Arizona, el corazón del salvaje oeste

Es la cuna del Cañón del Colorado, y también un territorio multicultural y de contrastes, que mezcla en su historia las tradiciones del salvaje oeste con las indias y las mexicanas. Los sorprendentes paisajes de Arizona van desde el místico Desierto de Sonora, en el Sur, hasta las nieves de la estación de esquí de Snowbowl en el Norte.

Belén Rico

El saguaro, ese gigantesco cactus visto en infinidad de cintas del Viejo Oeste, está tan presente en Arizona que hasta se ha elegido como distintivo para ilustrar las matrículas de los coches de este Estado. Sin embargo, dentro de sus fronteras no todo son vastas planicies de una extrema aridez mitigada solo por esta planta, que puede alcanzar los 15 metros de altura. Aunque los territorios más meridionales cumplen a rajatabla con el guión cinematográfico, es en el norte, en el borde de la frontera con Utah, en donde está el skyline más famoso de todo el western, el de Monument Valley. Cerca de estas mesetas, entre las que tantas veces cabalgó John Wayne, se encuentran los no menos fotografiados desfiladeros del Cañón de Chelly. Entre las diversas rutas que se pueden realizar por sus angosturas rojizas destaca la que conduce hasta el emblema que lo ha hecho famoso: la Spider Rock, una impresionante y filiforme roca de casi 250 metros de altura que se impone a la erosión y al paso del tiempo.

Pero en un Estado salvaje y extenso como este, los paisajes son tan diversos que hay lugar para dejarse sorprender por el producido por un gigantesco meteorito que impactó hace 50.000 años, el conocido como Meteor Crater. La roca, que, según los cálculos científicos, pesaba 300.000 toneladas, dejó un desconcertante hueco que en la actualidad tiene más de un kilómetro de diámetro, 170 metros de profundidad y 45 desde su borde al suelo de la llanura circundante. No muy lejos de allí, también en la zona central pero un poco más al Este, se encuentra el Bosque Petrificado, un importante conjunto de restos de madera fosilizada que recuerdan que lo que antes fue una frondosa zona forestal es ahora el Desierto Pintado, otro de los lugares más bellos de Estados Unidos. Y en uno de los territorios con más fama de áridos de todo el país también se encuentra su segunda mayor concentración de agua: el popular Lago Powell, un espejo enmarcado en las paredes del Cañón Glen, que se extiende hasta Utah y que permite la práctica de todo tipo de actividades acuáticas. Aunque abarcar todos los atractivos de Arizona requiere tiempo, un recorrido por los principales núcleos urbanos y sus monumentos naturales más próximos permite hacerse una idea de su ingente cantidad de rincones de cine.

Situada al sur, la antigua capital, Tucson, es una ciudad en permanente idilio con el desierto. El viajero necesita solo unas horas allí para descubrir la presencia de su historia, en la que se mezclan la cultura nativo-americana con la española y la mexicana. Por lo primero que sorprende es por su dispersión en el territorio y su horizontalidad: nada que ver con las viejas urbes europeas o incluso las grandes concentraciones de la costa oeste. No es ya que los barrios residenciales se entremezclen con los centros comerciales dibujando el típico mapa de las megalópolis estadounidenses, es que sus urbanizaciones residenciales se han trazado sin agobios, al arbitrio de sus moradores, con vacíos en los que crecen salvajes el saguaro y otras especies desérticas como el palo verde, el chumbo y el ocotillo. La ciudad es un enclave único para los amantes de western y de la historia, pero cuenta también con un interesante downtown de aire californiano y ambiente más hippy, especialmente el área formada por el cruce de Fourth Avenue y Congress Street. En estas dos calles se mezclan las tiendas de artesanía mexicana y ropa de diseño, con restaurantes, bares y animados clubes de música en vivo en los que rematar la jornada

Desiertos y herencia colonial

Para conseguir las mejores imágenes de puestas de Sol, lo ideal es coger el coche y conducir poco más de media hora hacia el oeste para adentrarse en el Parque Natural Saguaro. Esta subyugante región se puede comprender con más profundidad en el popular Museo del Desierto, concebido como una mezcla de jardín botánico y parque zoológico. El itinerario es al aire libre y puede durar varias horas, así que conviene madrugar o el calor puede hacer naufragar los ánimos de realizarlo completo. Además, el centro ofrece unas grandiosas vistas de uno de los lugares más mágicos y a la vez más dramáticos del planeta: el Desierto de Sonora, en el que se ubica el parque y que se extiende hasta el vecino México. Además, Tucson, anexionada definitivamente a los Estados Unidos en 1854, está rodeada por antiguas misiones que recuerdan que Arizona fue un territorio de la Corona de España. Los religiosos del Viejo Continente se esforzaban por inculcar la fe católica a las tribus indígenas, de las que hay constancia de su existencia hace más de 10.000 años. Muy cerca de la ciudad está la más importante, la Misión San Xavier del Bac. Fundada por el Padre Kino a finales del XVII, es hoy uno de los edificios más antiguos de Arizona. De gran belleza, aunque peor conservada, también destaca la Misión San José de Tumacácori.

Modernidad y cultura

Si el viajero toma dirección norte por la carretera I-10 llegará a Phoenix, a solo 190 kilómetros, pero en las antípodas como ciudad respecto a Tucson, pues si la antigua capital se recrea en su rico pasado histórico, la nueva parece que únicamente quiere mirar al futuro y crece a un ritmo vertiginoso, supera ya los cuatro millones de habitantes. No hay más que visitar su Museo de Arte Contemporáneo para descubrir su carácter mucho más vanguardista, cosmopolita y ambicioso. A pesar de su mala fama -se dice que Phoenix es Las Vegas sin casinos y Los Ángeles sin playas-, solo este centro demuestra lo que ha cambiado esta gran urbe en los últimos años. El museo está situado en Central Avenue, la arteria más animada y en la que merece la pena pasear atentos a su atrevida arquitectura contemporánea.

Pero que Phoenix no se embelese en su pasado no significa que carezca de él. Hay constancia de que estuvo ocupada por los indios hohokam desde el año 300 a.C. hasta que en 1450 abandonaron súbitamente esta tierra, al parecer debido al castigo de un clima caprichoso que alternaba las sequías con las inundaciones. No hay noticias del siguiente asentamiento hasta el fuerte McDowell, en 1860. Inmediatamente se abrieron los antiguos canales de irrigación de los indígenas, lo que permitió su rápida refundación. Esto dio origen a su nombre, pues el colono inglés Darrell Duppa aseguró quela ciudad había renacido de las cenizas de la cultura hohokam.

Hay que aprovechar la visita a Phoenix para acercase hasta Scottsdale, un área residencial a escasos veinte minutos si no hay mucho tráfico y en la que se alternan las lujosas urbanizaciones privadas con los campos de golf. Allí se encuentra el estudio del famoso arquitecto Frank Lloyd Wright. Situado ya fuera del núcleo urbano y conocido como Taliesin West, es hoy un centro de peregrinación para arquitectos de todo el mundo. Resulta toda una experiencia pasear por esta famosa vivienda, un ejemplo de sutileza que se mimetiza con el paisaje desértico que la rodea hasta llegar a desaparecer.

Entre colosos verdes

Dejando atrás el desierto y reanudando rumbo al norte, en menos de dos horas el viajero pasará de un paisaje de cactus altísimos, pequeños matojos y montañas desnudas por la erosión de un clima cruel con las formas de vida más débiles a un entorno verde con rica vegetación de montaña. De repente se irrumpe en un bosque de pinos ponderosa, esas coníferas gigantescas que son el emblema del Estado de Montana, pero que abundan también en esta región.

En mitad de esa zona de transición formada por varias cadenas montañosas y estrechos valles paralelos se encuentra Sedona, un maravilloso pueblo acorralado por serranías de color naranja. Hasta allí llegan durante todo el año un gran número de excursionistas para realizar actividades al aire libre, desde ciclismo a rutas en jeep. La belleza de los altos muros de las mesetas rojizas que enmarcan su paisaje ha convertido a esta localidad, desde mediados de los 60, en un foco de atracción para bohemios y artistas que establecieron allí sus ahora carísimas residencias.

Poco se puede percibir del viejo ambiente new age de sus repobladores entre los restaurantes y las tiendas de recuerdos que componen ahora el centro urbano. Sin embargo, a diez minutos en coche se accede al paraje de la Capilla de la Santa Cruz, un edificio hipnótico que se eleva 21 metros sobre un acantilado de roca granate y que ofrece unas vistas espectaculares de Sedona. Esta pequeña y delicada construcción de 1956, una premiada obra del estudio Ansehen Allen, encierra en su asombrosa panorámica la clave del panteísmo que emana este entorno.

La joya del Estado

En una hora por la carretera AZ-89A, el viajero alcanzará Flagstaff, perfecta como campamento base para visitar el Gran Cañón. Atravesada por la mítica Ruta 66, en verano está frecuentada por trotamundos y en invierno por estudiantes de la Universidad del Norte de Arizona que se alternan para auparla como una de las ciudades con más vida nocturna de todo el Estado. Aunque hay muchos moteles de carretera, dos hoteles se han convertido en toda una institución: el Montevista y el Weatherford. Alrededor de ellos hay dos o tres manzanas repletas de restaurantes de diseño, bares cool, tugurios, discotecas y tiendas, la mayoría especializadas en ropa y material para las actividades de montaña. Y es que Flagstaff, además de animada, es ideal para los amantes de los deportes de invierno. A tan solo 16 kilómetros del pico Humphrey''s, el punto más alto de Arizona, cuenta con su propia estación de esquí: Snowbowl.

Pero la principal maravilla del norte del Estado es el espectacular Gran Cañón. Esta apabullante y profundísima garganta formada por la erosión del río Colorado mide 350 kilómetros de longitud por 30 de ancho y 1,5 de profundidad. Las dimensiones de la impresionante grieta, que se ramifica en varios desfiladeros, son tales que hacen falta cinco horas de coche para ir de un borde a otro. Quizás por eso la mayor concentración de turistas se produce en la orilla o Rim Sur, de más fácil acceso. En cualquier caso, la magnificencia del paisaje eclipsa la mayor o menor presencia de visitantes en los primeros metros de sendero panorámico. El pase para entrar en el Parque Natural, que no supera los 30 dólares por vehículo, da acceso a las dos orillas durante toda una semana, así que, si se dispone de tiempo, lo ideal es dedicar varios días a visitar este prodigio de la naturaleza, tan impresionante que los primeros minutos puede producir una sensación de irrealidad. Se puede sobrevolar en avioneta o simplemente contemplar paseando por su red de caminos, pero conviene advertir que, si se quiere realizar alguna actividad más especial, tipo rafting, se debe planear con suficiente antelación porque hay listas de espera de más de un año para descender por el legendario río.

Tombstone: el duelo más famoso del Oeste

A cien kilómetros de Tucson se encuentra Tombstone. Allí sucedió el tiroteo más famoso del Oeste, reproducido luego en varias películas como Pasión de los fuertes o Duelo de titanes. Todas recrean con más o menos fidelidad la historia real de lo que ocurrió el 26 octubre de 1881 en este antiguo pueblo minero con fama de ser el más violento del Oeste y que contaba con cuatro iglesias, una escuela, varios burdeles y 8.000 pioneros. Hacia las dos de la tarde, el pistolero Doc Holliday, el agente de la ley Wyatt Earp y los hermanos de este acabaron con la vida de tres supuestos ladrones de la banda de los Clanton en poco menos de un minuto. Fueron acusados de asesinato, los cargos fueron retirados y el asunto quedó sin aclarar hasta que los guionistas de Hollywood simplificaron la cuestión. Hoy es una localidad dedicada al turismo y la calle principal parece un decorado de cine. Tanto el Birdcage Theater, el antiguo salón de juego y a la vez el prostíbulo con peor reputación del Lejano Oeste, y el escenario del tiroteo, un solar junto a la calle Fremont, permiten hacerse una idea de las condiciones de vida en los territorios calificados de Salvaje Oeste.

La reserva de los navajos

El nordeste de Arizona es conocido como el País Indio debido a las reservas de navajos y hopis que alberga. En la ocupación del Oeste en busca de tierras para la ganadería, la agricultura y, sobre todo, impulsada por la fiebre del oro, las tribus indias fueron masacradas o deportadas a territorios que recibieron la denominación de reservas y que se encuentran por todo el país. La actual reserva de navajos se extiende por esta zona de Arizona, el oeste de Nuevo México y el sur de Utah, donde comprende las cinematográficas mesas de Monument Valley. Ha crecido desde el tratado de 1868 y hoy es la mayor del país. Dentro de sus límites se habla tanto inglés como navajo, la emisora de radio emite en esta última lengua y cuenta con su propio periódico, el Navajo Times. Las reservas indias se rigen por sus propias leyes siempre y cuando no entren en contradicción con las estatales, por eso en muchas hay casinos, un privilegio que comparten con Nevada y Atlantic City. Aunque esta faceta les reporta beneficios, la infraestructura turística no está muy desarrollada. Pero merece la pena conocer el modo de vida de este pueblo y contemplar el bellísimo paisaje.

Una gastronomía multicultural

La historia multicultural de Arizona, en la que se han solapado los pueblos indígenas y el mexicano antes de la colonización de una población anglosajona, puede descubrirse en los libros, pero también en la cocina. Por todo el Estado, aunque de forma más especial en las ciudades cercanas a la frontera, como Tucson, hay muy buenos restaurantes mexicanos en los que degustar los famosos burritos, tacos, enchiladas o tamales, que se suelen acompañar con uno o dos margaritas, el cóctel estrella de Arizona. Lo más popular de la cocina nativo-americana es el famoso taco navajo, con la masa de harina frita, o el frybread, que es su vertiente dulce. Menos abundante pero también importante es la cocina vaquera, con las baked beans, casi cualquier cosa a la barbacoa y los biscuits n''gravy, unos bollos servidos con una salsa especial que contiene carne de cerdo y que se sirve caliente. Y no se puede regresar sin haber pasado por uno de los famososdiners, esos típicos locales con una barra baja en los que poder sentarse a tomar completos desayunos, heredados de la colonización inglesa, que contienen desde huevos revueltos hasta tortitas con tostadas, beicon o salchichas. El mediodía y la noche son perfectos para probar las célebres hamburguesas, que también cuentan con versión vegetariana.