La ruta del canto gregoriano

A medio camino entre el recitar y el cantar, en latín y originalmente a cappella, los ecos medievales del gregoriano retumban entre los muros de cada vez menos iglesias. Reunimos ocho monasterios donde pervive este tesoro casi en vías de extinción.

Elena del Amo
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Foto: luis davilla

La música de Occidente deriva entera del gregoriano, una reliquia con 15 siglos de historia cuyas raíces se hunden en las melodías de las sinagogas y las primeras comunidades cristianas. Su hipnótica cadencia es alimento para el alma de cualquiera, creyente o no, que no padezca anemia espiritual. Sobre todo al retumbar entre la acústica de un templo que lo devuelve a su mística medieval; algo cada vez más raro.

Este también llamado canto llano, que le había dado la puntilla al viejo canto hispano o mozárabe tras imponerse en las iglesias, acabó prácticamente desterrado de ellas tras ese aggiornamento o puesta al día de la fe que supuso el Concilio Vaticano II (1962-1965). Junto a otras cuestiones de calado para adaptarse a una relativa modernidad, Roma decidió entonces que los sacerdotes oficiaran el culto en la lengua de cada lugar. Desaparecieron pues las oraciones en latín, y el gregoriano, que es la propia liturgia cantada a cappella y a su vez en latín, acabó sustituido por himnos de misa de calidad cuestionable. Pervive en algunos monasterios, pero con la creciente falta de vocaciones de nuestros días, escasean más y más las voces para entonarlo.

Monjes benedictinos en el monasterio de San Salvador de Leyre, Navarra. | luis davilla

Cuando parecía que al gregoriano solo lo salvarían de la extinción los conjuntos seglares, los monjes de Silos lo convirtieron en un fenómeno planetario. Un disco de oro y dos dobles de platino fueron solo algunos de los reconocimientos a las grabaciones remasterizadas de su álbum Chant. Hace casi tres décadas vendieron millones de copias desde Estados Unidos hasta Japón, aunque no han sido los únicos. Ahí están los éxitos del coro de frailes de Solesmes —la abadía francesa que podría considerarse la Meca del gregoriano—, o delicias como Cantate Domino, uno de los discos de las cariñosamente conocidas como las Pelayas de Oviedo.

En estos tiempos urgidos de paz interior y fortaleza, recopilamos ocho monasterios sublimes donde escucharlo; todos con hospedería para unos días de recogimiento. Insisten sus abades y abadesas que no se trata de un hotel al uso y, aunque no se sea religioso, se recomienda —a veces se obliga— asistir a los oficios previos al desayuno, la comida y la cena, más que nada para no llegar tarde a las comidas y desbaratarle la logística al monje o la monja hospedera. El resto de la jornada queda libre para disfrutar de sus espectaculares entornos. O para leer, apaciguar la mente en los silencios de sus jardines y claustros y, con suerte, reorientar la brújula de un día a día sin respiro.

Monje en el claustro del monasterio de Montserrat, Barcelona. | luis davilla

Santa María de El Paular (Madrid)

Más cerca de Segovia que de Madrid, la primera cartuja de Castilla, fundada en 1390 por la Casa Real de Trastámara y enmarcada por los pinares y las cumbres del ahora Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, fue como tantos monasterios abandonada durante las desamortizaciones del siglo XIX. Aún sin restaurarse del todo, en la pasada década de los 50 volvieron los monjes, aunque ya no los cartujos, sino los benedictinos. Su pequeña comunidad sigue regentando este monumental complejo, hoy perteneciente al Estado y riquísimo antaño gracias a su actividad agrícola, sus derechos de caza y pesca o sus más de 80.000 cabezas merinas.

Desde el gótico y el mudéjar hasta el estilo renacentista o el neoclásico confluyen por sus dependencias, donde prestar especial atención a las portadas de Gil de Hontañón y Juan Guas, al retablo de alabastro policromado del altar mayor y el barroquísimo transparente del sagrario, a las exposiciones que albergan las antiguas celdas de los cartujos o al medio centenar de lienzos de Vincenzo Carduccio, trasladados en 2011 del Museo del Prado al claustro para el que fueron pintados.

Biblioteca del monasterio de Santa María de El Paular, Madrid. | LUIS DAVILLA

Los propios monjes —con suerte, el encantador padre Joaquín— acompañan las visitas guiadas por el monasterio; más completas que las que se hacen por libre al incluir la zona monástica, amén de más interesantes por la compañía. Aunque en los oficios de las ocho de la tarde cantan alguna pieza en gregoriano, mejor visitar El Paular el domingo para coincidir con la misa de las 12, íntegramente en él. Mejor aún, instalarse unos días en su hospedería y, además de la paz del monasterio, contagiarse de la que también emana de la naturaleza de su entorno.

Alojamiento. La hospedería del monasterio, sorprendentemente estilosa y abierta a hombres y mujeres, dispone de una sala a menudo utilizada por grupos de meditación o de yoga. Cuesta 50 € por noche en pensión completa y se permite comer en compañía de los monjes; algo tan poco habitual como los cursos —muy instructivos también para laicos— donde monjes y teólogos ayudan a descifrar los simbolismos de las Escrituras. Como alternativas, el vecino pueblo de Rascafría cuenta con hoteles y casas rurales o, muy cerca, alojamientos del encanto de la Posada de Alameda.

Santo Domingo de Silos (Burgos)

Como parte del “ora et labora” (reza y trabaja) de la Orden Benedictina, la treintena de monjes de esta monumental abadía se entrega al gregoriano de vigilias a completas, cada día de la semana, ante cualquier creyente o no que acuda a su iglesia a contagiarse de la serenidad de sus voces a una. Dijo San Agustín “el que canta ora dos veces”, aunque a saber qué pensaría de que tantos como vienen a escucharlos desde el éxito de su álbum Chant no hayan vuelto a rezar desde el día de la Comunión.

Desde luego, no están obligados a ello quienes se instalan en la hospedería de este monasterio en el corazón del encantador pueblito de Santo Domingo de Silos. En ella las jornadas se entreveran de lectura y silencio, de recogimiento en la desprovista celda que hace las veces de habitación o de paseos por los alrededores, entre una garganta de sierras donde no habría que perderse rincones como el desfiladero de la Yecla. También los no alojados pueden —¡y deben!— visitar el monasterio, con un espectacular claustro románico de dos pisos y un museo repleto de orfebrería y esmaltes mozárabes.

Monasterio de Santa María de Poblet, Tarragona. | luis davilla

Alojamiento. La hospedería del interior del monasterio, con 22 plazas, es exclusivamente masculina. Se permiten estancias de entre tres y 20 días, aunque la mayoría suele quedarse una semana. Precio diario, con todas las comidas, 45 €. Ya para todos los públicos, a dos pasos de él abre sus puertas el hotel Tres Coronas, un caserón del XVIII con 16 habitaciones y un restaurante famoso por los corderos asados en su horno de leña. Su propietario se ha convertido en una suerte de embajador de la editorial Moleiro, especializada en reproducir códices medievales como el Beato de Silos, conservado en el British Museum tras su expolio por los franceses.

Palacios de Benaver (Burgos)

Las apenas 12 sores del monasterio de San Salvador, benedictinas de vida monástica si bien no de clausura, interpretan algunas piezas de gregoriano cada día en laudes y vísperas, aunque pocas debido a la mucha edad de la mayoría y a ese problema tan frecuente de que, al faltar vocaciones, faltan a su vez buenas voces.

A 20 kilómetros de Burgos, en un entorno rural de paz absoluta, se trata de uno de los cenobios femeninos más antiguos de la Península, custodio de obras de arte como la talla románica del Cristo del siglo XII que preside su iglesia —casi como un icono bizantino— o la Virgen gótica, pequeñita y de marfil, tras una reja del coro. Su abadesa, una universitaria adorable que confiesa haberse sentido por primera vez del todo libre tras aparcar su vida anterior y confinarse en Palacios de Benaver, asegura que en su hospedería no solo se instalan creyentes, sino también personas necesitadas de huir del ruido en su sentido más amplio, en busca de una espiritualidad y unos valores inherentes al ser humano de todas las épocas.

Claustro del monasterio de Santo Domingo de Silos, Burgos. | luis davilla

Alojamiento. La hospedería con la que se ganan el pan sus monjas, mixta y de una veintena de habitaciones, permite a sus huéspedes acceder junto a ellas al coro durante los oficios, o a la paz del jardín del monasterio, precioso sobre todo en primavera. Se aceptan estancias de entre dos y 15 noches, y el precio diario es de 45 € con todas las comidas. Como alternativas por las inmediaciones, varias casas rurales o los hoteles de la cercana ciudad de Burgos.

Las Huelgas (Burgos)

Además del principal monasterio cisterciense femenino de España, Santa María la Real de las Huelgas, en Burgos capital, es un señor monumento perteneciente a Patrimonio Nacional. Imprescindible visitarlo se aloje uno o no en la hospedería de la que vive —además de decorando porcelanas y realizando trabajos de lavandería— su treintena de monjas de clausura. Casi siempre obligadas y con un buen séquito a su servicio, en él se encerraba antaño a damas de las familias más nobles, por lo que la opulencia de sus dependencias se debe en gran medida a las dotes que aportaban.

Monje en el jardín del monasterio de Santa María de El Paular, Madrid. | LUIS DAVILLA

Nada aquí tiene desperdicio: ni el órgano barroco y la tarima del siglo XVI de su iglesia, el panteón de Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet o los reposteros bordados en la Real Fábrica de Tapices; el claustro románico, en contraste con el regusto almohade de la Capilla de la Asunción o el artesonado mudéjar de la de Santiago; el pendón de las Navas de Tolosa que luce su Museo de Telas Medievales… Las monjas cantan gregoriano en celebraciones especiales, y el ciclo de Música Antigua que alberga cada otoño su monasterio sería una ocasión inmejorable para visitarlo. Con suerte se escucharán piezas del Códice de las Huelgas.

Alojamiento. Su hospedería, de casi una veintena de habitaciones, permite estancias de entre tres y ocho noches principalmente a mujeres, aunque se hacen excepciones. Cada huésped aporta una cantidad en función de sus posibilidades. Si se buscan mayores lujos, en pleno casco histórico abren maravillas como el NH Collection Palacio de Burgos.

Las señoras de San Paio (Santiago de Compostela)

A pasos escasos de la plaza del Obradoiro, el monasterio de San Pelayo de Antealtares —San Paio en gallego— fue fundado en el siglo IX para acoger a los monjes encargados de velar por las presuntas y entonces recién descubiertas reliquias del apóstol Santiago. En 1499 les sustituyeron las benedictinas, tan de alcurnia en aquellos días que más que madres solían decirles señoras.

luis davilla

Hoy suman una veintena de monjas de clausura, que gestionan una hospedería y un museo de Arte Sacro, despachan a través del torno la repostería que ellas mismas hornean y todavía sacan tiempo para ensayar gregoriano. Puede escuchárselas, entre los retablos barrocos de su iglesia, durante la misa de las 12 de los domingos y en festividades especiales.

Alojamiento. La hospedería del monasterio es mixta y su precio oscila entre 30 y 45 € al día, según las comidas que se hagan en él. Quienes prefieran una estancia histórica pero rodeada de lujos, en pleno casco viejo cuentan con el antiguo albergue de peregrinos, hoy convertido en uno de los Paradores más imponentes de la red, o el cuatro estrellas Hotel Monumento San Francisco, un convento del siglo XVIII remodelado con mucho estilo.

Las Pelayas (Oviedo)

A las benedictinas del monasterio de San Pelayo, en el casco antiguo de la capital asturiana, todo el mundo les dice las Pelayas. Son las monjas más queridas de la ciudad, y también las más famosas gracias a las pastas de avellana y las galletas de mantequilla que salen de su obrador, pero más aún por los varios discos de su trayectoria en gregoriano. Mejor sin embargo que en cualquier equipo será escucharlas en directo; cada día en su iglesia durante la eucaristía, laudes y vísperas, así como en festividades especiales. Su monasterio no está abierto a las visitas, por lo que instalarse en su hospedería es una de las pocas opciones para curiosear entre sus claustros.

Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, Burgos. | LUIS DAVILLA

Alojamiento. Las Pelayas atienden una pequeña hospedería mixta, cuyo precio puede adaptarse a las necesidades de cada persona. En las cercanías abren sus puertas alternativas más lujosas de la talla del hotel La Reconquista, con todo el peso de la historia tras su fachada barroca.

San Salvador de Leyre (Navarra)

Desde hace más de mil años, este monasterio benedictino se levanta solitario a los pies de la sierra de Leyre, sobre un ramal del Camino Francés a la vera del valle de Roncal y el pantano de Yesa, a unos 50 kilómetros de Pamplona. En su iglesia, a caballo entre el prerrománico y el gótico, puede escucharse algo de gregoriano en todos los oficios salvo el de maitines, aunque mejor asistir al de vísperas, a las siete de la tarde, cantado íntegramente en él. Probablemente hoy sea el monasterio de España donde mejor se ejecuta el gregoriano. Sus monjes han grabado un par de CD, aunque viven principalmente de las visitas, guiadas o por libre, a este monumental conjunto altomedieval, y de gestionar en él dos hospederías bien distintas.

Monjas benedictinas trabajando en el monasterio de San Salvador en Palacios de Benaver, Burgos. | luis davilla

Alojamiento. La hospedería del interior de la clausura dispone de 10 plazas, exclusivamente para hombres que busquen compartir de cerca el día a día de los monjes, donde se paga 45 € por noche con todas las comidas. La hospedería exterior ya sí es un hotel-restaurante en toda regla, con sus temporadas y tipos de habitación, a partir de 38 € la doble, abierto a mujeres, hombres y por supuesto niños.

Poblet (Cataluña)

Hace tres años, la casi treintena de monjes de este monasterio Patrimonio de la Humanidad comenzó a tomar clases con el maestro Juan Carlos Asensio para recuperar su viejo canto cisterciense. Aunque predomina el catalán, también entonan algunas piezas de gregoriano —es decir, en latín— en la iglesia de este conjunto medieval de visita imprescindible.

Volumen de la biblioteca del monasterio de Santo Domingo de Silos, Burgos. | luis davilla

Levantado entre las viñas que Poblet le arrienda a Codorníu y con las montañas de Prades como telón de fondo, el recorrido por esta antaño riquísima abadía podría hacerse por libre, aunque resultará más nutritivo con los guías de su centro de visitantes. Ellos irán desvelando los secretos de cada estancia: su iglesia de transición del románico al gótico y las tumbas reales que alberga, su delicioso claustro o el antiguo palacio del abad, e incluso la sala capitular y el refectorio, donde siguen reuniéndose los religiosos para comer en riguroso silencio junto a los huéspedes de su hospedería interna.

Alojamiento. La hospedería del interior de la clausura, que solo admite a hombres dispuestos a respetar la severidad de la vida monástica, permite estancias de hasta una semana y su precio puede ajustarse a las necesidades de cada uno. A las puertas del cenobio cuentan con otra, ya un hotel, abierta a todo tipo de público y con un muy buen restaurante.