Tailandia: las maravillas escondidas de Sukhothai, Nan y Trat

Para la mayoría de viajeros, Tailandia se aprecia básicamente por el norte y por el sur, por la vida en las montañas o por sus playas, por sus afinidades étnicas y culturales con Myanmar o con Malasia, pero pocos conocen los alicientes de otras áreas alejadas de los lugares más concurridos. Un recorrido por las provincias de Sukhothai, Nan y Trat ofrece la oportunidad de conocer nuevos alicientes en este país. Tradiciones ancestrales, antiguos reinos olvidados, regatas en barcazas gigantes, paisajes sugerentes y Parques Nacionales que, entre otras muchas experiencias, sorprenderán al visitante.

Tino Soriano
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Foto: Tino Soriano

Cuando después de una hora de vuelo desde Bangkok la aeronave desciende hacia Sukhothai, considerada la capital del antiguo Reino de Siam, un aeródromo de juguete le da la bienvenida. No es una broma. La terminal se asemeja a un decorado de Disneyland o de PortAventura, hasta el punto que el viajero se plantea si el avión ha errado su destino y su primer impulso es palpar las paredes para confirmar si el aeropuerto es de cartón piedra. Para reforzar esta ilusión, cuando el pequeño coche eléctrico que le traslada desde el avión hasta el recinto se detiene, un curioso personaje vestido a la usanza de los exploradores del siglo XIX –calcetines hasta la rodilla, calzón largo y salacot– indica a los pasajeros, respetuosamente, la dirección de una terraza de bar situada a pie de pista. Ahí, entre sillones y mesas de mimbre, refrescos gratuitos, plantas tropicales e impecables servicios sanitarios, en un entorno decorado con teca de la mejor categoría, se entrega el equipaje a título individual, casi como una ofrenda. Tailandia es el país del respeto y de las formas amigables y es imposible no devolver el cumplido al empleado que carga con la maleta y sonríe como si estuviera regresando un tesoro a su legítimo dueño. 

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En cualquier caso, el aeropuerto de Sukhothai no solo es uno de los más peculiares del mundo. Las sorpresas no acaban aquí. Cuando abandona sus instalaciones, el viajero se sorprende de nuevo por la presencia de un rebaño de animales antediluvianos. ¿Es definitivamente un sueño o el zumo de naranja del avión contenía alcaloides? Apenas sale de su asombro mientras observa a un Tiranosaurios Rex en duelo a muerte con un Triceratops y así hasta una treintena de criaturas asombrosas, de tamaño prehistórico, que, esparcidas en un radio de centenares de metros, custodian un conjunto de edificios con un cierto aire entre cultura egipcia y arquitectura del sudeste asiático. ¿Quizás ahora está en Parque Jurásico?

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“La razón –le explica más adelante Sirilak Buahom, manager del hotel Sukhothai Heritage, donde el viajero ha decidido hospedarse a un kilómetro escaso de ese aeropuerto de película de Spielberg– es que el Ministerio de Cultura de Tailandia ha querido representar las evidencias fósiles que atesora el país para decorar un espacio que promueve, como el restaurante de ingredientes orgánicos de los alrededores, una vida más saludable”. Esta miscelánea de amor por la ecología, simpatía y respeto sin esperar nada a cambio, tan propio de la cultura budista arraigada en ese país, disipa en pocos minutos la tensión que pudiera acarrear el visitante desde el complejo mundo occidental. Toca relajarse y disfrutar de las tradiciones más ancestrales entre templos, arrozales, mercados, excelente gastronomía y monjes vestidos color azafrán que Tailandia ofrece sin escatimar al recién llegado.

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El jet lag despierta prematuro al viajero, que aprovecha la ocasión para dejarse caer antes de que amanezca por el puente de madera de Sapaan Boon, iluminado con grandes linternas amarillas y que une el casco viejo de la ciudad con el templo de Tra Phan Thong, uno de los más bellos de la región. En el suelo concurren todo tipo de personajes dispuestos a donar sus ofrendas, desde turistas que súbitamente han quedado prendados por las ceremonias budistas y desean participar en ellas hasta piadosos feligreses que han practicado estos rituales toda su vida. Juntos aguardan la tradicional procesión de monjes que, de acuerdo con la tradición del Tak Bah, el acto de entrega de comida que aporta prosperidad y paz a quien lo realiza, recogen en un cuenco negro denominado thabeit su único alimento para toda la jornada. La luz del amanecer combinada con el color de las túnicas y el murmullo de miles de pájaros que persiguen su desayuno y de los insectos que huyen para no formar parte del mismo es mágica para disfrutar la solemnidad del momento.

VISITA AL MERCADO 

Tras sortear con parsimonia y en fila india el puente de Sapaan Boon, recogidos los ofrecimientos tras agradecer con una pequeña bendición uno a uno, los monjes continúan su recorrido por las calles de la ciudad durante una hora y media, atesorando la máxima cantidad de víveres. El viajero aprovecha para fisgonear por el mercado cercano al templo, en plena actividad a pesar de lo temprano del día, donde la mayor parte de los víveres se exponen en bolsitas de plástico. En los comedores se cocinan apetitosos manjares, aunque la atención está en un chiringuito que exhibe reliquias de oro, junto a otro que vende pescado ahumado próximo a una casquería. Delante, una mujer con el rostro imperturbable atesora envases de brillantes colores al lado de un tenderete que destaca por su repertorio de pinchitos de pollo. Cerca del mercado se encuentra el Parque Histórico Nacional de Sukhothai, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1991. No son ni las siete de la mañana, pero la taquilla lleva media hora abierta. Suena música relajante en la lejanía y unas muchachas practican ejercicios gimnásticos en un recinto que aprovechan los ciclistas ocasionales para pasear entre garzas y nenúfares coloreados. 

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El amanecer es brumoso, pero la calima se torna cálida mientras los budas de Sukhothai aguardan la aparición del astro rey. Un letrero indica que hay wifi gratuito en el recinto, lo que no les afecta porque ellos están conectados permanentemente con el Nirvana. La mirada del viajero se torna hacia oriente, la zona que explorará en Tailandia.

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SENSACIÓN DE PAZ 

Paseando por un recinto casi a su entera disposición, el visitante experimenta una paz infinita. Todavía resuenan en sus pensamientos la sentencia del monje con el que conversaba de noche, antes de que se incorporara al desfile del Tak Bah: “Ponte en la piel de los otros y evitarás enfados”, le aconsejó. El Sol por fin asoma teñido de escarlata a las siete y diez de la mañana. Poco a poco una atmósfera dorada se adueña del recinto y en el Wat Mahathat, quizás el templo más bello de todos, la luz enfatiza las cualidades pétreas de sus figuras y sobresalen pequeños altares de ladrillos esparcidos por todas partes. Una visión quizás solo superada por la majestuosidad del espectáculo de luz y sonido que se celebra en el templo de Sa Si el primer viernes de cada mes.

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Durante una hora el viajero disfruta de la soledad en un recinto de tres kilómetros cuadrados que contiene templos de bella factura hasta que llegan los turistas, primero poco a poco y luego en masa. Camina ensimismado apreciando las manos de un Buda que sostiene una ofrenda de flores amarillas cuando un grupo situado en la distancia le exige en francés que se aparte porque desean tomar una foto. Se acabó la tranquilidad. Los teléfonos portátiles y las cámaras apuntan al conjunto y los recién llegados parten satisfechos hacia el templo de Wat Sorasak para inmortalizar sus 24 estatuas de elefantes. 

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Son las ocho de la mañana y se escucha el himno de Tailandia por los altavoces. El viajero aprovecha la progresiva llegada de visitantes para estudiar sus reacciones. Los latinos apuestan por el selfi, los tailandeses ofrecen su respeto postrados delante de la imagen de Buda y los chinos organizan sesiones de fotos con su pareja como modelo frente a cualquier rincón con encanto, que no son pocos. Obviamente estas apreciaciones son genéricas. El aluvión de visitantes también le invita a explorar las restantes áreas del conjunto histórico y opta por alquilar una bicicleta, aunque también dispone de un pequeño tranvía y de pequeños tuk-tuks de vivos colores, adecuados para una familia o un grupo de amigos. 

ALREDEDORES DE SUKHOTHAI

Su objetivo ahora es admirar el Buda de 15 metros de altura encajonado en el pequeño templo de Wat Si Chum, a unos tres kilómetros de distancia. Desde el suelo, los dedos dorados de la deidad son estilados. Un par de creyentes observan respetuosos el rostro elevado de Buda y solo el gorjeo de las palomas interrumpe la tranquilidad del recinto. Falta por lo menos una hora para que el grueso de los visitantes llegue y el viajero concluye que conviene explorar los conjuntos arquitectónicos al revés, dejando lo más conocido para el final y rompiendo con el orden establecido por la proximidad a la puerta de entrada para evitar atascos. Lo cierto es que cuando regresa por la tarde para complacerse con el crepúsculo en los templos que visitó al amanecer volvía a estar solo.

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Moviéndose en transporte público o con servicios concertados es posible explorar los alrededores de Sukhothai. El instinto lleva al viajero a Ban Na Ton Chan, una comunidad de cooperativas organizadas bajo estrictos criterios de agroturismo donde se encuentra uno de los restaurantes más famosos del país, el Khao Perb Yai Krieng. En Tailandia la popularidad no es sinónimo de precios astronómicos y sentado a la sombra de inmensas hojas de platanero cualquiera puede deleitarse con la fórmula secreta de un plato de fideos y otras delicadezas concebidas por la abuela Yai Krieng cuando era casi una niña.

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El restaurante atrae público y la economía local lo agradece. Los visitantes se marchan con el estómago satisfecho y con tejidos excelentes confeccionados con productos naturales de la zona teñidos en baños de limón con miel y sal. Y por último, por la noche, en otro de los pequeños mercados nocturnos que se celebran tradicionalmente en Tailandia, siempre cerca de un templo, el viajero coincide con una compañía de teatro ambulante compuesta por una docena de actores que interpretan el Likay, un drama musical folclórico que tiene ocupados a los protagonistas, solo para maquillarse, tres horas antes del espectáculo.

CAMINO A NAN

Al día siguiente se impone el rumbo hacia el nordeste, en dirección a la pequeña ciudad de Nan, la capital de lo que fue un antiguo reino independiente y ahora es un refugio para viajeros, rodeada de Parques Naturales cercanos a la frontera de Laos. En la ruta un pequeño letrero alerta al viajero de que no muy lejos hay una reserva de elefantes. Desde un puente observa la solitaria figura de un paquidermo en el río y cuando por fin llega al Mae Sin Elephant Camp –lo que no es tarea fácil porque la señalización es escasa– el propietario le explica que sus instalaciones no son una atracción al uso: “Tenemos cinco elefantes que se mueven a sus anchas por el bosque y aquí los lavamos y los cuidamos. Nada de paseos a su costa.

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Por la mañana los ‘mahout’ los van a buscar donde se encuentran, lo que a veces es una tarea complicada, y proponemos a los visitantes que compartan esta experiencia y que duerman en unas modestas tiendas junto al río para combinar el descenso en balsas de bambú y la convivencia con los elefantes”. Tras una parada obligatoria en el Bosque de Piedra de Phae Muang Phi, no lejos de la ciudad de Phrae, en los arrabales de Nan unos campos de arroz recién inundados aportan el escenario perfecto para complacerse con el declive del Sol. Una mujer delgada aunque fuerte como un roble culmina con agilidad el terraplén hasta la carretera y toma una motocicleta para regresar a su aldea y ocuparse de la cena familiar. Se llama Som Jit y tiene 65 años. Está orgullosa de su pequeña parcela y de los animales de su granja, y solo una dentadura deteriorada delata su verdadera edad. “No dejen de visitar los templos –aconseja–. Cada uno es diferente y le aportan una gran personalidad a Nan”.

TEMPLOS Y REGATAS

Siguiendo sus indicaciones, el viajero empieza la jornada por el santuario más elevado, el Wat Phra That Khao Noi. Desde el promontorio, un Buda anclado en una plataforma panorámica contempla el valle. Más tarde visita un templo blanco (Wat Ming Muang), otro dorado (Wat Sri Panthon), un cuarto rodeado de linternas de colores (Wat Phra That Chang Kham Varavihara), en el que nace el mercado nocturno los fines de semana, y por último el Wat Phumin, donde están Puma y Yaram, los protagonistas de un drama a lo Romeo y Julieta cuya efigie aparece en todas partes, aunque en Tailandia su historia tiene un final feliz. 

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Algunos templos disponen de barcas larguísimas que pueden albergar hasta 65 remeros, diseñadas para una tradición de regatas centenaria que ha hecho famosa a la ciudad. Los propios monjes se encargan de su mantenimiento y si el visitante muestra curiosidad enseguida le muestran en un teléfono móvil, que aparece como por arte de birlibirloque de la túnica, secuencias de la competición. Disponen de todo un año por delante para poner a punto la embarcación y la conversación con un desconocido siempre es preferente. La cortesía prevalece en esta ruta que recorre el noreste de Tailandia.  

TRAT, LÍMITE CON CAMBOYA 

Para completar su propósito de conocer lugares poco transitados en el oriente tailandés, el viajero atiende el consejo de su amiga María, que ha visitado muchas veces este país: Dirígete a Trat y, si encuentras algún turista, le invitas a cenar”. No habría gastado muchos bahts, la moneda nacional, de hacerle caso. El promedio de avistamientos apenas superó la unidad diaria. En cambio, dado el buen carácter de los tailandeses, su presencia fue acogida en todas partes con sorpresa y con una sonrisa diáfana del tipo “qué hace un chico como tú en un lugar como este”.

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Pero vayamos por partes. El aeropuerto de Trat no recuerda a un decorado de película, como el de Sukhothai, pero sus setos están podados en forma de elefante y un empleado de uniforme saluda militarmente a los pasajeros, tanto a la llegada como a la partida. Aquí no existen animales antediluvianos, pero lo que de verdad atrae al viajero en esta zona limítrofe con Camboya es su cultura de pescadores. Muy cerca de la capital, en Ban Nam Chiao, conviven en armonía budistas y musulmanes que se aventuran en el Índico desde hace siglos. Un gran canal divide por la mitad un laberinto de pasarelas, pequeños comercios, habitáculos sin fachada para aprovechar el frescor de la brisa marina y callejuelas que desembocan en un inmenso bosque de manglares a rebosar de monos, donde se mezclan agua dulce, agua salobre y agua salada.

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Los avisos a la oración desde la mezquita situada junto al Vat Jai, el gran puente que une las dos orillas, recuerda a los musulmanes sus obligaciones en un ambiente de extrema tranquilidad entre motos, bicicletas, mujeres cocinando tortitas de harina de arroz rellenas de gambas, caramelos de aceite de coco, leche y azúcar líquido y barquichuelas de pescadores que se protegen del Sol con el Ngop, el típico sombrero local, y que rompen la uniformidad del canal en su camino hacia altamar para recoger unos diminutos mejillones con cola, deliciosos aderezados con salsa marinera. 

GALLOS Y RUBÍES

Otra peculiaridad de Ban Nam Chiao son los garajes, que, en lugar de vehículos, o en convivencia con ellos, guardan una nutrida colección de gallos de pelea. Es fácil acudir a cualquier hora del día al Tay Khao Club, un local abierto donde los propietarios entrenan a sus aves para los torneos del fin de semana. Sobre el papel está prohibido hacer apuestas, pero la afición es muy grande y asiste la comunidad en pleno.

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Al contrario que en Sukhothai y Nan, en Trat los monjes brillan por su ausencia y muchos templos, inspirados en la arquitectura camboyana, permanecen cerrados a cal y canto, sin vida más allá de las celebraciones del calendario. Es una provincia muy bella y la ruta hasta la frontera de Hat Lek por la Carretera 318 obsequia al viajero con algunos de los mejores paisajes de Tailandia, con pequeñas playas poco concurridas, como, por ejemplo, la de Banchuen. Por los caminos de la provincia de Trat también circulan sidecares, hay señales que advierten que en cualquier momento pueden cruzar la carretera elefantes en libertad y se amagan pequeños secretos, abundantes sobre todo en la zona del Green Bank, donde los árboles del caucho inspiran la filosofía de la etnia chong. Junto a una pequeña presa en el pueblo de Bang Nong Mai Hom es fácil encontrar eventuales buscadores de rubíes filtrando la arena de los riachuelos no lejos de los amantes de los baños de arcilla blanca que complementan su tratamiento con saunas con el vapor de hasta diez tipos de hierbas y plantas medicinales en cestos gigantes que sus propietarios almacenan en el gallinero. El viajero percibe que se mueve por un mundo mágico, la antesala de una visita a la popular isla de Koh Chang o de Koh Yao Yai, aunque esta sería otra historia.