Nueva York: descubrimos la nueva ala oeste de Manhattan

HUDSON YARDS. Vanguardia y capitalismo se dan la mano en el nuevo barrio de Hudson Yards, con rascacielos millonarios, jardines inteligentes y nuevos iconos. Un motivo para acercarse al salvaje oeste de Manhattan.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

Con casi 30.000 almas por kilómetro cuadrado y otra densidad apabullante de mamotretos a la vertical, en las abigarradas hechuras de Manhattan aún había espacio para un alfiler. El barrio de Hudson Yards, inaugurado la pasada primavera, viene a corroborar que, en la Gran Manzana, querer es poder. Sobre todo si queda un resquicio para el ocio y, más aún, para el negocio. Encima de unos hangares ferroviarios todavía parcialmente a la vista, entre las calles 30 y la 34 de su extremo oeste, acaban de estrenar el mayor desarrollo inmobiliario privado de Nueva York desde el Rockefeller Center. 

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En su primera fase –porque todavía hay más por llegar– se concentra un espacio cultural de vanguardia, jardines inteligentes junto al río Hudson, un centro comercial con tiendas y restaurantes seleccionados con lupa y seis rascacielos de oficinas y viviendas, en uno de los cuales abrirá al público en unos meses The Edge, el mirador al aire libre más alto de la ciudad. Foodies, fashionistas y amantes de la arquitectura ya tienen un motivo para cruzar al Far West Side. Aun así, Hudson Yards todavía no las tiene todas consigo. Se pone a reventar de turistas, sí, pero está por ver si es cosa de la novedad y, crucial, si acaba calando en el corazón de los caprichosos neoyorquinos.

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Iconos del Far West Side

En el meollo de este nuevo distrito a caballo entre Chelsea y Hell’s Kitchen, The Vessel, una escultura de destellos cobrizos y cincuenta metros de alto difícil de catalogar. Diseñada por el arquitecto londinense Thomas Heatherwick, su interior alberga un laberinto de escaleras a lo Escher que suben y bajan entre sus tripas ofreciendo a la muchedumbre perspectivas imposibles. Aunque obligan a sacar entrada para controlar las aglomeraciones, de momento el acceso es gratis. Las malas lenguas vaticinan sin embargo que podría dejar de serlo en cuanto el barrio ande más rodado. Porque Hudson Yards, como prueban los precios astronómicos de sus apartamentos o los 25.000 millones de dólares que ha costado el proyecto, es todo menos una ONG. 

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El nombre definitivo de esta escalera a ninguna parte está por decidir. Parece que los visitantes tendrán la última palabra en si se queda o no como The Vessel, si bien sus detractores, unos cuantos, se apresuraron a sugerir alguno tan poco zalamero como la colmena, la piña, el kebab gigante y hasta la papelera. El tiempo dirá si, como soñaron sus promotores, acaba convirtiéndose en un icono para Nueva York comparable a lo que supone la Torre Eiffel para París. A fin de cuentas, también a ella la vilipendiaron al principio y hoy es la niña bonita de Francia.

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THE SHED

Al que le han puesto poca pega es al vecino The Shed, un multiespacio para representaciones teatrales, conferencias y conciertos cuya cubierta plateada se desplaza adelante y atrás a voluntad gracias a las enormes ruedas como de tren de su base. El guiño no podría estar mejor traído, pues todo Hudson Yards se levanta sobre el aparcamiento donde reposan los vagones que cada día a la hora punta, desde la cercana Penn Station, devuelven al extrarradio a miles de trabajadores. Buena parte de este descampado ferroviario sigue de hecho a la vista a la espera de que, previsiblemente el año próximo, se aborde la segunda fase del barrio.

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Entonces se cerrará con su correspondiente plataforma la parte aún descubierta, y los ingenieros volverán a sudar la gota gorda consolidando unos cimientos capaces de soportar edificios de hasta más de cien plantas sobre este nudo de transportes perfectamente en activo. Donde mejor se aprecia la insólita perspectiva de su treintena de vías perdiéndose bajo lo que normalmente serían los sótanos de los rascacielos es desde la prolongación que le han hecho junto al río Hudson al famosísimo parque de High Line. Y es que el nuevo desarrollo inmobiliario empieza justo donde terminan estos ahora ajardinados raíles alzados del tren que, hace una década, se libraron del desguace gracias una campaña de crowdfunding promovida por sus vecinos, convirtiéndose en todo un must de la ciudad.

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En este tramo final del High Line ponía una pica en Nueva York el cocinero estrella José Andrés junto a sus viejos amigos Albert y Ferran Adrià. “Debajo de un puente”, como bromea su chef ejecutivo, Dani Lorente, se estrenaba en marzo, junto con el resto de Hudson Yards, el Mercado Little Spain, un lleno seguro donde pedirse una Mahou y unas croquetas mejores que las de tu madre, desde una coca hasta unos churros, una paella de las de verdad cocinada sobre leña o un pulpo a la gallega que está para ponerle un piso. 

OCIO DE ALTO NIVEL

El proyecto de estos tres primeros espadas encajaba a la perfección con la apuesta por el ocio de nivel del complejo, concentrado en The Shops & Restaurants at Hudson Yards. Porque si en los bajos de este centro comercial se pone a rebosar este mercado de sabores españoles sin concesiones, lo que aguarda por sus cinco plantas superiores tampoco desmerece. Su filosofía, en vista que los malls al uso van teniendo los días contados por obra y gracia de Amazon y las ventas por Internet, ha sido seleccionar solo locales con un valor añadido. Es decir, que al margen de las cifras sonrojantes que se les cobra por abrir aquí sus puertas, a la hora de darles luz verde se ha tenido muy en cuenta qué ofrece cada establecimiento para atraer gente.

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No es pues casualidad que, amén de marcas de superlujo que pocos adquirirían on line y otras tan asequibles como Muji, Zara o Uniqlo pero de éxito garantizado, por sus 90.000 metros cuadrados se encuentren auténticas rarezas, ya sea un Spa-oasis donde los oficinistas de la zona puedan acudir a echarse una siesta o los primeros almacenes Neiman Marcus de Nueva York. Entre sus restaurantes, más imanes de peso como el TAK Room, del gurú del Valle de Napa Thomas Keller, o el Kāwi, del también célebre chef David Chang del Momofuku, junto a casi una veintena de cafés, alguna vinoteca y hasta heladería vegana, entre una selección de tiendas únicas en su especie. 

Little Spain

Por ejemplo, la primera boutique física en el mundo de la concept-store The Conservatory, donde tocar los tejidos de los exclusivos diseñadores que reúnen en su web, o una de las pocas que tiene en Nueva York B8ta.com, en la que probar artilugios tecnológicos tan locos, que solo un loco los compraría sin cerciorarse antes de que son reales. Como muestra, una especie de diadema con sensores al corazón que aseguran ayuda a meditar, o una cuna que se mece sola y le susurra monerías al bebé si se despierta para que sus padres puedan seguir durmiendo a pierna suelta. Eso sí, en cada visita mostrarán excentricidades distintas, pues cada mes reciben nuevos desvaríos concebidos por inventores y start-ups que, sin tiendas como esta, difícilmente podrían acceder al gran público. 

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GIGANTES DE VANGUARDIA

Entre tanto consumo a mansalva, varias hectáreas de zonas verdes ofrecen una inesperada tregua en la jungla de asfalto. Pero tampoco en ellas quedó nada al azar. Conscientes del laberinto de trenes entrando y saliendo bajo Hudson Yards, arquitectos y paisajistas se las vieron y se las desearon para idear en sus jardines un solado que permitiera a los árboles echar raíces a lo ancho, sin que acaben perforando los túneles del ferrocarril, y hasta un sistema de refrigeración para la tierra con el que protegerlos del calor que emana tanta actividad en el subsuelo. Alrededor de estos espacios públicos llenos de rincones para el relax y el encuentro se levantan ya sin contemplaciones seis de los dieciséis rascacielos que sumará el proyecto una vez ultimado. 

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El 10 Hudson Yards, donde ya se ha instalado la sede de L’Oréal USA, fue el más rápido en alzarse al ser el único que no se apoya sobre la plataforma ferroviaria, mientras que el más tardón, el 50 Hudson Yards, firmado por el estudio Foster & Partners, no estará rematado hasta entrado 2022. Entre estos vanguardistas gigantes de acero y cristal destaca también el que, además de oficinas y una clínica con pedigrí, aloja el Equinox, el primer hotel de esta cadena de gimnasios, o el puramente residencial 15 Hudson Yards, donde el apartamento más barato no baja de los tres millones de dólares y sus vecinos, a cambio de 14.000 dólares de comunidad, cuentan con hasta piscina olímpica.

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ESPERANDO AL MIRADO EDGE

Pero el más deseado por los visitantes y que más se está haciendo de rogar es el 30 Hudson Yards. La CNN trasladaba a él en mayo sus míticos cuarteles generales de Columbus Circle no tanto por estar a la última sino porque el nuevo barrio, amén de ser lo más sostenible que puede soñar Nueva York, cuenta con dos plantas de energía autosuficientes que, en caso de apagón, les permitiría seguir emitiendo. En el vestíbulo de su torre reciben las esferas colgantes del escultor barcelonés Jaume Plensa.

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Pero la mejor sorpresa está 345 metros más arriba. Con un tramo de suelo transparente no apto para cardiacos, el mirador Edge promete encandilar con unas panorámicas nunca vistas sobre el Midtown de Manhattan y el litoral de New Jersey. Pero eso tendrá que esperar. De no haber nuevos retrasos, la apertura de la, como presumen, “plataforma de observación al aire libre más alta del Hemisferio Occidental”, está prevista para el 11 de marzo. Las entradas llevan varios meses a la venta por algo más de 30 dólares.