, Lima es, ya se sabe, la abanderada mundial del arte de la buena mesa. Una ciudad que asistió a su despegue definitivo de la mano de la gastronomía, con la que protagonizó una revolución sin igual. Hoy muchos de sus restaurantes no sólo están adscritos al firmamento Michelin o a la lista de los 50 Best, sino que además han conquistado los paladares del planeta desempeñando un papel crucial como pilar de identidad del país: Perú ha sido elegido el Mejor Destino Culinario por séptimo año consecutivo y su capital está a la cabeza del boom.

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Pero más allá de la explosión de sus fogones, Lima tiene mucho que ofrecer. Y aunque puede que carezca de la belleza de otras capitales vecinas, se trata de una ciudad interesante que ha sabido conjugar sus orígenes milenarios con el latido más vanguardista.

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Para empezar, no hay que perderse el casco histórico, el lugar donde se congregan los edificios coloniales, los grandes monumentos, la esencia tradicional. Un coqueto centro trazado en tiempos de Francisco Pizarro que tiene su núcleo en la Plaza de Armas, presidida por la Catedral, el Palacio de Gobierno y la Municipalidad. Hay que avanzar por la calle Jirón de la Unión hasta llegar a la Plaza de San Martín, de estética afrancesada. Y hay que entrar en el convento de San Francisco para admirar las escalofriantes catacumbas. 

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Fundamental también es dar una caminata por el barrio más atractivo: Miraflores, que supone la imagen contemporánea de la ciudad, el moderno centro urbano en el que todos quieren vivir. Aquí se encontrarán tiendas, parques y terrazas.  Cafés y reconocidos restaurantes. También se puede bucear en los orígenes milenarios de la urbe visitando la Huaca Pucllana, un centro ceremonial más antiguo que Machu Picchu,  o comprar artesanías en el Mercado Indio, donde hallar cerámicas al estilo precolombino o alfombras de pelo de alpaca.

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Y, por supuesto, hay que pasear por el malecón, al atardecer, para confundirse con las parejas de enamorados que acuden a contemplar, desde los acantilados, cómo el sol se oculta en el océano.

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Más al sur aguarda Barranco, epicentro de la vida nocturna. Hogar de pintores, poetas y bohemios, no hay en toda la ciudad un rincón más pintoresco, como dan buena cuenta las casonas del siglo XIX reconvertidas en locales de moda y el romántico Puente de los Suspiros, que ha inspirado numerosas canciones. Aquí se emplaza MATE, el museo del fotógrafo peruano Mario Testino, junto a (una vez más) innumerables restaurantes donde deleitarse con sus platos deliciosos. Y no faltan, claro, clubs y discotecas para alargar la noche. 

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Otro barrio que merece la pena conocer es el revitalizado Callao, cerca del aeropuerto. Se trata del distrito portuario, antaño degradado y hasta peligroso y hoy, como en tantas otras ciudades, convertido en un rincón de moda. Es el último grito para los hípsters, el lugar donde hierve el arte callejero, los escaparates vintage, las galerías de arte, los cafés con encanto, las tiendas de productos ecológicos… Todo muy cool y alternativo, pero sin perder su atmósfera canalla y marinera. 

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