Tánger, el encanto de la decadencia

Un paseo por esta bella ciudad marroquí bañada por el Mediterráneo y tocada por la bohemia 

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: eugenesergeev / ISTOCK

Un mejunje de colores, olores y sabores. Un mundo extraño a tan sólo un paso del nuestro. Por su condición de encrucijada entre Europa y África, Tánger ha sido siempre un regalo. Ello explica que esta antiquísima ciudad fundada por los fenicios hace cuatro mil años haya sido codiciada a lo largo de los siglos por cartaginenses, romanos, visigodos, bizantinos, bereberes, árabes... y otros tantos países occidentales seducidos por su puerto libre entre dos mundos antagónicos. En ningún otro lugar como éste toma tanta relevancia esa insignificante brecha de 14 kilómetros que conforman las aguas del Estrecho. Y tal vez por ello, desde Tánger, el perfil de la costa andaluza se divisa como la tierra prometida.

eugenesergeev / ISTOCK

Bulliciosa, racial, demacrada, esta ciudad marroquí esconde el innegable encanto de la decadencia, de esos lugares tocados por la nostalgia de los tiempos mejores. Pero también por la fortuna de su posición, por estar bañada por la brisa cálida del Mediterráneo, con toda su luz y toda su magia.

Gwengoat / ISTOCK

Ciudad inclasificable

Tánger no se parece a ninguna otra ciudad del norte de África. Ni tampoco a ninguna de Europa. No es la más bella, ni la más grande, ni la que goza de las más vistosas mezquitas. Pero tiene algo único que flota en el ambiente, en el tumultuoso trajín de su día a día, en el desfile de mujeres ataviadas con hiyab, en los hombres que beben té y fuman en pipa mientras juegan abstraídos al backgammon.  

Eduardo1961 / ISTOCK

Ese algo es la memoria, el barniz artístico y literario del que goza esta ciudad hechizante. Porque a Tánger llegó la bohemia de la mano de Paul Bowles, William Burroughs, Roland Barthes y la llamada generación Beat, que se instalaba siempre en el hotel Muniria. 

Gwengoat / ISTOCK

También de la mano del Henri Matisse, que quedó marcado para siempre por la luz norteafricana y el color de la artesanía marroquí. Veinte lienzos y decenas de bocetos alumbró el artista en su estancia en Tánger, a la que consideró siempre “el paraíso de un pintor”. No en vano, fue aquí donde definió las características que definen su obra madura: las líneas audaces, las formas abstractas, las figuras expresivas.

pierivb / ISTOCK

Glamour y tradición

Toda esta intelectualidad añadió una capa de glamour al polvo que había dejado la dura tarea de ejercer como cruce de culturas. Y también le infundió un carácter cosmopolita que la distingue de otras urbes de Marruecos. Tánger cuenta con un interesante patrimonio artístico y arquitectónico tocado por la literatura. 

Michael Wapp / ISTOCK

Pero nada hay tan característico como su antigua medina, levantada sobre una pequeña colina cerca del puerto. Por sus calles tortuosas y atestadas de gente se respira la esencia del comercio, que es la esencia legendaria de Tánger. Y al paso salen la Gran Mezquita, la antigua residencia del naib, el Museo de la Alcazaba, el Palacio de Sidi Hosni... y la casba, donde se abre el Museo Dar el-Makhzen con su colección de arte marroquí.

Zoco grande y zoco chico

En la medina encontramos el zoco grande, lleno de vida, donde las agricultoras del Rif llegan cada mañana a vender sus productos. En su día se daban cita encantadores de serpientes, músicos, cuentacuentos y personajes estrafalarios. Hoy, cada vez menos, aunque el ambiente sigue siendo cautivador. 

Thiago Santos / ISTOCK

También en el zoco chico, algo más abajo, donde uno se sumerge de pronto en las páginas de El cielo protector. Una pequeña y animada plaza donde tomar un té a la menta y contemplar a los transeúntes. Es el lugar al que Pío Baroja comparó con la madrileña Puerta del Sol: «En ambas se discute, se fuma, se toma café y se miente por igual», dijo.