Santiago de Cuba, la fiesta de la música

Cuna del son, el bolero, el danzón y la trova, la segunda ciudad de Cuba, con su medio millón de habitantes, ostenta la capitalidad del Caribe. La mezcla racial y cultural ha cristalizado aquí con sorprendente originalidad. El visitante hallará en la urbe amable hospitalidad y una contagiosa pasión por la fiesta.

Isabel Urueña
 | 
Foto: Álvaro Leiva

Santiago de Cuba se extiende junto a su bahía, mirando siempre hacia la corona montañosa que enmarca a lo lejos su horizonte. Esta ciudad, a la par marina y serrana, se asienta sobre un terreno desigual que resuelve con algunas calles escalonadas de especial encanto; es el caso de la del Padre Pío, muy pintoresca, por la que se asciende al barrio Tivolí, fundado por los colonos franceses en el siglo XVIII.

En su casco histórico el visitante descubre el sabor genuino de una ciudad centenaria que conserva un ambiente colonial modesto y acogedor. Aunque los estilos arquitectónicos son variados -sedimentados durante cinco siglos, del barroco primitivo al modernismo-, el uso de la madera tallada en celosías y balcones, los vivos colores y la proporcionada altura de sus edificios confieren a la urbe una unidad incuestionable. Quizás su trazado parezca laberíntico, pero habrá que dejarse perder entre las callejuelas para hallar buena parte de los ejemplos más llamativos del pasado santiaguero. Es buena idea comenzar el recorrido en el Parque Céspedes -que fue la Plaza de Armas-, donde forasteros y cubanos se encuentran en conversaciones o admirando los espléndidos edificios que lo circundan. En sus aledaños se levantan algunas de las edificaciones más antiguas de América -como la Catedral o la Casa de Velázquez- y otras más modernas pero no menos bellas, como el Ayuntamiento.

Varias calles, casi paralelas entre sí, abarcan el núcleo histórico de la ciudad en un alargado rectángulo perpendicular al mar, cortado por numerosas trasversales. Una de las más importantes es la calle Heredia, que pasa por el citado Parque Céspedes; a lo largo de ella se ubican varios edificios y museos recomendables. A dos manzanas de distancia, la calle Enramada es la más comercial y concurrida. Siguiéndola en dirección norte llegaremos a otra preciosa plaza, la de Dolores, donde se ubica una original iglesia colonial del siglo XVIII. El ambiente relajado del lugar lo completan terrazas y restaurantes donde tomarse un respiro. Continuando en la misma dirección se abre otra plaza, la de Marte, que rinde homenaje a los héroes santiagueros. Y para visitar alguno de los lugares recomendados -el Museo del Cuartel Moncada o la Casa Natal de Frank País, por ejemplo- no queda gran trecho, aunque ya están fuera del centro histórico.

Más allá pueden descubrirse barrios residenciales amplios y ajardinados, como el Reparto Vista Alegre, de urbanización racionalista, a ambos lados de la avenida Manduley. Muchas de sus casas coloniales son hoy instituciones públicas y en su centro geográfico se erige una estatua del poeta nacional José María Heredia.

Santiago es más que una ciudad, es un modo de vivir y de relacionarse, de hacer música, de beber ron y de gozar. En cualquiera de sus rincones, si estamos atentos, podremos escuchar el eco de un chancleteo rítmico y multitudinario; es el que sigue a las trompetas chinas y las tumbas francesas de las comparsas que invaden la ciudad en los días del carnaval más famoso de Cuba. El visitante, sin darse cuenta, lleva el compás.

Santiago de Cuba fue la séptima ciudad fundada en Cuba -en 1514- por el Adelantado Diego de Velázquez, junto a la espléndida bahía de bolsa y el cercano río Paradas. Su primer alcalde, Hernán Cortés, partió de ella para conquistar México. Una década después, la población taína había sucumbido a las enfermedades, el trabajo cautivo y la violencia, y es al puerto de Santiago donde llegan los primeros esclavos negros: un terrible comercio que, sin embargo, añadirá sus valores culturales a las dos tradiciones ya coexistentes. Una vez abandonado el sueño del oro, comienza en 1544 la explotación de las minas de cobre. Aquí se producen las primeras rebeliones de esclavos contra sus condiciones de vida. Una represión violenta originó las fugas de cimarrones (esclavos insumisos) a la vecina Sierra Maestra.

La situación privilegiada de la ciudad y su puerto, a medio camino entre Europa y el Nuevo Mundo, atrae la codicia de corsarios y piratas, y es repetidamente acosada. El corsario francés Jacques Sores, en 1554, y el inglés Henry Morgan, en 1662, sometieron a la población a un feroz saqueo. No menos dañinos resultaron los terremotos y ciclones, habituales en la zona. Como en otras ciudades cubanas, se plantea el problema acuciante de su defensa; a finales del siglo XVI se define su magnífica fortificación, que se completa en el siguiente siglo.

Trasladada la capitalidad a La Habana en 1556, Santiago vive unas décadas de decaimiento económico y la ciudad pierde gran parte de su población. La rebelión de los esclavos haitianos en 1791 provoca la llegada de una nueva remesa humana: los colonos franceses. Estos colonos, y los esclavos que les acompañan, dan una nueva vida cultural y económica a Santiago. En la comarca se implanta el cultivo de café, el algodón y la caña de azúcar; y la ciudad crece con el barrio francés, llamado Tivolí. Pero será en el siglo XIX, durante las dos guerras contra el poder colonial, cuando los habitantes de Santiago de Cuba, fervorosos independentistas, darán muestra de su coraje. Baste nombrar a los santiagueros hermanos Maceo, Quintín Cabrera y el poeta y luchador José María Heredia, todos ellos héroes nacionales.

Ya en el siglo XX, también es en Santiago donde la mecha revolucionaria prende primero contra la dictadura de Fulgencio Batista. En su provincia se fragua la primera y frustrada intentona armada: el 26 de julio de 1953, los hermanos Castro y sus hombres asaltan el Cuartel Moncada. Tres años más tarde, la ciudad se subleva para apoyar el desembarco de los rebeldes en el yate Granma, y Santiago de Cuba será el principal apoyo a los barbudos que, desde la Sierra Maestra, combaten durante tres años hasta alcanzar sus objetivos. Será en esta ciudad donde se presentará Fidel Castro, victorioso, el 1 de enero de 1959. El título de Ciudad Héroe que Santiago ostenta está más que justificado.

La ciudad está rodeada por la más alta cadena de montañas de la isla: la mítica Sierra Maestra, con su mayor altura en el pico Turquino (1.974 metros). Su riqueza vegetal compone una maraña selvática entre la que hay que destacar caobas, palmas reales, helechos arborescentes y especies florales de gran belleza; en ella convive una fauna también abundante. El amante de la naturaleza que llega a Santiago no puede dejar escapar la ocasión de realizar alguna excursión a estos majestuosos parajes.

Una de las joyas del lugar es el Parque Baconao, creado tras la revolución de 1959. Comprende una franja de casi cien mil hectáreas de llanura hasta el litoral caribeño. Su nombre proviene de una leyenda: la del niño indígena Baconao, que aún hace sonar música de caracolas entre los árboles... Está declarado Reserva Mundial de la Biosfera por su interés ecológico.

Pero si tenemos que elegir, la mejor opción será acercarnos a la Gran Piedra. El paisaje desde la carretera, que trepa hasta más de 1.200 metros sobre el nivel del mar, es sencillamente fantástico. Después de dejar el coche, es preciso subir 459 escalones -entre orquídeas salvajes y helechos- para llegar a la cima de esta enorme roca de origen volcánico. Desde allí, la panorámica resulta inolvidable. Muy cerca de la cumbre se puede visitar el Jardín Botánico La Isabelica, donde se cultivan orquídeas y otras especies de flores exóticas.