Sri Lanka: la isla de las serendipias

Lugar favorito de Marco Polo durante sus rutas asiáticas, la isla de Sri Lanka despierta al mundo mostrando un conjunto de playas, selvas y ciudades budistas apasionante. Bienvenidos a la isla de las serendipias (o los hallazgos afortunados)

Alberto Piernas
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Foto: Alberto Piernas

Desde el momento 0 en que aterrizas en Sri Lanka, y a pesar de los famosos tuk tuks y la música Bollywood, se percibe paz en cada uno de sus rincones. Quizás sea debido al budismo que mece esta isla de ensueño; quizás a sus ansiadas cicatrices tras una guerra civil y un infame tsunami que parecen haber quedado atrás. Hechos que confirman el despertar de la que, según sus cuadernos de viaje, era la isla favorita de Marco Polo durante sus travesías índicas. Porque este año, más que nunca, es el momento de hacer ese esperado viaje a Sri Lanka.

Sri Lanka, la Isla de los Mil Nombres, como se la llamaba anteriormente, también es conocida como Lágrima de la India, Ceilán o Serendib, palabra persa que acuñaría la famosa creencia de “serendipia” o “descubrimiento afortunado” tan propia de este lugar místico.

Mezquitas y mercados en Colombo, la capital

Una isla que se despliega a partir de Colombo, su capital, el principal umbral de cualquier aventura en busca de tus propios hallazgos.  Amable y ruidosa, Colombo te permite mimetizarte con el entorno mientras recorres los mercados y mezquitas de Pettah, comes el mejor cangrejo en Ministry of Crab o levantas la vista hacia su Lotus Tower, símbolo de esa Sri Lanka que aún se debate entre modernidad y tradición.

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El corazón budista de Sri Lanka

Sin duda una de las grandes atracciones de Sri Lanka es el Triángulo Cultural formado por los yacimientos, estupas y Budas dormidos que conforman las antiguas ciudades budistas de Anhuradhapura y Polonnaruwa, el templo-cueva de Dambulla o, especialmente, Sigiriya.

Sigiriya, antigua fortaleza erigida en una roca en forma de medio coco, supone un túnel del tiempo a la hora de aproximarse a la historia de Sri Lanka: hay pinturas rupestres en sus entrañas, las garras de un antiguo león de piedra gigante o una cumbre de restos palaciegos que ofrece inmejorables vistas de una selva eterna.

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Kandy es el punto donde finalizar el recorrido budista. Atrapada entre altas colinas, el corazón espiritual de Sri Lanka es una ciudad solemne donde los secretos de su gran lago contrastan con el bullicio de sus mercados de frutas o los murciélagos que sobrevuelan sus jardines botánicos.

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Atracciones que giran en torno al famoso Templo del Diente, santuario que acoge uno de los caninos de Buda entre relicarios fastuosos y estatuas doradas. Una reliquia convertida en el centro de todas la miradas durante el Esala Perahera, festival que cada verano estremece Sri Lanka en forma de danzas exóticas, música y muchos, muchos elefantes.

Naturaleza de Sri Lanka: Elefantes, glamping y cientos de verdes

Sri Lanka es, ante todo, un lugar donde poder deleitarse con una naturaleza única y exuberante, siendo su mitad sur el lugar donde la presencia de elefantes se reparte entre orfanatos como Pinnawala o Elephant Millenium, muy cerca de Kandy.

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Sin embargo, en caso de querer avistar a estos animales en su hábitat natural, existen santuarios como Uda Walawe o, especialmente, Yala. Un referente del glamping donde sucumbir a una hamaca suspendida entre océano y selva mientras el leopardo aguarda a ser descubierto.

Todos estos maravillosos lugares son atravesados por el considerado como recorrido en tren más bonito de Asia. Así que abre los ojos, saca la cabeza por la ventana e inspira el fragante aroma da las nubes que cubren las Tierras Altas. Un techo de Sri Lanka que rebosa plantaciones de té, pueblos bohemios como Ella o la competencia tropical del Golden Gate, el imponente Puente de los Nueve Arcos.

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De playas, ballenas y murallas que susurran

Pero si existe un motivo para viajar a ese sur superlativo, es uno lleno de espuma, atardeceres y cocoteros.

La costa sur de Sri Lanka está llena de diferentes paraísos donde poder elegir el lugar que más se adapte a ti en función del estado de ánimo y el presupuesto.

En Mirissa, epicentro mochilero por excelencia, el ambiente jovial se combina con playas secretas, discotecas o miradores como Coconut Tree Hill, ideal para contemplar el atardecer antes de acostarse pronto para ir a avistar ballenas.

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Si en tu caso buscas una playa más tranquila, donde poder surfear como un Tritón redomado, la cercana Weligama es el lugar perfecto. Una bahía salpicada de coquetos guesthouses y palmerales en torno a suaves mareas entre las que sobresale la isla de Trapobane, antiguo refugio literario convertido hoy en un hotel para los sentidos.

Las playas culturales encuentran su mejor seña en Unawatuna, donde antiguas pagodas blancas y puestos marineros se asoman a ensenadas de arena blanca. Un paraíso desde el que partir en moto en busca de los míticos pescadores zancudos, actores avispados que lanzan tantos anzuelos como invitaciones para tomarse una fotografía por 300 rupias.

Pero si lo que quieres es empaparte del ambiente más local, lo mejor será acercarte a Hikkaduwa, donde los habitantes que sufrieron el tsunami de 2004 siguen mirando al océano con recelo. Supervivientes que te sonreirán desde unas chozas de palma entremezcladas con granjas de tortugas, templos isleños o playas donde tomar un coco partido tras otro mientras la mirada se pierde en un universo azul cobalto.

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El exquisito pueblo colonial de Galle

Un Índico que incluso ofrece la posibilidad de bañarse en el mismo lugar al que los portugueses llegaron hace más de quinientos años por accidente. Más concretamente, en la ciudad de Galle, conformada por unas murallas alcanzadas por tortugas cada noche y que aún protegen un exquisito pueblo colonial. Amplias casas holandesas reconvertidas en galerías de arte, bares vintage o un faro convertido en “icono Instagram” son solo algunos de los encantos a experimentar en Fort Galle, otra muestra del genuino poder que inspira la lágrima de la India.

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Y es que a pesar del turismo incipiente, Sri Lanka promete unos años de esplendor en los que poder deleitarse con su naturaleza, cultura o la calidez de sus gentes. Durante los que partir en busca de nuestros propios hallazgos afortunados.