Un paseo por el Retiro

Vibrante de vida y al mismo tiempo de calma, este oasis con casi 400 años de historia forma parte del día a día de los madrileños y se ha convertido en todo un símbolo de la capital. En otoño, este pulmón verde se pinta de amarillos y ocres y no hay mejor estación del año para recorrerlo.

Alejandra Puertas
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Foto: ro9drigo/Shutterstock

Traspasar cualquiera de las 18 puertas del Retiro significa adentrarse en una especie de universo paralelo en el que el ruido, las prisas y el ritmo del asfalto no tienen cabida. En pleno centro de la ciudad, a dos paso del Museo del Prado y de la Cibeles, los jardines del Buen Retiro se crearon en el siglo XVII, en tiempos de Felipe IV, para uso exclusivo de la Corte. Hoy son para los madrileños el espacio en el que hacer un paréntesis en mitad del día o en el que pasear y retomar la calma al final de una jornada. Sin nada que envidiar a los más célebres parques urbanos como el Central Park de Nueva York o el Hyde Park londinense, su riqueza botánica y la huella de un pasado que se aún se palpa lo han convertido en el lugar predilecto para la desconexión de locales y foráneos.

Paseo de las Estatuas.  | Ma212/Shutterstock

Estos jardines se crearon en el siglo XVII como finca de recreo de los reyes de la casa de Austria

Al aprecio de todos los que habitan o visitan esta ciudad se ha unido recientemente el respaldo institucional. ¡Y qué respaldo! El pasado verano el Parque del Retiro (o del Buen Retiro) fue reconocido como Paisaje Cultural Patrimonio Mundial de la Unesco, junto al Paseo del Prado. La elección del proyecto madrileño, denominado Paisaje de la Luz, ha reconocido la relevancia de aunar en un entorno urbano naturaleza, cultura y ciencia. Con esta incorporación se reconoce de manera oficial el valor histórico y urbanístico que encierra este entorno y que le otorga un valor universal excepcional.  ¿Se necesitan más excusas para visitar (o revisitar) el Retiro este otoño?

Para conocer a fondo sus secretos, anécdotas e historia, podemos sumarnos a alguna de las visitas guiadas. Otra opción es, simplemente, dejarnos llevar por sus senderos para maravillarnos de los colores de su vegetación.

Arte e historia 

Si hay un centro neurálgico de la vida en este parque, ese es el entorno del Estanque Grande y el Embarcadero, que fue construido por Felipe IV para recrear batallas navales, a las que era aficionado. Rodeado de espectáculos callejeros (títeres, pitonisas y echadores de cartas, magos, músicos…),  y muy frecuentado para relajarse al sol o dar un paseo en barca, lleva en pie desde 1636, aunque no fue hasta 1902 cuando se levantó el monumento a Alfonso XII que lo preside.

Estanque Grande de El Retiro. | Noppasin Wongchum/Shutterstock

El estanque, ordenado por Felipe IV para recrear batallas navales, es el centro de la vida en el parque.

Las grandes avenidas y pequeños senderos arbolados nos llevan de un rincón a otro. Hasta la Rosaleda, el Estanque de las Campanillas, los Jardines del Parterre (donde habita el árbol más antiguo de Madrid: un ahuehuete –o ciprés calvo– que fue plantado en 1663). Entre la vegetación se esconden asimismo diversas manifestaciones artísticas: el monumento a Alfonso XII, el del General Martínez Campos, el Paseo de las Estatuas, la coqueta Casita del Pescador, la fuente de la Alcachofa o la conmovedora escultura del Ángel Caído: una imagen no exenta de polémica, pues es la única de carácter público en todo el mundo que plasma a Lucifer. La realizó Ricardo Bellver para la Exposición Universal de París de 1878. 

Rincones para desconectar en El Retiro. | Jose Miguel Sanchez/Shutterstock

El aire melancólico —y algo decadente— nos llega paseando cerca de la llamada Montaña Artificial. A muy poca distancia nos toparemos con los restos de la ermita de San Isidoro y San Pelayo, obra románica del maestro Fruchel que estaba ubicada originalmente en Ávila y que trajo hasta Madrid el coleccionista Emilio Rotondo y Nicolau piedra a piedra en 1885. Unas ruinas que, lejos de preservarse, van cayendo en el olvido ante la mirada de paseantes que no siempre identifican en ellas el valor histórico y arquitectónico de este templo que data del año 1250. 

Punto de encuentro 

Sin embargo, la construcción más importante e impactante con la que nos toparemos en nuestro deambular es el Palacio de Cristal. Este pabellón romántico está considerado como uno de los más bellos exponentes de la arquitectura del hierro. Se proyectó en 1887 como un gigantesco invernadero para albergar plantas tropicales con motivo de la Exposición de Flora de las Islas Filipinas. Otro edificio clave es el Palacio de Velázquez, a pocos metros del Estanque Grande emerge esta joya de ladrillo y azulejos con bóvedas de hierro y cristal. La cara más espectacular la ofrece su entrada, con una elegante escalinata de mármol blanco flanqueada por animales mitológicos. Pero para vivir por completo de la experiencia no basta con observarlos desde fuera. Ambos son sedes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, por lo que en su interior podremos encontrar exposiciones temporales gratuitas: una oportunidad perfecta para disfrutar del arte contemporáneo fuera del ámbito museístico. 

Palacio de Velázquez. | Mistervlad/Shutterstock

El magnético atractivo del parque atrae a todos por igual y en él podemos encontrar runners, familias, curiosos, grupos de yoga y zumba, lectores, paseantes, enamorados…: todos los segmentos de la sociedad se reúnen en un mismo espacio multifuncional. Un lugar de desconexión que, como en época de Velázquez, hoy sigue brindándonos el mismo retiro.