La desembocadura del Miño: entre castros y langostas

Allá donde el Miño va a morir, la gastronomía cobra un sentido muy especial. 

Yolanda Guirado
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Foto: www.riasbaixas.info

La Guardia se despide del río Miño cada día. Es en este pueblo gallego donde desemboca. Estamos en la provincia de Pontevedra. Aquí, los días en los que la marea está muy baja se puede llegar nadando hasta Portugal. Para admirar este paraíso natural a vista de pájaro, subimos al Monte de Santa Tecla. Desde este mirador de las Rías Baixas, la inmensidad del Atlántico da vértigo.

Monte de Santa Tecla

“Ir a Pontevedra y no subir al monte de Santa Tecla es como ir a Roma y no ver el Coliseo.” Nos dicen por estas tierras. Y es que este sitio cuenta con un enorme valor arqueológico. (Santa Tecla. Italia la dejamos para otro día). Este castro nos viene a la cabeza cuando hablamos de cultura castreña- romana. Sí, estamos en uno de los castros más importantes del noroeste peninsular. 

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Aquí el tiempo cunde. Y mucho. En solo 2 días conocemos a fondo este pueblo marinero. Ay si el mar hablara. Playas, rutas de senderismo, casas indianas, visitas a monumentos religiosos y fortificaciones defensivas de la época. Y por supuesto, días de gastronomía y rosas. Aquí son doblemente ricos en cocina. Disfrutamos de la gallega mientras nos damos cuenta de que los platos portugueses enriquecen estas cartas. Aún más. 

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Deseada. Muy deseada

La langosta. Una de esas joyas marinas que tiene esta tierra. Como los pescados frescos. En el muelle, podemos visitar la lonja. Pez espada, centollas, dorada o rape. Estas especies son las mayores capturas que los pescadores guardeses realizan a diario. Con permiso del mar. Al regresar, en la antigua ribera los espera el Monumento al Marinero Desaparecido. Una mujer cuyo rostro refleja la incertidumbre. La espera a los marineros entre calles estrechas y casas de colores.

Casa Olga

La hora de la comida nos pilla pensando en comer. La Casa de la Abuela nos recibe con aromas irresistibles. 25 años de cocina sencilla. Típica lugareña. Carlos solo piensa en acoger a todos los que llegan con los brazos abiertos. No nos perdemos los chipirones a la plancha ni la ensalada de bacalao con erizos.  Y en Casa Olga la especialidad es el marisco. La langosta la preparan en salsa vinagreta. Especialidad de la casa. Como el bogavante, las nécoras o los percebes. Y la empanada de zamburiña y vieiras, que bien merece una dedicatoria.

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Sobremesas crema… de orujo

Platos para acompañar con un Albariño. Para conocerlo como se merece, visitamos sus bodegas. Un paseo entre viñas nos recuerda que de estas uvas sale “uno de los mejores vinos blancos del Mundo”. Y tan famoso como los aguardientes. En Galicia, la comida siempre termina con un blanco. De hierbas. De café. O la famosa crema de orujo. Sabores artesanos. De productores gallegos que aman y conocen las propiedades de esta tierra.

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Y este pueblo que no se concibe sin el mar. Ni sin uno de los ríos más caudalosos. Ni sin la Festa da Langosta en julio. Ni sin los pescadores y esos castros que nos dejan con la boca abierta. Es en este pueblo donde el caminante hace camino al andar. Donde ese “buen camino” cobra todo su significado. Donde Santiago y su catedral se van sintiendo más cerca. El Camino Portugués pasa por aquí. Tal vez el más íntimo de todos.

Al otro lado del río

Cuando la Naturaleza se explaya de esta forma, hay que aprovecharla. Siempre. Y eso hacemos aquí. Los deportes de agua son parte del paisaje. ¿Nos atrevemos con la vela y el piragüismo? No nos arrepentiremos. La tarde, en una de las playas fluviales. Ya sea en Galicia o en Portugal. Eiras y Vilanova de Cerveira, dos vecinas en diferentes países.

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Y frente al Bajo Miño, Caminha. Llegamos a tierras portuguesas. Aquí el río alcanza su punto más ancho. En una mañana le tomamos el pulso a esta ciudad medieval amurallada. Él también despide cada día a ese río que desemboca en el Atlántico para hacerlo aún más majestuoso. La iglesia Matriz, la torre del reloj, el fuerte de Insúa o el puente románico de Vilar de Mouros.

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Cuando preparamos el viaje en www.riasbaixas.info, tampoco olvidamos playas como las de Moledo. Arena dorada y mucho viento la convierten en paraíso para surfistas, que esto es el Atlántico. 48 horas dan para mucho en este paraíso. Naturalmente, natural.